Camino a la conmemoración del 50 aniversario del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, en La Canción del País presentamos una serie de notas denominada Glosario de la Memoria: un catálogo de palabras claves como vía de acceso a la historia política, social y cultural de Argentina. En esta sexta entrega, la periodista y docente Candela Ramírez, a cargo de la sección, escribe sobre el término desaparecidos.
Por Candela Ramírez
1.
Catalán, inmigrante, albañil y anarquista. Joaquín Penina ya estaba instalado en Rosario los primeros años de la década del veinte, en el siglo XX. La zona de la Costa Brava en España y el sur de Italia eran fuertes núcleos anarquistas y los que venían de ahí para Argentina traían consigo convicciones políticas intactas. No está claro si escapó del incipiente fascismo europeo o si se negó a hacer el servicio militar. Lo cierto es que aquel hombre, nacido en 1901, además de trabajar en el ámbito de la construcción se organizó políticamente muy rápido en su nuevo país. Primero se afilió al sindicato de albañiles. Después, en 1925, participó del congreso de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). Su voz fue tomando protagonismo en las movilizaciones. En 1927 cayó preso por primera vez, justamente cuando marchó contra los asesinatos de Sacco y Vanzetti, dos inmigrantes italianos asesinados en silla eléctrica en Estados Unidos. Este caso resonó fuerte entre trabajadores del continente, que vieron en su ejecución una alerta. En 1928 participó activamente de huelgas en todo el sur santafesino.
El 6 de septiembre de 1930 Argentina sufrió su primer golpe de Estado y se aplicó por primera vez la ley marcial. Penina hizo lo suyo: repartió panfletos contra el incipiente dictador José Félix Uriburu. Lo detuvieron a él y a dos compañeros más, pero éstos fueron liberados rápidamente. Penina no. Sus compañeros presentaron recursos de amparo ante la Justicia y los mismos fueron rechazados. Su detención no estuvo escrita en ningún papel oficial. En ese momento la jefatura de la Policía estaba en manos de las fuerzas militares. Primero lo llevaron ahí y, luego, se esparció un rumor que se comprobaría: Penina fue trasladado hasta las Quebradas del Saladillo, en zona sur. Allí tres integrantes de la fuerza lo acorralaron hasta el borde de la barranca. Dicen que alcanzó a gritar “¡Viva la anarquía!”. La reconstrucción de su historia fue hecha por el poeta rosarino Aldo Oliva en 1972 y ese libro, después de 1976, fue prohibido y destruido. Recién se pudo recuperar en 2007. El Estado negó su fusilamiento. Su cuerpo no apareció nunca.

2.
Felipe Vallese era apenas un niño cuando Juan Domingo Perón asumió su primera presidencia en 1946. Su papá, un inmigrante italiano, se instaló en el barrio de Caballito a mediados del veinte y formó una familia. Felipe Vallese vio la caída del gobierno cuando ingresaba al mundo del trabajo, siendo cadete o pintor según las circunstancias. Una de las primeras medidas de la dictadura autoproclamada “Revolución Libertadora” fue prohibir al partido justicialista y cualquier expresión literal o alusiva al universo peronista. Vallese, ya trabajador metalúrgico, fue uno de los fundadores de la Juventud Peronista a finales de los años cincuenta. Su militancia era también sindical, en la Unión Obrera Metalúrgica, uno de los gremios más fuertes de la época post etapa de sustitución de importaciones. La noche del 23 de agosto de 1962 —ya derrocados Perón y luego Frondizi, plena proscripción política— Vallese caminaba por el barrio Flores rumbo al trabajo en la fábrica TEA (Trafilación y Esmaltación de Alambres). Fue interceptado por ocho personas. Dicen que se agarró fuerte de un árbol, que se resistió a la detención pero no alcanzó, lo metieron en un Fiat 1100. Esa madrugada lo vieron en la comisaría 1° de San Martín: tenía signos de tortura. Unos días después lo vieron en la comisaría de Villa Lynch. Fue lo último que se supo de él.
La Policía Bonaerense nunca reconoció su detención-secuestro. Su historia la reconstruyó Pedro Leopoldo Barraza en un artículo titulado “El infierno de Felipe Vallese”, publicado en la revista Compañero. Esa investigación fue fundamental para un juicio que se hizo en 1971 pero sólo se condenó a los policías que participaron por el delito de secuestro: no había cuerpo, no había homicidio para la Justicia. El principal acusado fue el policía Juan Fiorillo, quien tres años después de la condena fue liberado y pasó formar parte de la agrupación paraestatal y homicida conocida como la Triple A. El periodista Barraza fue asesinado por este grupo en 1974, junto a su pareja Carlos Laham, ambos transgresores para la época, vivían su amor a puertas abiertas. Desde 1976, Fiorillo estuvo bajo las órdenes de Ramón Camps en La Plata. Fue acusado por múltiples delitos de lesa humanidad cuando se reanudaron los juicios en los 2000, llegaron a arrestarlo preventivamente, pero murió sin recibir ninguna condena en 2008. Vallese no volvió a aparecer.

3.
Ángel Enrique Brandazza tenía 23 años la tarde que vecinos y laburantes de la zona de Oroño y Córdoba, en Rosario, escucharon su aullido. Era el 28 de noviembre de 1972 y su grito contuvo una línea de datos claves: “Soy Brandazza, me secuestra la policía”. Era una parte céntrica de la ciudad, llena de comercios y escuelas. Él era militante peronista y estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas. Había nacido en Blaquier, Buenos Aires, pero su familia se mudó enseguida a Venado Tuerto, al sur de Santa Fe. Al terminar la escuela se mudó a Rosario para estudiar y empezó también a militar. Trabajaba como empleado contable. Le decían “Tacuarita”. Sus familiares y conocidos no tardaron en agruparse. Argentina atravesaba su quinto golpe de Estado y el militar a cargo del poder usurpado era Alejandro Lanusse. El peronismo llevaba 17 años proscripto. Las cárceles de todo el país se llenaban, cada vez más, de presos políticos. Por entonces ya existían agrupaciones de abogados que tomaban estos casos.
En Rosario se formó la Comisión Bicameral Investigadora de Apremios Ilegales y Tortura de la provincia de Santa Fe. El objetivo era responder a la demanda social que ya existía para investigar los delitos cometidos por la dictadura iniciada con Juan Carlos Onganía en 1966. Sin embargo, se la conoce como Comisión Brandazza porque terminó centrándose en este secuestro. La comisión esclareció el hecho, dio cuenta de cómo la Policía y el II Cuerpo del Ejército trabajaron en conjunto para este crimen aunque no logró el juzgamiento. Todo indica que Brandazza murió producto de las torturas a las que fue sometido. Cuando en 1984 se conformó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) tomó como antecedente la investigación de la Comisión Brandazza y dejó asentado ese secuestro como el primero de la larga lista de desapariciones que se aceleraría con el golpe encabezado por Jorge Rafael Videla en 1976. Brandazza nunca apareció.

4.
La palabra desaparecido se escribe por primera vez en el libro “Nunca Más”, en el tercer párrafo del prólogo de la primera edición de 1984. El informe de la Conadep se hizo eco rápidamente de esa expresión que ya estaba en boca de muchos pero que aún no había sido dicha de esa forma en las Comisiones o Agrupaciones de profesionales que se dedicaban a la investigación. En la tercera página del informe dicen así: “En nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desaparecidos. Palabra —¡triste privilegio argentino!— que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo. Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil”. La Conadep dio cuenta de 8960 casos, pero aclara: “Tenemos todas las razones para suponer una cifra más alta” porque entienden que muchas familias o sobrevivientes estaban todavía lo suficientemente aterrorizados para no denunciar. En 1985 se dio el Juicio a las Juntas que tomó como base aquella investigación y en su sentencia afirmó que las juntas cometieron el delito de desaparición forzada de personas de forma sistemática y extendida en todo el territorio nacional.
La palabra desaparecido se escribe por primera vez en el libro “Nunca Más”, en el tercer párrafo del prólogo de la primera edición de 1984. El informe de la Conadep se hizo rápidamente eco de esa expresión que ya estaba en boca de todos aquellos que hubieran sufrido esa ausencia.
Ya en su Carta Abierta de marzo de 1977, el periodista Rodolfo Walsh había escrito: “Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror”. Desde la publicación de esa carta él mismo integra la lista de personas desaparecidas. La memoria popular cristalizó una cifra: treinta mil desaparecidos. Los juicios se interrumpieron. También hubo y hay desaparecidos en democracia, aunque no volvió a haber un plan de desaparición sistemática. Y también hubo y hay agrupaciones que denuncian. Desde 2006 en Argentina se volvieron a juzgar los delitos de la última dictadura. Ya se probó en más de 330 sentencias en todas las jurisdicciones del país que hubo un plan sistemático del Estado para desaparecer personas. Julia Coria, hija de desaparecidos y escritora, hace poco lo definió así: “Decimos desaparecidos como si desaparecer fuera posible, estar y luego no, evaporarse; tomamos prestada la expresión del mundo de la magia. Usamos una palabra que no cuadra y que por eso nos sirve: no hay caso, desaparecer no se puede. Decimos: Permanecen desaparecidos. Es un oxímoron. Los oxímoron también hacen magia, la magia de la precisión”.
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