Sobre las preferencias electorales

Un universo popular estallado

POLÍTICA
17 de julio de 2019

Por Juan Pablo Hudson

La vida política en la Argentina entró en un furioso modo campaña. El oficialismo se lanzó de lleno a una lucha comunicacional, proselista, a través de una agresiva ofensiva que no tiene otro objetivo más que tensar al máximo la polarización. En una columna hace algunos meses decíamos que la elección nacional implicaría el choque de frente entre dos trenes (aquí), el punto máximo de una polarización que empezó en 2008, en la batalla entre el gobierno kirchnerista de aquel entonces y las patronales del campo en alianza con los sectores medios urbanos. El macrismo se propone terminar de agotar la ancha avenida del medio y que sea una guerra entre dos tanques: amarillos vs los K. Así, la polarización es tal que, no habiendo terceras vías, la elección podría definirse en una primera vuelta.

La provincia de Buenos Aires es el territorio que define el destino de la elección presidencial. Allí vota el 37% del electorado, frente al 8,7% de Córdoba o el 8% de Santa Fe, por ejemplo. De un lado del ring está la estrella de Juntos por el Cambio María Eugenia Vidal, la política mimada por los medios y el establishment que parece siempre indemne a los golpes que sufre el gobierno macrista desde la crisis desatada en abril de 2018. Pero del otro lado está el sorprendente Axel Kicillof, el candidato del Frente de Todos que supo sortear la estigmatización que sufrieron otros dirigentes K y ahora, a partir de su intención de votos, logró encuadrar a los bravos intendentes bonaerenses y al propio Alberto Fernández.

Todos los cañones apuntan a esa elección. Vidal teme una derrota que pondría un signo de interrogación a su intención de suceder a Macri en 2023 y echaría por la borda la propia intención reeleccionista del presidente. La mala imagen de Mauricio en la segunda y tercera sección electoral, es decir, en la más sometida por sus políticas económicas, requiere para que obtenga la reelección la actual gobernadora de un corte de boleta inédito. Hoy los números no la acompañan y eso se refleja en su nivel de agresión hacia su contrincante devenido enemigo acérrimo y en el cerrado acompañamiento mediático de las últimas semanas.

Que los principales candidatos en la provincia sean Vidal y Kicillof dan cuenta de una mutación profunda en el conurbano bonaerense. Dos candidatos de clase media, blancos, lejanos de esos machotes al estilo Cafiero, Duhalde, Ruckauf o el propio Felipe Solá. Uno porteñísimo, intelectual, docente, como Kicillof; otra es una mujer, una mujer de un partido capitalino que había logrado su fama como ministra en Capital Federal. Los dos se alejan de los supuestos atributos que tenía que tener un gobernador en el más populoso territorio del país: varón, agresivo, baqueanos de los peores códigos de un territorio plagado de punteros y mafias, con el respaldo de sindicatos y partidos avallantes.

¿Qué pasó con las preferencias electorales de los sectores populares para que surjan este tipo de candidatos?

El sociólogo Juan Villarreal en un anticipatorio texto de 1985 (aquí), a tan solo dos años del retorno a la democracia, se pregunta cómo pudo ser que hubiera perdido aquella vez el peronismo en la provincia de Buenos Aires y en la nación frente al radicalismo. Su respuesta es impactante: la dictadura militar fragmentó a los sectores populares y homogenizó a las élites.

Hasta antes de la dictadura del 76 la Argentina tenía una estructura social que se caracterizaba, escribe Villarreal, “como heterogénea por arriba y homogénea por abajo”. Es decir, los sectores dominantes estaban fragmentados, sin posibilidades de lograr una homogeneidad cerrada que les permitiera una dominación más contundente. Había una excesiva estratificación de los propietarios que obstaculizaba una centralización del capital producto de las pujas de intereses internas.

La dictadura homogeneizó a la cúpula de la sociedad. ¿Cómo lo hizo? ¿Quién quedó a la cabeza? El sector financiero. La valorización financiera como dinámica para la creación de excedentes descomunales. Al tiempo que la salvaje apertura de la economía produjo una crisis en los empresarios medios y pequeños que se redujeron hasta transformarse en unidades independientes sin empleados a cargos. Es decir, se centralizó la producción entre los más grandes.

En cambio, las clases subalternas estaban muy homogeneizadas en la etapa previa al genocidio, lo cual permitía importantes niveles de resistencia contra las clases propietarias. A diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos, Argentina contaba con un muy alto nivel de asalariados y de obreros entre esos asalariados. El resto de los países contaban con más campesinos, menos asalariados, y menos proletarios. Argentina tuvo un temprano desarrollo industrial, urbano, y sindical. En 1970 la Argentina tenía un 22% de población rural y el resto de la región un 45%.

La dictadura vino a intensificar con la violencia un proceso de fragmentación del mundo popular que ya estaba en curso en los 60, a la vez que logró homogeneizar a los sectores dominantes. La desindustrialización provocó el crecimiento del trabajo no asalariado, es decir, el cuentapropismo, los independientes. A su vez, analiza Villarreal, la mayoría obrera dentro de los asalariados dejó de ser la imagen de homogeneidad y hegemonía características de las clases subalternas en el país. Crecieron entre los asalariados los empleados de comercio y de los servicios en detrimento de los proletarios industriales. Como pesada herencia de la dictadura quedó un espectro complejo de empleados, obreros, independientes y marginales. Complementariamente, la dictadura fragmenta a los de abajo a partir de la estratificación salarial para promover la competencia, con diferenciaciones económicas sectoriales muy marcadas, y rompe con los mecanismos tradicionales de solidaridad.

El objetivo militar fue convertir a la solidaridad existente en individualismo, a la cooperación en competencia y a la histórica homogeneidad de los trabajadores en fragmentación para una más efectiva dominación. No lo logró del todo en aquel entonces pero sentó las bases que después retomarían los gobiernos democráticos neoliberales. El menemismo vino a instaurar la segunda fase de ese proceso neoliberal que había impuesto la dictadura mediante el terror. Se intensificó la desindustrialización, la desocupación, la informalidad, el cuentapropismo. El kirchnerismo logró reconstruir en parte el devastado panorama industrial y mejoró mucho los índice de empleo y la asalarización de los trabajadores. Pero dejó entre un 35% y un 45% de precarios sin representación gremial tradicional que ahora se refugian como pueden en sindicatos de nuevo tipo como la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP).

Si el menemismo imponía el individualismo, la competencia de mercado, la desconfianza en el sindicalismo y los aparatos partidarios, el kirchnerismo incluyó masivamente pero a través del consumo, la generación de empleo en blanco para una minoría obrera de cuello blanco, la promoción del changueo y el endeudamiento personal y familiar, todos procesos que también

instigaron al individualismo y a una fragmentación que torna irrepresentables a los sectores populares. Y por supuesto, el macrismo es la tercera fase neoliberal a base de desempleo, más precariedad, individualismo, emprendedorismo sofisticado para poquitos, endeudamiento, financierización de la vida social, y una sistemática batalla contra los mecanismos de representación, desde los sindicatos a los movimientos sociales.

¿Cómo se representa hoy a un mundo popular tan heterogéneo? Un obrero del gremio de camioneros, comandado por Hugo Moyano, gana entre 60 y 70 mil pesos por mes. Lo mismo que los aceiteros. ¿Un camionero es parte del mundo popular? Sí. Pero en la casa de al lado vive un trabajador informal que vende chipá en la calle y lucha por un plan social de 6500 pesos. O un empleado municipal que gana 15 mil pesos y está con un contrato de locación de servicios, o un docente que gana el básico.

Escribe Villarreal: “La ausencia o debilitamiento de los canales de representación, conjugada con la reestructuración de la sociedad que crea nuevos grupos sin conformar mecanismos de articulación política, generan una situación de disponibilidad social. (…) Entonces se producen modificaciones en las normas de funcionamiento de los actores políticos, cambios en las identidades políticas tradicionales, resultados electorales inesperados”.

De allí la perplejidad contemporánea. Un partido nuevo, de corte empresarial, como Cambiemos, supo ganar la provincia de Buenos Aires en 2015 frente a un típico macho peronista del conurbano como lo era Aníbal Fernández; volvió a ganar en 2017 frente a la propia Cristina Fernández de Kirchner. Y este 2019 puede lograr la reelección o María Eugenia Vidal será sucedida por un joven porteño que puede lograr la proeza de recuperar la gobernación a las filas de un PJ aturdido desde hace tiempo en un territorio que supo manejar a lo largo de la historia a sus anchas.

 

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