Elecciones: Argentina y Rosario

El dilema de la polarización

POLÍTICA
16 de marzo de 2019

Por Juan Pablo Hudson

La Argentina padece una crisis económica apabullante. Todos los indicadores que afectan la vida de las mayorías sociales son negativos: inflación, costos de los servicios públicos, valor real de los salarios, costo del crédito, índice de desempleo, situación industrial, consumo interno, por nombrar los principales.

En este contexto se abre el año electoral en las provincias y en la nación. ¿Las elecciones son solo una preocupación de minorías politizadas? ¿Mientras la mayoría se sacude y rebusca como puede en medio del ajuste permanente?

Todo indica que en las presidenciales la polarización será absoluta. Un choque frontal entre dos fuerzas: Cambiemos y el Frente para la Victoria. Las dos grandes frentes surgidos de la explosiva crisis de representación política que inauguró el siglo XXI en nuestro país. El macrismo y el kirchnerismo, cada uno a su manera y con diferentes destinatarios, encarnaron una nueva representación política de los indignados de aquel 19 y 20 de diciembre.

 

El presidente Mauricio Macri (MM) ya se subió al ring y espera que también lo haga su archirrival: Cristina Fernández de Kirchner (CFK). Pero Cristina especula, retacea información, deja que los demás –seguidores y opositores- hablen por ella, mientras la crisis avanza. Seguramente demore esa decisión hasta días antes del cierre de la presentación de listas el 22 de junio.

El triunfador o la triunfadora se encontrará con un país en ruinas, maniatado por los vencimientos de pagos de la deuda contraída con el FMI. En el caso de Macri, su nivel de desgaste social lo expone a un segundo período delicado en su vínculo con la sociedad. Pero si ganara Cristina podría quedar en un lugar incómodo: sostener ciertos ajustes sociales para cumplir con la deuda.

El derrotado o la derrotada quedará definitivamente en el camino. MM y CFK no están en condiciones de otra oportunidad más allá de octubre. En el caso de Cambiemos, sucedería una fuerte disputa entre figuras de relieve como Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, siempre y cuando ganen en sus distritos; a la vez que cada uno le imprimiría una nueva dinámica a esa alianza.

En el caso de una derrota de Cristina Fernández, la sostenibilidad del Frente para la Victoria sería una gran incógnita. Si algo no surgió en esa fuerza es una figura política de peso capaz de sucederla. ¿Será el exministro de Economía, Axel Kicillof?

Hasta el momento parece no haber lugar para terceras posiciones. Un exministro del gobierno de Néstor Kirchner, que supo estar hasta hace semanas en el armado de Roberto Lavagna, responde: “Es demasiado chiquitita la costura en donde él podría acomodarse”.

¿Qué está en juego en Rosario, la principal ciudad de Santa Fe?

En Santa Fe hace quince días se produjo el cierre de las listas. Los candidatos encienden los motores de la campaña tratando de hacerse lugar entre las preocupaciones de una sociedad agobiada por la economía doméstica.

El gran interrogante es si el socialismo, justo a 30 años de su llegada al poder en Rosario, podrá retener su máximo bastión. Tal vez por primera vez en estas tres décadas llega realmente con dudas. En 2015, la actual intendenta Mónica Fein se vio sorprendida por la elección de la mediática Ana Martínez, candidata del PRO. Finalmente logró ganar con lo justo, por un puñado de votos. Pero en 2017, en las legislativas, el PRO triunfó por paliza, relegando al socialismo al tercer lugar, detrás de un envalentonado peronismo.

Sin embargo, lo ocurrido el último domingo en las elecciones en Neuquén puede transformarse en un dato positivo para las aspiraciones del socialismo: la decepción con el macrismo no se traslada necesariamente al kirchnerismo en provincias con partidos locales poderosos como el Movimiento Popular Neuquino. El Partido Socialista tiene un alcance nacional pero solamente en Santa Fe cuenta con un fuerte peso electoral. ¿Podrá el PS captar a los desencantados de la grieta? Desde el inicio de la salvaje devaluación del peso en abril de 2018, allí radica la esperanza de una fuerza que se debate entre una violencia urbana que no da treguas más que momentáneas y el desgaste propio de permanecer durante tres décadas al frente del Poder Ejecutivo.

El gran interrogante es si el socialismo, justo a 30 años de su llegada al poder en Rosario, podrá retener su máximo bastión. Tal vez por primera vez en estas tres décadas llega realmente con dudas.

El peronismo, mientras tanto, se relame porque considera el momento oportuno para gobernar a la esquiva Rosario. Como el PS, confía en que el agobio económico provocará un éxodo masivo de los votantes menos ideologizados del PRO y, también, que la crisis de seguridad seguirá golpeando al oficialismo en Rosario.

Desde el PRO, todo parece esquivo, tras su rutilante triunfo legislativo en 2017, cuando todos daban por ganada la elección a intendente. Pero no habría que sacarlo de la lucha. Su campaña seguramente se enfoque en el impulso de medidas securitistas, represivas, con la ministra Patricia Bullrich visitando Rosario para señalar supuestos avances y vinculando los fracasos con el socialismo.

La pregunta es qué dimensión de la vida de los rosarinos tendrá mayor influencia a la hora de entrar al cuarto oscuro: la asfixiante crisis económica o una violencia que no cesa.

 

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