Opinión

Elige tu propia tradición

LITERATURA
20 de abril de 2021

Por Julia Enriquez
Foto: Gigi Goñi

 

Si tuviera que determinar cuál fue mi primer encuentro con la literatura de Rosario, tendría que ser la vez (compuesta de muchísimas veces) que pasé frente a la Imprenta La Familia, ubicada en el barrio del Abasto, por la mera casualidad de que vivía a la vuelta. Muchos años y varias conversaciones después me iba a enterar de que esa era la base de operaciones de los Gandolfo, que ahí se imprimía El Lagrimal Trifurca, y tanto más que se pueda saber o investigar. Toda la infancia caminando por esas veredas y una consigna grabándose en el inconsciente: imprenta y familia, trabajo y afectos. Palabras que se cargaban y se anudaban entre sí en el fondo de mi cabeza. El primer encuentro con la literatura de la ciudad fue inevitablemente fortuito, pero al fin de cuentas necesario. Puro azar, que supe aprovechar.

¿Tiene sentido pensar en una literatura rosarina? ¿Tiene sentido seguir haciendo esa pregunta? Hace un par de años en una encuesta sobre editoriales de la ciudad expresé (por escrito, qué calamidad) que lo rosarino en la literatura era en todo caso un accidente geográfico (seguro en ese momento estaba muy enojada). Ahora no me parece la forma más atinada de enunciarlo, ni de razonarlo, pero sigo de acuerdo conmigo misma en cierto aspecto de esa idea: ningún esencialismo termina siendo feliz o fructífero. No existe ‘la rosarinidad’, y si existe, cierren la bóveda ¡ja! porque las esencias hacen eso, inmovilizan conceptos, fijan categorías, convierten a la experiencia en algo previsible. No me importa definir qué es ‘lo rosarino’ en la literatura, simplemente me interesa lo que esté pasando cerca mío. ¿Suena un poco vanidoso? Quizás, pero por un lado hay que empezar.

Podríamos pensar que tener interés por el mundo circundante es algo inherente a las personas, pero nunca, con ningún pensamiento, hay que confiarse demasiado. Hace poco conversando en una vereda nocturna (de esas que ahora son como piedras preciosas) un amigo me dio a entender que, en su opinión, el entusiasmo por conocer lo que sucede en tu propia ciudad es más bien un rasgo de la personalidad, y no algo que ‘viene incorporado’. Yo hubiera pensado que interesarte por lo que te rodea sería lo natural, pero mejor no dar por sentado ese anclaje. Mejor no creernos libres de la enajenación. ¿Qué podría estar haciéndonos perder del mismísimo lugar o momento en el que estamos...?

¿Por qué debería importarnos la literatura de nuestra ciudad? O dicho de una manera más relajada: lo que se escribe en la ciudad. Una persona que lee o escribe cuenta con todas las voces de la historia del planeta para acompañarse. Andrés Caicedo tiene una hermosa definición: La lectura es la comunicación perfecta de acciones solitarias: el que se sienta o se recuesta en un poste y lee, da efusivamente el sí, da su acuerdo para hacer silencio, permitiendo a su vez que el silencio largo y terco del escritor adquiera su verdadera razón de ser, encuentre el rostro de quien quiere ver y escuchar para ser... Sí, la literatura nos brinda compañías etéreas, conversaciones transhistóricas, con mucha frecuencia se dice que nos abre a otros mundos, pero tu cuerpo, debo decirte, está en un solo lugar. Sin desmerecer al cuerpo, al contrario, que esté contento de estar acá. Aceptar nuestra ‘situacionalidad’ sería por fin abandonar un poco esa idea de la lectura como escapismo, que vamos a admitirlo, ya está un poco gastada. La literatura, o cualquier forma de arte, no hace más que hacernos estar rotundamente acá. Debo agradecerle por eso, si no quién sabe dónde tendría la cabeza.

Voy a valerme de un término que quizás, como todos, sea equívoco, pero a mí todavía me resulta amigable y útil: tradición. No solo ‘lo que sucedió antes’ o ‘lo que viene desde antes’ cual dato inerte, ni tampoco el canon como camino prefijado e ineludible, sino más bien la tradición como el suelo en el que hacemos pie, las múltiples voces que nos sostienen en un puro presente siempre reactualizado. Formas que aprendimos para concebir la memoria: un ejercicio constante y cotidiano, no algo que por su cuenta se va sedimentando. Tener una tradición es vislumbrar faros en la niebla, o apreciar el cielo y quedar suspendidxs en la luz de una estrella, que tal vez ya no está ahí pero su luminosidad aún nos llega.

Digo ‘tradición’ pero quizás estoy queriendo decir otra cosa. Me sostengo de palabras como balanceándome sobre hojitas frágiles que flotan en el lago del lenguaje. Vocablos o frases que se graban en nosotrxs y vuelven como melodías, que repetimos con o sin razón evidente. Me pasa mucho de pensar en verso. Uno que regresa de forma recurrente pertenece a Cristian De Nápoli, autor que tomaré prestado de otra ciudad, el primer verso de un poema que fue publicado en el 2005 y se titula “La sensación de trabajo”: Llegué a la fundición y esperé mi tradición./ En un momento el horno se trastornó:/ en vez de siderurgia/ había una pizzería./ Y chato, inmiscuido, no tan chato/ sujeto a leyes, sí, pero de cuerpo/ ese deforme espacial/ que es mi orificio bucal/ va y vomita./ Lo que vomita es mozzarella, cerveza y tomate/ y un poema de Philip Larkin/ sobrescuchado.

A veces camino por la calle y repito en mi mente: llegué a la fundición y esperé mi tradición, llegué a la fundición y esperé mi tradición. Tal vez suene un poco frenético o delirante, tal vez lo sea, ¿pero por qué persiste esa línea en particular? Le doy vueltas a la imagen: la tradición como una aleación de innumerables metales, una fusión incandescente y un tanto incontrolable, la tradición como una brea pesada, ¿la tradición como algo que vamos y pedimos en un take-away?

Será que yo también muchas veces me sentí así, que fui y me quedé esperando, hasta que entendí (explorando y charlando, no hay otra manera) que a la tradición no nos la legan. La tradición nunca está dada. Ni siquiera un museo puede ufanarse de aportar a la tradición de un lugar solo por guardar y exponer obras. Necesita exponerlas en diálogo con algo de lo que nos esté pasando. Quizás de nuevo estoy queriendo referirme a la memoria. Mitad honda introspección, mitad ir al encuentro. Ser detectives salvajes de nosotrxs mismxs, o más bien, parafraseando a esa misma novela: asumir que a veces somos rosarinxs perdidxs en Rosario.

Salto a la siguiente hoja en el lago del lenguaje, hago pie en palabras de otro, si es que me las presta. Me interesan mucho las intervenciones de Osvaldo Aguirre en el campo editorial y me mantengo atenta. En una entrevista realizada desde La Canción del País, a raíz de un ciclo de charlas que dio en 2017, retomando algo de esta problemática, de la posibilidad o no de definir una literatura local, de dar un contorno a lo rosarino para distinguirlo y así poder valorarlo, Osvaldo señala: En Rosario la queja de los escritores por no ser reconocidos es como una especie de tradición, ¿no? Pero paradójicamente, me parece, los escritores de Rosario a veces son los primeros en desconocer la propia tradición de la literatura local. Con respecto a estas quejas, siempre me parece que hay que comenzar por ver lo que está haciendo uno, antes de salir a reclamar algo. Según comenta Osvaldo en esa ocasión, pensar en términos de literatura rosarina sería productivo como para comenzar un recorrido, todo eso tiene que estar rodeado de preguntas. También hay que mirar un poco más allá de la propia ciudad y ver dónde podemos insertar o dónde podemos leer estos libros, porque en definitiva se trata de producir nuevos sentidos alrededor de estas obras.

Plantear tal cosa como ‘una literatura rosarina’ no sirve más que para echarse a andar, nos ofrece algunas coordenadas, pero ya buscar una esencia local en la escritura, o en cualquier forma de expresión artística, no nos brinda demasiada orientación. Una cosa es la preciosa y preciada tarea de construir identidades, que dejamos abierta a la mutación, y otra cosa es intentar patentizar tanto un imaginario al punto de que esa identidad quede solidificada, precisamente sin dejar margen para la mutación o la incorporación de otras cualidades.

En ese afán de definirnos de una vez por todas, de establecer qué es lo rosarino, corremos el riesgo de transformarnos en un eslogan. Como aquel que afirmaba que esta era ‘la mejor ciudad para vivir’. En esa frase hay una toma de posición, una política cultural y comunicacional con implicancias ciertamente debatibles. ¿Por qué esa ambición de definirse como ‘la mejor’? ¿Así es como nos valoramos? Esa postura esconde hasta cierto recelo ante otras ciudades (ya sabemos cuál es nuestra eterna ‘frenemy’). Definirnos o pretender destacarnos para que lxs demás presten atención o finalmente nos validen, ¿es eso lo que queremos? Lo dudo, pero quedó cierto lastre, porque algo de ese eslogan aún circula al interior del discurso citadino. Ahora bien, rosarinxs, nos desafío a recomendar algo, un proyecto, una marca, un espacio, lo que sea, sin decir ‘el mejor tal cosa de la ciudad’: la mejor pizzería, la mejor heladería, la mejor banda, yo también lo dije, quién no. Pero me parece que es hora de reflexionar en nuevos términos.

Otro lastre a la hora de pensar, todo en general pero la literatura en particular, es concebir la historia en términos de rivalidades. Te descuidás un minuto y ya se generó un indeseable Florida y Boedo. Artificios críticos que replicamos, a veces sin darnos cuenta, y que ya no conducen a nada. También está la alternativa de interpretar la historia a partir de la amistad: cualquier grupo literario no fue más que un grupo de amigxs. Pero te descuidás de nuevo y te tildan de endogámicx. Parece que no hay paz.

Mejor sería desactivar esos automatismos y entender lo que nos rodea desde una perspectiva menos espinosa. Hacerse de una tradición local (de la ciudad que se nos dio por azar o por elección, da igual, no interesa el determinismo geográfico sino el sentido de comunidad) no se trata de marcar hitos, polos, bandos o referentes pesados como metal derritiéndose sobre nuestros hombros, llegué a la fundición y esperé mi tradición, nada de esperar, nada de armar podios, panteones o rings. La tradición es móvil, abierta, incompleta, zigzagueante. Mejor dar rienda suelta a la vitalidad, así vamos a escuchar más voces, y a ellas podremos acudir cuando las necesitemos. En Rosario hay incontables voces, nadie por su cuenta es capaz de captarlas todas. Será que cada unx tiene una frecuencia auditiva particular, no todxs escuchamos las mismas, no llegamos tan fácilmente a algunas, quizás nos dé algo de miedo salir al encuentro (después de todo, esta ciudad muchas veces da miedo). Pero hay que agudizar el oído.

Entonces, la tradición local no es apegarse a formas del pasado, no es regodearnos en nostalgia ni construir monumentos; tener una tradición es estar sintonizadx en una frecuencia, o en varias a la vez, que van haciendo audible lo que en principio parecía un zumbido ensordecedor, o una conversación con interferencia, o incluso un silencio sombrío. Buscar la propia voz en la voz de otres: la ironía más hermosa que nos regala la literatura. ¿Debemos conocer lo que se escribió o se escribe en Rosario porque existe una esencia propia? A esta altura ya no nos interesa. Lo que queremos es ir rastreando voces que aporten contundencia y sostén a nuestras vidas. ¿Y por qué no empezar por quienes están cerca?

Hace poco me topé con un podcast muy bueno llamado Mostras: Maestras de la Poesía Argentina ideado por la escritora Inés Kreplak, quien en lúcidos destellos presenta las complejas vidas y obras de autoras valiosísimas. Será que les poetas tienen, por lo menos, dos grandes etapas: la etapa de la inocencia, con las primeras creaciones, y la etapa mostra, con el afianzamiento de su poética. Devenir mostra como alternativa transfeminista ante la canonización literaria conferida por las instituciones. Mostras que fascinan e incomodan, mostras que interpelan, que nos empoderan. Este podcast va armando un ‘dream team’: Alfonsina Storni, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Susana Thénon, Juana Bignozzi, Estela Figueroa, Irene Gruss, Diana Bellessi, y felizmente encontramos a Beatriz Vignoli y Gabby De Cicco. La jactancia localista que hemos intentado deconstruir, pero que seguro persiste en nuestro interior, gritaría “¡Ah, dos de lxs nuestrxs! ¡Ahí, en la literatura!”. Desde lo local hacia lo universal, ¿cuándo y dónde se produjo el salto? Ese salto no fue un salto, ni una condecoración, ni una institucionalización, ningún aspiracionismo. Es la cristalización de un obrar reflexivo y bondadoso, sincero desde el primer instante, paciente y persistente incluso cuando no era audible para lxs más cercanxs. Así que les invito a leer a cualquiera que tengan cerca, como son Beatriz y Gabby y tantxs más, luz de una estrella al alcance de la mano, un cosmos resplandeciente sobre tu escritorio.

 

 

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