Silvestres o ideologizados

¿Quién paga la crisis en Argentina?

POLÍTICA
14 de abril de 2020

Por Juan Pablo Hudson

A medida que se consolida la cuarentena y se extiende sin deadline, se va perfilando con nitidez una lucha entre dos discursos ideológicos:

1. Un discurso neoliberal, promercado, encabezado por las grandes empresas, los bancos, economistas mediáticos que representan al mercado financiero (Espert, Melconian, Kohan, etc.), y ciertos editorialistas de los grandes medios de comunicación. El lobby que despliegan –puertas adentro en el Palacio y también en la esfera pública– apunta a sobrellevar esta crisis mundial bajo el modelo de Estados Unidos en 2008, cuando fue la debacle financiera internacional. Es decir: pretenden que el Estado libere de pagar impuestos a las grandes empresas, habilite la posibilidad de despidos sin costos, limite la carga tributaria, y salga a financiar las fabulosas pérdidas económicas no solo de PYMES sino de marcas líderes que tuvieron gigantescas ganancias en las últimas décadas. Esta alternativa provocaría un nuevo endeudamiento del Estado nacional si esto fuera posible o un déficit fiscal enorme; pero también un endeudamiento de las familias para poder soportar la falta de empleos (informales y formales), el recorte de salarios, el refinanciamiento de créditos preexistentes y el aumento de los precios.

2. La otra postura en pugna es impulsada por movimientos sociales que representan a los sectores informales, ciertos segmentos del gobierno, la izquierda, y ahora la iglesia con el Papa a la cabeza. Lo que reclaman es una renta universal financiada a través del cobro de impuestos a los ganadores históricos del capitalismo local: empresas transnacionales (desde Techint hasta las farmaceúticas) y bancos. En ese sentido se dirige la carta del Papa publicada este domingo que propone la renta universal:

“Muchos de ustedes viven el día a día sin ningún tipo de garantías legales que los proteja. Los vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan tareas de cuidado. Ustedes, trabajadores informales, independientes o de la economía popular, no tienen un salario estable para resistir este momento y las cuarentenas se les hace insoportables. Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique a las noble e insustituibles tareas que realizan”.

Desde esta postura el Estado tendrá que hacer todo lo posible para garantizar un complemento económico a la población. Y ya no solo para lo más caídos del mercado laboral. El reciente Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) de $ 10.000 vendría a ser un paso más ambicioso de una pequeña saga de experimentos de este tipo:

1. El Plan Jefes y Jefas de Familia en el 2002, cuando arreciaba la furiosa crisis de principios de siglo; 2. La Asignación Universal por Hijo en 2009 cuando se sentían los graves efectos de la crisis financiera internacional y el modelo kirchnerista de inclusión vía trabajo industrial llegaba a su techo; 3. El Salario Social Complementario en diciembre de 2016 entendido como un plus indispensable para los trabajadores informales en el contexto de un programa de ajuste permanente que ya ejecutaba el macrismo. 4. El IFE, al cual se anotaron 11 millones de personas, alcanzará en una primera etapa a 7.854.316 beneficiarios, según anunció el titular del ANSES, Alejandro Vanoli. El aporte del Estado es entonces de casi $80.000 millones y el 22 de abril se abrirá una nueva ronda de inscripción. ¿Puede pensarse a esta medida como un paso previo hacia la renta universal?

Una pregunta válida en esta puja ideológica que se asoma pasa por el acompañamiento o rechazo de la derecha silvestre, es decir, por aquellos sectores conservadores que sin embargo no tienen una posición claramente programática, sino que van construyendo sus posturas mayormente a partir del consumo de medios o el circuito cerrado de mensajes en redes sociales 

La experiencia histórica indica que el discurso empresarial, promercado, tiene mayor capacidad (y poder) de interpelación a ese sentido común; y que, en cambio, el discurso de izquierda, más progresista, con propuestas como la renta universal, entre otras, no solo no lo roza sino que lo fastidia porque remite al "financiamiento de la vagancia". ¿Cómo se entra en diálogo con una derecha silvestre que, según las encuestas, está encantada con las medidas sanitaristas de Alberto Fernández (su discurso del viernes último fue realmente impecable) pero que puede alejarse súbitamente e incluso enfurecerse si siente que se atenta, utilizando fondos estatales, contra pilares claves de su imaginario como el sacrificio laboral, la meritocracia, etc.? ¿Es una discusión que está abierta? ¿Hay posibilidades de ganarla en medio de esta peste? ¿O de nuevo la ganarán las grandes empresas y los bancos con sus aliados mediáticos?

De la audacia y la construcción de consensos sociales amplios en medio de la urgencia dependerá el tipo de alternativas que surgirán para paliar una crisis con pocos precedentes en la historia.

 

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