¿Nuevas formas de empleo?

PEDALEANDO EL MUNDO LABORAL

POLÍTICA
23 de octubre de 2018

por Juan Pablo Hudson

En las principales ciudades del país en un brevísimo lapso de tiempo se empezó a ver a cientos de repartidores en bicicleta vestidos de amarillo flúor, naranja, o rojo. Cargan en sus espaldas unas cajas cuadradas, imponentes, en donde guardan las mercaderías a repartir. ¿Para quiénes trabajan? Lo hacen para aplicaciones digitales basadas en la economía de plataforma.

Son tres las principales: Rappi (empresa colombiana), Glovo (empresa española) y Pedidos Ya (empresa uruguaya). Una especie de Uber de los traslados de objetos. Se trata de plataformas que no solo trabajan para negocios (pizzerías, restaurantes, etc.) sino que también aceptan pedidos individuales: comprar cigarrillos, helado, chocolates, cervezas, etc. Los trabajadores tienen que bajar la app, ser admitidos por la empresa, y aceptar rápido –como los radio taxis y Uber- los pedidos que le van apareciendo en la pantalla de los celulares. No hacerlo implica ir quedando afuera.

La otra particularidad es la mano de obra: en Capital Federal se trata mayormente de inmigrantes latinoamericanos, en especial de Venezuela. Vale mencionar que el 25% del total de inmigrantes en 2018 viene huyendo de la crisis de la revolución bolivariana. Se trata de unas 70 mil personas (ver http://tercercordon.com.ar/rap-del-exilio/).

La aplicación de estos repartos se basa en la geolocalización del cliente, ofreciendo el envío de productos que se encuentran hasta unos cuatro kilómetros a la redonda y con el compromiso de entregarlos antes de los 35 minutos. Si se pasan un segundo, el traslado no se paga. Es decir: la empresa no le paga al repartidor. Está claro que los estudios de mercado arrojaron que el principal temor a la hora de pedir un delivery son los tiempos de demora. El consumidor puede hacer cualquier cosa, menos esperar.

El costo varía entre 40 y 60 pesos, que se incluyen a la tarifa final del pedido. Pero los repartidores denunciaron que la app les miente: por caso, reciben la asignación de un pedido a 25 cuadras pero luego de aceptarlo descubren a veces que la distancia es aun mayor (ver Revista Crisis Nª 35).

El cálculo físico es que un día de trabajo puede pedalearse unos 40 km o 50 km, haciendo el cálculo básico de diez viajes diarios con una distancia máxima (que permite la app) de cuatro kilómetros.

La relación con la empresa empieza en las oficinas con la capacitación para aprender a usar la app, se les entrega gratis la ropa de trabajo y se les vende la caja-mochila (entre 300 y 500 pesos). Pero no todas las empresas pagan la ropa de trabajo, en algunas debe ser financiada por el laburante. Lo mismo que cualquier gasto por desperfectos o robo de la bicicleta.

Por supuesto la relación contractual entre repartidor y aplicación (empresa) es la más extendida de la Argentina: monotributista (se factura por quincena o en forma mensual).

Rappi, por ejemplo, tiene entre 300 y 400 repartidores activos surcando las calles de la Capital Federal. Pero hay otras 4000 personas que se descargaron la aplicación y que podrían convertirse en “rappitenderos”. La empresa cuenta así con un 90% de reservas de fuerza de trabajo, lo cual le otorga un descomunal poder para cambiar las reglas laborales sin ningún riesgo (Revista Crisis Nª 35)

Trabajando unas diez horas por jornada a lo largo de los siete días de la semana un “rappitendero” puede llevarse 20.000 pesos, menos el gasto de la ropa de trabajo, para los casos en que no se los dan.

Un dato más que relevante, propio de la era digital, es que Rappi, Glovo y PedidosYa cuentan con una enorme base de datos de los productos que se intercambian en Buenos Aires: qué se consume, dónde se consume, quién lo consume, cuándo lo consume,
a qué hora lo consume y hasta cómo lo consume. 

Juan Manuel Ottavino, abogado laboralista que asesora a los trabajadores, narra en la revista Crisis las razones de los conflictos con la empresa: “Rappi tiene un sistema conocido como la ley del dedo. Un sistema parecido al del radio taxi: quien es más rápido para levantar el pedido con su celular, se lo queda. Parecía el modelo ‘sé tu propio jefe’, pero la empresa comenzó a asignar los pedidos a los trabajadores directamente”.

Los repartidores entendieron que si rechazaban los viajes también iban a bajar sus calificaciones como empleados, por lo que la autonomía que anunciaba la plataforma era falsa. Así nació el primero paro durante algunas horas exigiendo a Rappi que diera de baja la nueva modalidad. La medida de fuerza sirvió para que el sindicato de mensajeros se acercara a los trabajadores para incluirlos.

Durante el paro los rappitenderos empezaron a idearon un sistema casero para financiar robos de bicicletas o recaudación. Una especie de seguro propio a base de pequeñas colaboraciones para generar un fondo solidario.

Este tipo de plataformas virtuales logran bajar los precios de los productos solo a costa de la precarización salvaje de los trabajadores o también de los propios productores, como ocurre en el caso de Mercadolibre. O como el caso del gigante Amazon que se relame por desembarcar en la Argentina, que destruye a los empleados que ordenan los productos en sus galpones y los despachan.

Un dato más que relevante, propio de la era digital, es que Rappi, Glovo y PedidosYa cuentan con una enorme base de datos de los productos que se intercambian en Buenos Aires: qué se consume, dónde se consume, quién lo consume, cuándo lo consume,
a qué hora lo consume y hasta cómo lo consume. Del mismo modo que Uber tiene el detalle de los viajes de miles de personas que se mueven a lo largo y a lo ancho de la Ciudad y sus alrededores: a dónde van, de dónde vienen y a qué hora lo hacen.

Por un lado, estas empresas incluyen a aquellos que no pueden hacerlo en trabajos en blanco, es decir, en la economía formal que todavía otorga los beneficios propios de la relación salarial. En buena medida quienes lo hacen, tiene también otros trabajos precarios o estudian. Se conectan a la aplicación en los momentos intermedios, salvo los que lo tienen como único ingreso.

Subjetividades y empleo 

Pero, a la vez, el tipo de modalidad laboral de estas plataformas por demanda conecta con subjetividades juveniles actuales que nada tienen que ver con la economía formal en un sentido que trasciende la cuestión contractual.

No son pibes o pibas que gozaron de trabajos formales y lo perdieron, y entonces lo lamentan. Son jóvenes que nacieron en medio de la precariedad. No conocen la relación salarial, no están socializados en el sistema de fábrica o taller. En buena medida rechazan los horarios fijos, tener a los los patrones visibles y controlándolos de cerca, estar encerrados en una oficina, incluso contar con un salario y horario fijo porque prefieren que dependa de lo que ellos deciden laburar.

Las denuncias de las terribles condiciones de empleo a los que los someten las empresas conectivas corre el riesgo de dejar entre las sombras los propios deseos y cálculos que realizan los laburantes. Y entonces lo único que se mira es el provecho que saca la empresa. En general estrategias coyunturales, lejanas a la viaje planificación de futuro del trabajador fordista.

Por supuesto que lo que se vive como una libertad inicial, rápidamente comienza a padecerse. Pero eso no significa tampoco desconocer que para muchos puede ser un modo pragmático de generar ingresos. La mirada externa se horroriza –con buenas razones– ante este tipo de subjetividades juveniles, migrantes, postlaborales (que no significa no trabajar sino estar subjetivado en la cultura laboral), en ciertos casos hedonistas. Pero eso aleja la posibilidad de entenderlos. Para algunos el trabajo de reparto es la consecuencia nefasta de no conseguir un empleo mejor, para otros un trabajo transitorio en el marco de sus estrategias vitales.

¿Qué trabajadores entre 20 y 40 años pueden dar cuenta de que quieren jubilarse en su puesto? ¿Quién sabe con exactitud si quiere trabajar por mucho tiempo de lo mismo o incluso de lo que estudió?

El régimen de trabajo fordista-taylorista, basado en la seguridad del empleo y el amparo –vía leyes laborales- del Estado, tenía como contraparte la monotonía, la disciplina y la repetición. Había que soportar el tedio de la cadena de montaje a cambio de garantías contractuales y económicas.

El pasaje al posfordismo y postaylorismo, estuvo vinculado con una respuesta del capitalismo a los potentes ciclos de luchas abiertos a fines de la década de 1960 y mitad de los 70. “La imaginación al poder”, fue la consigna del mayo francés pero también se convirtió en un emblema del capitalismo financiero.

El pedido de autonomía, de trabajo colectivo, de liberación de la imaginación, de creatividad, de mayor flexibilidad, de rupturas de las disciplinas, fue reabsorbido y aplicado paradójicamente por el Capital como método para apaciguar y desarticular estas luchas y para lograr mayores y agotadores niveles de productividad de sus trabajadores.

De hecho, en el mundo laboral actual, la hiper-transitoriedad de los empleos se sustenta en uno de los principales deseos o, al menos, en un temor de los más jóvenes: no estar atado a ningún espacio laboral durante toda la vida ni tampoco durante períodos extensos. ¿Qué trabajadores entre 20 y 40 años pueden dar cuenta de que quieren jubilarse en su puesto? ¿Quién sabe con exactitud si quiere trabajar por mucho tiempo de lo mismo o incluso de lo que estudió?

Esa característica subjetiva generacional es uno de los elementos claves sobre las que se montan las empresas (y el Estado) para diseñar los modos de contratación precarios. Allí radica una ambivalencia que tienen que asumir las luchas de los jóvenes: se exige una necesaria solidez contractual y una garantía de futuro en un puesto o espacio que no se sabe si se quiere ocupar por largo tiempo.

La crisis provocada por el gobierno nacional parece ya haber parido un sujeto trabajador hiperprecarizado: los repartidores en bicicleta. Habrá que seguir su posible evolución como sujeto político, lo que no significa únicamente la creación de (o sumarse a) un sindicato, o incluirse en un partido político, sino los movimientos (que también son políticos) que realizan para surfear una sociedad que se precariza toda y ya sin retorno.

 

#CláusulaGatillo, escuchá la columna de Juan Pablo Hudson todos los lunes, 15 hs en La Canción del País.

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