LA VIOLENCIA ENSAMBLADA. A PROPÓSITO DE LA MUERTE DE ISMAEL RAMIREZ EN CHACO

POLÍTICA
16 de septiembre de 2018

#CláusulaGatillo, columna política por Juan Pablo Hudson

 

El 3 de septiembre asesinaron a Ismael Ramirez, un preadolescente de 13 años, en Roque Saenz Peña, una de las principales localidades de Chaco.

Un grupo de vecinos protestaba frente al supermercado El Impulso porque el dueño le había retenido, en una práctica habitual, sus tarjetas de débito a través de las cuales cobran subsidios nacionales y uno provincial para canjear por mercadería. El titular del comercio suele fiarles a los beneficiarios de planes a precios inflados y toma como garantía de pago futuro los documentos y las tarjetas. En esta ocasión, en el marco del explosivo aumento de precios por la devaluación de la moneda, no entregaba los alimentos ni las tarjetas a la espera de poder remarcar los productos.

Los vecinos de la zona comenzaron a aglomerarse en la puerta de El Impulso y amenazaban con entrar para llevarse las mercaderías. Ismael y su hermano caminaban hacia la casa de un familiar cuando se encontraron con los incidentes. En la puerta del supermercado había policías, el dueño empuñando un arma y otros propietarios también armados. También había armas entre los vecinos. Cuando se desataron los primeros enfrentamientos, Ismael recibió un disparo en el tórax y cayó muerto.

Todavía no está esclarecido si se trató de un bala policial o si fue un proyectil de un arma casera (tumbera). La hipótesis más extendida es que el responsable del disparo fue un comerciante de las inmediaciones, exagente de la policía federal, que habría salido a defender al dueño del supermercado.

Este dramático hecho pone de manifiesto dos dinámicas que confluyen en un mismo punto: la decisión policial y social de utilizar la violencia hasta sus últimas consecuencias frente a la temible crisis recesiva en la que ingresa la Argentina. Si la bala pudo salir de un arma oficial o de una tumbera revela que corporación policial y la sociedad civil están dispuestos a “asociarse” para defender la propiedad.

Lo escalofriante es que los primeros reclamos de alimentos ya dejen un asesinado.

Para comprender la génesis de esa confluencia entre fuerzas policiales y vecinos autoorganizados “contra la inseguridad” no hace falta hacer futurología. No es una novedad. Esa alianza coyuntural se forjó durante la mutación de los barrios populares en un largo proceso que termina de consolidarse durante los gobiernos kirchneristas. La violencia llegó hace rato. Ya viene ocurriendo. Lo único nuevo es el explosivo nivel de la crisis y cómo pueden reconfigurarse esras dinánicas violentas preexistentes en el nuevo escenario económico y financiero.

Recordemos los saqueos instigados por la policía en 2013, en el que tanto uniformados como vecinos se asociaron para reprimir a los jóvenes de los barrios populares que reventaban comercios, como ocurrió en Córdoba. La indispensable película –mediometraje- La Hora del Lobo, dirigido por Natalia Ferreyra (Córdoba, 2015), muestra la furiosa reacción social frente a los saqueos, lo que incluyó linchamientos masivos. Link: https://www.youtube.com/watch?v=YkTb_Utxu2I

Específicamente lo que emergió, en pleno auge del consumo en su versión popular, es una violencia ensamblada. ¿Por qué ensamblada? Porque no existe un único actor como causante de la violencia sino una articulación entre múltiples actores.

Durante el kirchnerismo se consolidó una violencia de nuevo tipo en las periferias. Específicamente lo que emergió, en pleno auge del consumo en su versión popular, es una violencia ensamblada. ¿Por qué ensamblada? Porque no existe un único actor como causante de la violencia sino una articulación entre múltiples actores. Un barrio en Rosario o en el Conurbano tiene a los protagonistas del narcomenudeo (transas) como una autoridad que regula, con el poder de las armas, cierta zona. Pero también aparecen las nuevas policías locales que aplican la represión para recuperar cierto control del lugar ante un aumento de los asesinatos y los robos; se suman las fuerzas de seguridad federales que arriban a esos territorios cuando se fractura (regularmente) la confianza del Poder Ejecutivo y de los vecinos con las policías locales; pero habría que agregar también a los vecinos propietarios que comienzan a articularse para defender sus casas y comercios frente a los robos y las balaceras.

La gran particularidad es que ninguno de estos actores puede funcionar por sí solo, de manera autónoma. Requiere de los otros para tornarse efectivo. Entonces se ensamblan y complementan. En la medida en que ningún actor es capaz de imponerse definitivamente sobre el otro, ni funcionar de manera autónoma, lo que emerge es una confluencia indispensable.

Este escenario se viene gestando desde la década del noventa a medida en que se descomponen los lazos sociales, entran en crisis las mediaciones institucionales y comunitarias, pero se acelera ¿paradójicamente? en una etapa mayormente de crecimiento económico.

El gran temor de los movimientos sociales en la actualidad es que un estallido social como consecuencia de la creciente distancia entre las personas y los alimentos recrudezca esta violencia ensamblada. De allí los intentos de los principales movimientos representativos de los sectores informales (pobres) de la economía, como CTEP, Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa, de darle una expresión institucional a la bronca y la necesidad urgente de obtener alimentos.

La gran desconfianza de las organizaciones sociales no es solo respecto a la voluntad del gobierno de atender las necesidad de los expulsados crónicos. También sobre su propia capacidad de contención frente a una recesión histórica como la que estamos empezando a transitar. Por ahora es efectiva en la medida en que los planes sociales todavía logran mantener la cuota mínima alimentaria de estos sectores. Pero si algo saben estas agrupaciones es lo que mencionábamos: los barrios populares no son los de 2001. Desde entonces aparecen otros actores –como el narco, las bandas que expropian tierras, los tratantes, etc- con capacidad de mando y, sobre todo, se expande un tipo subjetividad general de diálogo cotidiano, sin tabúes, con la muerte en las periferias.

Allí está la vida del joven Ismael Ramirez para certificarlo tempranamente.

 

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