Estadísticas y análisis

La Rosario violenta

POLÍTICA
28 de agosto de 2019

Por Juan Pablo Hudson

El balazo perdido que recibió en su cabeza Benjamín Biñale, un niño de 8 años que se preparaba para jugar un partido de fútbol en el club Pablo VI, ubicado en Garzón y Segui, volvió a poner en primer plano el problema de la violencia en Rosario. Luego de dos operaciones, el niño mostró una mejoría y sigue luchando por su recuperación. 

Este tipo de angustiantes episodios reinstala lo que a partir de 2015, cuando los índices de homicidios tendieron a la baja, se niega desde el poder político: la violencia en Rosario es un dato estructural y no coyuntural. Ningún funcionario político ni policial pudo explicar con argumentos sólidos las razones de las bajas en los índices de asesinatos entre 2015 y 2017. Como tampoco pudieron explicar el fuerte crecimiento de 2018. ¿Fue resultado de las políticas de seguridad y en materia social del gobierno provincial? ¿O se trató de una reconfiguración de los liderazgos territoriales que tuvo una pax social después del pico de violencia que sacudió a Rosario en 2013 y 2014?

No es casualidad que haya balas perdidas en las periferias. Se trata de una de las ciudades con más alta tasa de asesinatos a partir de la utilización de armas de fuego. Pero vale insistir en un punto: el gravísimo problema de la violencia letal no incluye a la zona centro ni tampoco al primer anillo del macrocentro, salvo de manera excepcional como los casos acontecidos este 2019 en el barrio Pichincha, nuevo polo nocturno en el contexto de la gentrificación de esa zona. Después, casi el total de los muertos y heridos ocurre en los barrios populares.

Los heridos con armas de fuego proliferan en el contexto de las luchas en los mercados ilegales y a raíz de los conflictos informales que se “resuelven” a los tiros. Rosario experimenta desde la segunda mitad del siglo XX una mutación de modos de vida históricos. El retroceso de la vida al aire libre en las periferias rosarinas no se detiene. Las calles, las canchas, los pasillos, las avenidas, se han convertido es territorios de riesgo.

El diario La Capital informó que en lo que va de 2019 ingresaron al Hospital de Niños Víctor J. Vilela 16 pacientes heridos de arma de fuego; 4 de ellos tuvieron que pasar un tiempo en terapia intensiva por la gravedad de los balazos. La gran mayoría tiene entre 10 y 14 años de edad, pero en la lista hay hasta bebés de menos de un año. Uno de los baleados es un bebé de menos de un año, otro de 12 meses, dos entre 2 y 4 años de edad, 5 de entre los 5 y 9 años, y siete tienen entre 10 y 14 años.

De todos modos, en una extraña conferencia de prensa, el Ministro de Seguridad Maximiliano Pullaro, desestimó ese dato y reveló que serían todavía más los heridos menores de edad. En todo 2018, habían sido 23 los menores heridos por las balas. En 2017 el número fue 17.

Pero revisemos cifras de heridos con armas de fuego (HAF). El diario La Capital informa que en el primer semestre de 2019 en el departamento Rosario se produjeron 88 homicidios dolosos lo que supone 20 casos menos que en el mismo período del año pasado, cuando cerró con 108 muertes provocadas intencionalmente.

En el 2018 hubo 108 homicidios en el primer semestre de 2018 y 325 personas que resultaron heridas por balas. La tasa de letalidad (cantidad de muertes en relación a los heridos) superó el 30%. Uno de cada tres ataques, mata. En el primer semestre de 2017 hubo 24 homicidios menos (84) que en 2018 pero una cifra significativamente más alta de heridos (416). En los seis meses iniciales de 2016 los muertos fueron 106 y los heridos de bala fueron 580.

En definitiva, la cantidad de heridos con armas de fuego toman relevancia únicamente si se los cruza estadísticamente con la cantidad de homicidios. En un año pueden reducirse los heridos pero aumentar la letalidad de esos disparos, es decir, que haya más muertos.

Los mapas que registran las dinámicas de violencia en Rosario de los últimos cuatro años muestran los barrios con mayor incidencia de heridos de arma de fuego. Los registros revelan algunas modificaciones y ciertas constancias. Bella Vista, en el Distrito Oeste, fue durante 2018 el lugar con más afectados por balaceras, con 6,29 por ciento del total de heridos de armas de fuego. Un barrio contiguo, Bella Vista Oeste, aparece en el segundo lugar en 2017 (4,28 por ciento de los casos totales), en el tercer puesto en 2016 (3,51 por ciento) y también tercero en 2015 (4,52 por ciento).

A continuación podemos observar las estadísticas oficiales de heridos con armas de fuego (HCF) 

(Fuente Diario La Capital)

En 2014, a raíz del seguimiento de la evolución de Aaron Molina, un pibe de 13 años de barrio Ludueña que había padecido dos gravísimos ataques en un mismo año con armas de fuego, comencé a asistir al Instituto de Lucha Antipoliomilítica y Rehabilitación del Lisiado (ILAR), ubicado en la esquina de Corrientes y Ocampo, en un edificio viejo, señorial, de dos plantas.

Ya en el primer encuentro con el director del área de investigaciones, me confirmó mis presunciones: “Cada vez son más los casos de este tipo. El problema está en los registros. La nomenclatura para los casos que estás buscando es HAF: Herido de Arma de Fuego. Pero los casos que llegan acá no entran como HAF sino que directamente se los ingresa a partir de la secuela que tiene el paciente, generalmente como lesión medular. Después sí, ya cuando vos leés la historia clínica, consta que le metieron un balazo en la cintura. Pero hay un vacío grande ahí que no permite tener estadísticas precisas”.

En una de esas visitas regulares a la institución, entrevisté a una médica especialista y su testimonio fue revelador: “Hasta hace un tiempo la mayor parte de los casos con lesiones medulares se debían a accidentes de tránsito o zambullidas, pero desde el 2007 hasta la actualidad [2014] esa tendencia se revirtió totalmente y hoy la enorme mayoría de los casos son por HAF. Te digo más: cada vez son más chicos los que ingresan por lesiones medulares a causa de tiros o, en menor medida, por heridas de arma blanca”.

Recuerdo cuando asistía a un gimnasio grande del ILAR, similar a una cancha de básquet, y me señalaban a adolescentes y jóvenes en sillas de rueda que habían padecido ataques con armas de fuego y trataban de recuperarse.

En aquel momento formulé la siguiente hipótesis: “la multiplicación de heridos de armas de fuego deja al descubierto, aún más incluso que los asesinatos, un lenguaje propio de la violencia que va configurando las relaciones sociales. Cuando los jóvenes quedan vivos pero con graves secuelas físicas, se pone en escena un eficaz intento por transformar esa invalidez en un signo comunicacional para todos aquellos que se atrevan a desafiar o tan solo a cuestionar los códigos imperantes. Se trata de un lenguaje comprensible para los diferentes actores que protagonizan esas economías, aunque cada vez más oscuro para el resto de una sociedad que únicamente puede traducirlo como espectacularizadas y fragmentadas noticias de la sección policiales”.

Noticias penosas como el balazo perdido que recibió en su cabeza un nene corren el riesgo de ser consumidas en forma amarillenta, motivar frases de ocasión de funcionarios de seguridad y caer, una vez más, en el olvido.
 

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