Por Candela Ramírez
Son cerca de las nueve y veinte, Robert Plant entra al escenario. Lo sabemos porque bajaron las luces y porque los hombres y mujeres a mi alrededor traducen su emoción en un sonido que se eleva entre gritos, silbidos y aplausos. Yo demoro unos segundos, voy y vengo con la mirada. Y entonces lo veo. Es él, el hombre de la melena dorada ingresa a su último show en Argentina de 2026. Si este texto fuera un documental las imágenes ahora tendrían un latir intermitente. Intercalarían la figura de este hombre de 77 años y este mismo hombre en sus veinti, por momentos a color, por momentos en blanco y negro. Es que así lo veo. Es él, es él. Tenía planeado tomar notas durante todo el recital pero advierto rápido la conmoción que me golpea. En la sala del Metropolitano compruebo lo que aún permanece: la postura erguida y firme, la trompa como gesto de concentración o de disfrute. No estoy para sacar la vista del escenario, entonces hago lo que hice siempre con su voz: cuando siento el aullido, me entrego a su magnetismo.
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2006. Es una madrugada cualquiera. Estoy acostada en la oscuridad. Tengo puestos los auriculares de un mp3 a un volumen alto, altísimo. Cierro los ojos, gesticulo algún estribillo, todavía no sé bien qué dicen las letras más allá de ellos. Cada tema es justamente eso, un tema, un estado de cosas. No distingo las tradiciones que encarnan, sólo sé que esto que escucho es Led Zeppelin y que lo que suena son más que canciones: son la tristeza, son la electricidad, son la nostalgia, son el rock. Estas noches de vacaciones, ondulo entre mi pieza y la habitación donde está la computadora de escritorio. Embicho el equipo todos los días. La búsqueda es frenética y responde a esta inquietud adolescente y voraz de conocer todo, de saber todo. Y ese todo parece estar al alcance de mi dedo índice. Busco lo que no está en mi casa. Busco Elvis, busco los Rolling Stones, busco AC/DC. Entonces, llego sin querer a canciones sueltas como ráfagas feroces que no puedo ignorar. Primero son Dazed and confused, D’yer mak'er, All my love, Moby Dick, Ramble on, Kashmir, Rock and Roll, Whole lotta love.

En mis primeros años de Ares y eMule las descargas son también al cuerpo entero: los alaridos y los susurros de Plant configuran una serie de sentimientos que nunca se me habían presentado de esa manera. Todavía no asocio como es debido, escucho las canciones sueltas, sin darle la forma que la banda quiso desde el primer álbum que sacó en 1969. Jimmy Page, el guitarrista e impulsor del grupo, decía entonces: “Somos una banda de álbum, no de sencillos”. Tiempo después entenderé mejor mi descuido, no sólo llego mal, llego tarde. En 2007 se publica Mothership, una selección gloriosa de la meteórica carrera de Led Zeppelin, y sé que tengo entre manos la fantasía de recobrar lo incapturable. Tengo la cajita, tengo los colores, tengo un orden y esa voz. Ahí sí busco las fotos y, sobre todo, los videos. YouTube es otro aliado en este buceo en el tiempo. Veo esos cuatro tipos y sus instrumentos, desde sus looks psicodélicos a los más simples de jean y remera de algodón. Miro y escucho obnubilada sus versiones larguísimas en vivo. Pero me convierto en una fan a secas, sin mediaciones. No aprendo ninguna bio, no rastreo entrevistas ni crónicas sobre su historia. Todavía estoy en la secundaria y Led Zeppelin pasa a ser mi respuesta automática a cuál es mi grupo preferido. Los llevo en los oídos al caminar la ciudad, andar en colectivo, mirar el río en silencio o hundirme una y otra vez en la oscuridad de mi pieza.
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El amplio registro vocal de Plant sigue ahí. Esa fuerza todavía se presenta como una huella identitaria ante la que todos caemos rendidos. Es él, es él: el cable del mic tirante y bamboleándose entre las manos, el cabeceo que acompaña el ritmo. Tira algunas palabras en español: buenas noches, Rosario, señoras, señores. También repite esta palabra: pasajeros. Así nos llama. En inglés nos dice que con Saving Grace vienen del otro lado del mar. Saving Grace es su banda de los últimos siete años y el nombre del álbum que esta noche presentan. Nos da la bienvenida más de una vez. Cada instrumento en escena tiene su momento para lucirse, pero brillan mejor juntos: la cantante Suzi Dian, el baterista Oli Jefferson, el guitarrista Tony Kelsey, el banjista Matt Worley y el violonchelista Barney Morse-Brown. Plant es Plant, es la leyenda que sabe correrse del centro y venera el toque de sus compañeros. En tiempos de conciertos con vestuarios estrafalarios y enorme despliegue de tecnología, Plant y Suzi Dian se valen de aquello que dominan con maestría: la manera en que armonizan sus voces.

Las versiones de Led Zeppelin —Ramble on, Friends, Four sticks, Bron-Y-Aur— se integran al repertorio en un continuo fluido con las canciones de Saving Grace. El público recibe los clásicos entre suspiros seguidos de aplausos, con declaraciones de amor a los gritos: te amo Robert Plant, te amamos Roberto. Cada tanto responde alguna con un thank you teñido de su british accent. Los temas nuevos también son celebrados con admiración. Los ojos de Plant se siguen entornando pícaros cuando sonríe al público. Le corean olé olé olé oleee Robeeert, Rooobeert y él se toma unos segundos para contemplar. Cuando entonamos mal una estrofa de Black Dog, nos reta. What's wrong with you? What the fuck is going on there? Se ríe él y su compañera estalla, nos explican cómo afinar, indican hacia arriba con señas. Nos sale, creo. Convenimos que está bien, entonces sigue. Roar in the Fall es el nombre de la gira, que la última semana pasó por Buenos Aires y Córdoba. Ahora sigue por Puerto Alegre y Río de Janeiro en Brasil; en julio, Grecia; y desde noviembre recorren Estados Unidos. En la web del tour, destacan que el proyecto combina “folk, Americana, and blues”.
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En el documental Becoming Led Zeppelin (2025) —dirigido por Bernard MacMahon y coescrito con Allison McGourty—, Jimmy Page cuenta que en la primera gira como banda en Estados Unidos, a lo largo de 1969, la idea era poder inspirar a Robert Plant a través de la música para que llegara a las letras. Plant cuenta a cámara que componer es un proceso muy íntimo y que con Page se juntaban a ver sus vulnerabilidades y posibles vergüenzas. Eran sus primeras pruebas de escritura de canciones. Y ahí, enfatiza Page, llegó Ramble on; Plant muestra un boceto suyo escrito en birome, Leaves are falling all around / It's time I was on my way. Es el cuarto tema de esta noche, el primero que suena de Zeppelin. “Es la historia de mi vida”, dice Plant en el documental. Ahí cuenta que, de chico, sus viejos lo llevaban a pasear por montañas míticas y ruinas de otras civilizaciones. “Me, you and the other people”, de eso se trata, dice. En la sala de Metropolitano hay destellos celtas, clásicos del folk inglés y americano y reversiones de su etapa solista —entre todas, The very day I’m gone, The cuckoo, Let the four winds blow, Calling to you, Angel dance, For the turnstiles— y del último disco: Higher rock, As I roved out, Too far from you, Beautiful day today, Everybody’s song.
Un delicado hilo conecta Saving Grace con aquellas raíces familiares y los primeros bocetos de Zeppelin: el protagonismo de los paisajes de su infancia. Ahí se combinan sus lecturas de literatura fantástica y los territorios que Tolkien describió en El señor de los Anillos, los mismos prados y colinas que Plant recorrió de niño. Todavía hoy lo cuenta en entrevistas, Tolkien, maestro. En su perfil de Instagram no sólo ofrece datos de las giras y los discos que saca. Se puede ver su compromiso con el cuidado ambiental, cerca de su casa en una zona rural de Inglaterra. Sobre todo, esto: comparte la música que está escuchando. Es un artista que nunca abandonó la curiosidad. Es él, acá, enfrente nuestro. Nos deja vibrando cuando suena Everybody’s song y a dúo con Dian logran un final bellísimo.
Son casi seis décadas arriba de los escenarios. Plant supo cuidar ese fuego que nace de su pecho, de sus entrañas, de quién sabe dónde. El golden god pisó Rosario por primera vez. Un lugar común: miles y miles de adolescentes en el mundo, los últimos cincuenta años, sintiendo que llegaron tarde. El recital de Robert Plant y Saving Grace, la carrera misma de Plant se rebela contra esa idea. El tiempo es ahora, disfruten. Antes de irse, nos dice hasta la próxima.










































