Entrevista a Ber Stinco

La ruta del creador incesante

MÚSICA
17 de junio de 2021

Por Bernardo Maison
Fotos de Santiago Moriconi

 

Con cuatro discos y tres libros editados, Ber Stinco (La Carlota, 1982) se muestra a gusto por poder llevar a cabo lo que él define como su forma de vida: escribir y componer. Este presente afianzado en la exploración musical y literaria — “lo que quiero hacer siempre y mejor me hace sentir”, dirá—, es una extensión de lo que hacía desde chico; inventarse historias, personajes y canciones que duraban un día. En aquella época no pensaba en grabarlas pero, visto en retrospectiva, funcionaban como el motor para aprender, contarse algo y jugar. “Muchas veces, no siempre, cuando estoy componiendo logro ese grado de abstracción, me olvido que tengo 39 años, y que me llamo como me llamo y de las facturas que entran por debajo de la puerta”, dice a pocos días de haber editado La insubordinación fundante junto a su banda La Asociación Santafesina del Rifle.

Fue en 2005 en su ciudad natal que Stinco empezó a mostrar canciones propias con el disco Ber & The Incredible Fishing Band. Tras editar Postales de mi ciudad invisible (2008) se mudó a Rosario en 2010 y desde entonces entabló una trama de amistades y vínculos artísticos que se mantiene hasta el presente, aun después de haber pegado la vuelta al pago. Con varios eps y simples, se anotan también en su discografía Los fusibles quemados del amor (2014), y La Campaña del desierto (2018). La editorial rosarina Casagrande le publicó las ficciones Los Jardines espaciales (2018) y Por tu culpa más que un loco (2020).

Ese tránsito constante por la pampa gringa, la posibilidad de ir y volver, las horas en la ruta 33  —de Rosario a Venado Tuerto para seguir luego a La Carlota por la ruta 8 —, son elementos que derivaron al imaginario estético de Stinco. “He vuelto viejos amigos, no me pregunten quien soy. Soy todo lo que he perdido, cabalgo detrás del malón” canta en Lo cercano se aleja, mientras que un verso de la canción La serpiente (“y tres largas horas en la ruta 33, te recuerdo que no hay donde volver”) dialoga internamente en su obra con Los reyes de la ruta 33, una de sus más lindas canciones: “Somos Reyes sin saber de la Ruta 33. Volver por la autopista y ver el nuevo amanecer. Sentir que todo es lo que está por suceder. Como nacer morir todo a la vez, o al revés”.

“Tratamos de crear una mitología con nuestros lugares, y la ruta 33 es parte de nuestra historia” dice Stinco. “La 33 es el cordón umbilical de la pampa húmeda, por ahí se van todos los camiones con el cereal, suceden las tragedias viales, pero a la vera de la ruta también hay historias, hay pueblos y hay otra forma de entenderlo. Es una ruta que va de puerto a puerto (Bahía Blanca-Rosario), la Zanja de Alsina pasaba por ahí cerca, son muchos disparadores que se nos activan a partir de eso. Pero en el fondo creo que uno sólo se acerca a las cosas que lo enamoran y no sabe lo que va a pasar. Te enamoras de una idea y cuando tenés eso hay que traducirla, ahí empiezan los experimentos, el resto llega con el tiempo”.

Hay otras persistencias en el cancionero de Sinco, que sin llegar a tematizarse en sus letras le confieren un ambiente, ciertas líneas interpretativas. Miremos los títulos de sus dos últimos discos, La Campaña del desierto en el anterior y La insubordinación fundante en el nuevo, este nombre tomado de la teoría de Marcelo Gullo, politólogo y analista en relaciones internacionales a quien el músico conoció en un asado en el club El Tala. Historia, memoria y territorio, pugna ideológica alimentando sus canciones a la par de los versos de amor.

El sonido de Ber Stinco y La Asociación Santafesina del Rifle se recuesta más en el folk-rock estadounidense (con Dylan y la ruta a la americana posterior) que en el folklore (de Cafrune), aunque su modo de ser criollo mantiene la interrogación explorada desde el comienzo del rock argentino: cómo es eso de cultivar la tierra propia con las herramientas forjadas en Estados Unidos. “Del arco ya salió la flecha” se escucha en la preciosa y reposada El arco, quizás la canción más “folklórica” del disco, y esas lineas recuerdan aquellas otras de Yupanqui: “La flecha vuela en el aire para llenarse de sol” (La Flecha).

“La búsqueda del sonido se va dando orgánicamente, por ahí lo que estoy componiendo últimamente va más atrás en el tiempo porque tiene olores más folklóricos”, dice el músico. “Me gusta sentirme como un eslabón más en la historia, no soy postmoderno, no pienso que el mundo se inventó hoy y que todo lo de atrás no existe. El pensamiento liberal no tiene nada que ver conmigo. Creo que en el fondo lo que tratamos de hacer es patear dos cosas a un costado, una, el neoclásico, esa especie de conservadurismo de museo del rock, la momificación del pasado. Y por el otro lado el suicidio de la posmodernidad, ese salto a la nada. Creo que la idea es instalarse en un lugar equidistante, tipo tercera posición”.

Compuestas en la “última época”, las canciones de “La insubordinación fundante” fueron testeadas primeramente con Diego Fusaro (guitarra) y Franco Colautti (guitarras) —quienes definen principalmente los arreglos y la producción—, y Nicolas Manzi (editor, amigo y co-autor en alguna canción). “Yo compongo y se las paso al toque a Diego, a Franco y a Nico. Ellos me dicen ésta sí o ésta me parece que no tanto. No tengo esa boludez de ofenderme si me dicen esto es una porquería, de hecho la mayoría lo son, lo importante es lo que saquemos de entre esa basura. Una canción es como un sueño, y un disco tiene que ser la serie de sueños de esa noche completa. Una paleta de colores común”. El resultado final se conforma con Pupe Barberis en batería, Mariano Sayago en contrabajo, y Julián Acuña en guitarra acústica.

“Tenemos una banda hermosa, maravillosa en todos los sentidos, ahora se sumó Valentín Prieto en el bajo. Es una banda soñada, más allá de lo grandes músicos que son todos, es como un viaje de egresados todo el tiempo, nos llevamos muy bien y estamos muy a gusto uno con el otro. Es algo que nunca me había pasado a este nivel, hace muchos años que tocamos y hay una hermandad”, dice el cantautor.

En su performance de tener siempre algún tema nuevo entre manos, Stinco dice que ya está cerrado un posible próximo disco e igual sigue componiendo. “Lo bueno de ese tic neurótico es que cada vez tengo más para hacer el recorte. Ahora seleccionamos diez canciones pero teníamos treinta y pico, eso te da cierta riqueza y más seguridad. Con los años uno se da cuenta cuáles canciones se despegan en tu nivel compositivo medio. A la distancia creo que comparten cierto aura místico”.

El disco ya cuenta con dos videos realizados por Santiago Moriconi de las canciones El efecto de realidad y Japón, el próximo será Furtivo cazador y –según cuenta Stinco– seguirán filmando hasta completar el álbum. Manuel Moretti, Leo Genovese, Nahuel Marquet, Coki Debernardi, Willy Crook, Yamile Baidón, Tiago Galindez, Pablo Pino, Gastón Prece, Dante Castagnasso, Martín Valci, Bonzo Morelli, Nicolás Manzi y Julián Sinópoli son los invitados que aportan desde sus voces o instrumentos.

“Es gente que admiro y que quiero. La canción a la que invitamos a participar a cada persona es porque le quedaba justo. Sentimos que es muy natural cada composición para el perfil y la búsqueda del invitado. Incluso a mí me hacía ruido después porque sin mi voz el tema ya quedaba buenísimo. Capáz en algún momento haga algo así, que yo no tenga que cantar, que solo componga e invite a otros a cantar”.

— Ya tenés un camino recorrido y uno puede escuchar un trazado musical que se sostiene en tus discos ¿Cómo funcionan en vos las influencias? A veces cuando se las piensa desde el punto de vista de la literatura, se dice que se escribe contra Saer o contra Borges por ejemplo. Al empezar a definir un disco o al componer ¿se te prende alguna alarma en ese sentido o no?

La verdad es que le robo a un montón de gente, a veces consciente y a veces inconscientemente, ya no me detengo mucho. Primero cuando estoy componiendo soy como un mercenario de la canción para que cierre, hago cualquier cosa porque la canción me cierre a mí, por ahí no me sale. Por ahí estoy dándole vueltas y tampoco soy mucho de poder volver, porque tengo que hacer una canción nueva. No es que pueda, como algunos, estar tres meses haciendo una canción, yo le pongo todo lo mejor de mí, pero si no me sale empiezo una nueva.

— ¿Necesitás cerrarla y si no la abandonás?

A la canción necesito cerrarla, con la novela sí reniego y sufro como un condenado, pero  a las canciones yo las necesito cerrar. Después puedo ajustar alguna cosa, pero generalmente, el 90% de las canciones se terminan grabando como se compusieron en una hora.

—  Escuchando tus canciones uno nota también esa pretensión de letrista, una búsqueda poética, no sé si arrancan desde ahí los temas pero hay una presencia muy fuerte de lo que vas a decir, en la letra.

Sí, lo que me pasa es que yo empecé a escribir antes que a tocar, y empecé a tocar bastante grande, cerca de los veinte, antes quería escribir nada más. Ya desde el vamos nunca tuve una banda de covers, con la primer banda que tuve tocábamos las canciones que escribíamos. Escribo más de lo que estoy tocando o leo más de lo que estoy escuchando música. Encuentro una frase, una línea, y tiro del hilo, aunque también muchas veces viene primero la melodía, es como que no tengo un método, sí me di cuenta con el tiempo que las melodías están en constante movimiento y que las letras no. Las melodías vienen caminando, aunque pensándolo bien creo que la mayoría de las melodías las agarro manejando, abstraído en la ruta o dando vueltas por ahí.

— Me da la sensación, al escucharte desde tus primeros discos, que los versos que son de un tema podrían estar en otro, hay como una cuestión circular…

La verdad que no me lo habían dicho, pero ahora que me lo decís sí. A su vez tiene que ver con laburar como constelaciones, como cosas que se van superponiendo. A su vez aspiro a crear un universo con elementos que a mí me conmuevan y quedarme a vivir ahí, no salir más.

— La fantasía del artista… bah, de todos, encontrar un lugar donde uno pueda ser libre, porque mayormente estamos sometidos a la realidad, que es imposible.

Sí tal cual, y no hace tanto me di cuenta de eso, como una desesperación por crear un universo, un lugar, un universo estético que sea más ameno. Crear canciones, libros y mudarme ahí.

— ¿Y qué te pasa mientras estás construyendo ese mundo? Escucho decir que el que escribe siempre está sufriendo mientras lo hace. No sé si al músico le pasa eso, o en disciplinas como la pintura, sí se disfruta mientras se ejerce. ¿Qué pensás vos que sos escritor y músico?

Para mí son dos cosas completamente distintas que cuando las estás haciendo no tienen nada que ver una con la otra. La cuestión compositiva de una canción, el encare, es siempre más lúdico y lo disfruto, siempre la estoy pasando bien. Por ahí renegás con alguna cosa a la que no le encontrás la vuelta pero… ¿sabés a que es más parecido hacer una canción? viste cuando querés hacer un ejercicio de automatismo, que escribís suelto y después corregís, bueno componer una canción es más parecido a eso.

— Fluir un poco más...

La paso peor cuando corrijo que mientras escribo. Cuando estoy con una novela o con un cuento la pasó peor porque la escribís y después decís esto es una porquería, no lo puedo cerrar, esto va arriba, esto va abajo, si le saco esto se cae o ésta palabra va con ésta. Es mucho más tortuoso escribir una novela o un cuento, aunque ya no trato de escribir cuentos, soy muy disperso, estoy más pensando en paisajes, en climas. Creo que si un texto se sostiene solo por el chiste final es una porquería.  No me interesa qué es lo que se cuenta sino cómo se lo cuenta. Ahora estoy escribiendo una novelita sobre unos gauchos que quedan huérfanos de Rosas a fines del siglo XIX y empiezan a hacer una venganza por distintos lugares del país, se van cargando unitarios viejos, la mayoría ya está más para geriátrico que para patriadas. Siento que por ahí fluye pero a veces digo no, esto es imposible.

 

 

 

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