Primer disco

Insistir acá: una conversación con Greta y Las Voces

MÚSICA
6 de agosto de 2026

Por Matias Vazquez

 

 

Greta y Las Voces es una banda rosarina de shoegaze y dream pop. En mayo de 2026 publicaron No volver a perder, su primer disco: nueve canciones atravesadas por la nostalgia, las migraciones juveniles y una relación insistente con Rosario.

Greta Meyer (voz, guitarra y composición), Tito Ciames (voz, guitarra y composición), Alejo Mondelo (bajo), Astor Reyes (guitarra) y Lucio Sandilo (batería) lo presentaron el sábado 4 de julio en el Centro Cultural Fontanarrosa, en el marco del ciclo De Local.

Estamos con Greta y Tito en la vereda de Birramp, en San Lorenzo al ochocientos, un martes frío y gris, todavía con la resaca de una final mundial perdida.

—La banda se armó acá —dicen al unísono señalando— En esa mesa larga de allá.

El bar ahora está prácticamente vacío, de fondo el ruido de un taladro aparece intermitente: son los empleados aprovechando para hacer algunas refacciones.

—Nos sentamos, mostré la maqueta y fue —agrega Greta.

Yo grabo con la intención de dejar correr la charla antes de entrar en las preguntas preparadas. Diciembre de 2024 fue el debut en Puerto de Ideas; pero la reunión en Birramp había ocurrido antes, quizá en octubre, cuando ya hacía calor. Luca trabajaba en el lugar y dijo que estaba para sumarse. Alejo era amigo de Greta desde hacía años. Las primeras maquetas de “Ni una Gota” y “Pasajes” empezaron a pasar de mano en mano. El nombre de la banda, los ensayos y los planes se conversaron en el bar.

—En el baño hay un grafiti que dice Greta y Las Voces —cuenta Tito.

—Está hecho desde antes de que tuviéramos Instagram —completa Greta.

La historia no sale ordenada; sale como salen las historias entre gente que la vivió junta: uno empieza una frase, el otro la termina, los dos vuelven atrás porque olvidaron a alguien. Birramp aparece primero como origen de la banda y enseguida se agranda. Era el lugar donde terminaban después de ensayar, donde podían pedir que pongan la música que les gustaba, donde se cruzaban músicos de proyectos distintos. A veces alguien caía porque sabía que era probable encontrarlos ahí.

—Fue natural —dice Greta—. Era donde coexistíamos, donde podía venir la gente del palo.

—Como un… ecosistema —dice Tito—, acá siempre hay flyers de Vanyara, Las Aventuras, Gladyson Panther, Bubis Vayins…

—Eso: el ecosistema. En 2024, principios de 2025, te encontrabas a todo el under acá.

Los lugares que habitamos nos conforman, y en la vida artística, la figura del bar resulta siempre un punto de encuentro y de creación. Sobre una mesa que sigue ahí, alguien puso play a una maqueta y la música empezó a buscar cuerpos para convertirse en banda.

 

El primer hito

 

Recién después de veinte minutos de charla saco la primera pregunta preparada. Para entonces la entrevista ya empezó hace rato.

—Ahora que publicaron el disco, que lo presentaron, ¿cómo se sienten con todo ese trayecto y con esa culminación?

—Genial… a mí me costó mucho al principio bajarlo en palabras —responde Greta—. No pude hacer un agradecimiento real de lo que sentía, porque un poco el significado del disco era eso: llegar a tenerlo. El nombre lo teníamos seis meses antes de que saliera. No volver a perder era no tropezarse y que se corte; que siga, y que sea algo recordable para todos nosotros, como banda y como artistas individuales.

Hace una pausa y mira el recorrido hacia atrás:

—Yo digo siempre que me armé una superbanda. Todos venían de proyectos distintos, muy grosos, pero ninguno había llegado a algo tan guau como grabar un disco y presentarlo. Cumplimos el primer objetivo groso.

—El primer hito de la banda —dice Tito.

—Total. No sé cuál va a ser el segundo. Pero nada se siente tan propio como decir: grabamos un disco, sin una discográfica que pusiera la plata. Lo ganamos con las fechas. Hicimos veintiocho en un año, treinta y pico en total. No cobramos un peso porque todo iba para llegar a esto.

Greta sigue y la palabra autogestión deja de ser una abstracción: habla de gente que los llevó en auto, acercó un amplificador, fue a sacar fotos aunque sabía que no había plata. Cada ayuda mínima fue armando algo que, con el tiempo, era más que mera amistad o favor.

—Así se formó un equipo. La manija nuestra estaba, pero toda la gente que formó parte aportó a no perder.

Tito escucha y mueve la conversación hacia el después:

—Yo estoy muy contento con haber sacado el disco, pero a la vez tengo como una especie de bajón de: bueno, esto pasó, ¿y ahora qué queda? El disco ya está en la calle. Vamos a una nota y gente que no conocemos nos dice “me encantó”, y es muy loco. Antes íbamos a una radio con una guitarra, a tocar temas propios sin que hubiera nada afuera. Ahora te dan una pantalla y alguien haciendo zapping se cruza con vos.

Greta se ríe y cuenta:

—Una noche los Cicuta (banda amiga) estaban comiendo hamburguesas, haciendo zapping en la tele, y se cruzaron una nota nuestra. Dijeron: “qué manera de decir pelotudeces, chicos”. Pero estábamos en la tele.

Entre la maqueta mostrada en Birramp y esa pantalla hubo más de un año de jornadas largas, de levantarse temprano para ir a grabar, arreglos que parecían no terminar nunca y un disco que tardó en volverse real incluso después de publicado. La pregunta “¿y ahora qué queda?” no quita la alegría del logro: es el pequeño vacío que deja un objetivo cuando deja de estar adelante.

 

Una banda rosarina

 

—En la tapa, en las letras, en la gente que se va: Rosario está por todos lados. ¿Cómo piensan el disco en relación con la ciudad?

Greta empieza por una experiencia personal y, mientras habla, la va convirtiendo en una idea más grande.

—Al principio la cuestión de la partida venía de que mucha gente de mi círculo se iba a vivir a otro lado. Después, haciendo música y metiéndome en la escena, empecé a ver que, si querés crecer, todos piensan en irse. Mi objetivo era que me conozcan en mi ciudad, que se sintiera como algo propio: ser una banda rosarina que habla de esto y que quiere insistir acá. Es re difícil esta ciudad porque no hay espacios, no hay... nada es utópico, todo lo contrario. Es bastante distópica esta ciudad. Pero tenés que significar algo para los tuyos primero, para después esperar que alguien de afuera, que no te conoce, se enganche.

La frase queda en el centro de la mesa, pero Greta todavía no terminó, cuenta que “Las Terminales” nació de un poema sobre no sentirse parte de donde uno está y, al mismo tiempo, desear profundamente esa pertenencia. Lo terminó volviendo de Buenos Aires, después de despedirse de amigos.

—Veía que allá hacían cosas re copadas, ciclos, bandas tocando varias veces en el mismo lugar, cruces entre proyectos. Pero yo las quería hacer acá. La idea era: se puede hacer acá. Fíjense que se puede.

Tito entra a la respuesta desde su vida cotidiana.

—Nosotros somos de acá, vivimos acá. Yo nací acá a la vuelta, soy rosarino, rosarino. Me es inevitable hablar de mi día a día, de mi realidad. Está la gente que se va, pero también el desamor de la gente por la ciudad, todo ese machaque de que acá no hay nada, que es una ciudad fantasma, que no existe la noche, que es un peligro. Lo que buscamos es resignificar eso. Decir: acá hay movida, acá hay gente que quiere hacer cosas y vale la pena hacerlas.

La conversación vuelve a los lugares. Los que cerraron, los que cambiaron y los que apenas alcanzaron a conocer. Hablan de bares heredados como relatos: un padre o un tío cuenta de una noche que ya no existe, y la generación siguiente se vuelve nostálgica de un lugar al que casi no llegó.

—Acá las cosas siempre dejan de existir —dice Tito—. Siempre llegan a un punto y cierran. Eso me lo enseñaron mi viejo y mis tíos: cuando vos ya podías ir a ese boliche famoso, no existía más.

—Yo fui a Berlín con mi vieja a los catorce —dice Greta—. Pensé: quiero venir con mis amigas. Y pum: cuarentena.

—Y la gente nostálgica de los noventa, ya está, ahora se queda en su casa tomando vino.

—La gente crece y los lugares cierran —remata Tito.

Rosario aparece entonces como problema afectivo: una ciudad de distancias cortas y espacios frágiles, capaz de reunir una escena y desarmar sus lugares. Insistir acá significa no dejar de buscar dónde encontrarse.

 

Cuando las canciones vuelven

 

—Volviendo a la presentación del disco en el Fontanarrosa, les pregunto ¿Cómo vivieron esa noche? ¿Hubo alguna sorpresa?

—Cosas lindas hubo miles —dice Greta—. Pero fue muy gracioso y anecdótico: dijimos “Buenas noches, somos Greta y Las Voces…” y en el primer tema se le rompió la guitarra a Tito, así que: “por favor, alguien préstenos una guitarra, porque no queremos volver a perder… minutos del show”.

Tito salta enseguida a otra sorpresa:

—También aparecieron como ocho o diez pibes con remeras que se habían mandado a hacer que decían: “Hot girls listen to Greta y Las Voces”. Y yo: ¿de dónde?, ¿quiénes son? había alguno que era conocido de nuestro batero pero hasta ahí.

La falla de la guitarra queda atrás y empiezan a hablar del recibimiento. Tito cuenta que, antes del disco, los amigos ya ponían las canciones en las casas y cantaban los estribillos como si fueran temas de cancha. Pero el escenario del Fontanarrosa les devolvió otra cosa.

—Fue salir y ver todo ese tumulto —dice—. Toda esa ovación de gente que desde “Las Terminales” hasta “Lucía” se cantaron todo.

—“Lucía” que es un tema acústico que no tocamos jamás —agrega Greta—. Se lo cantaron llorando.

—También se acercó gente a agradecer que lo tocáramos —dice Tito—. “Este tema me ayudó para esto”, “me sirve porque me está pasando algo parecido”. Eso fue lo sorprendente y lo lindo. Había chicas adelante llorando, pero cantando.

Greta intenta explicar la sensación:

—Saber que los temas les llegaron de alguna manera y los pudieron resignificar en su propia vida, en el día a día. Porque obvio, uno se espera a sus amigos… yo sé que mis amigas van, se saben los temas y los cantan a los gritos. Pero no podés depender de eso tampoco. Mis amigos tienen una vida: trabajan, hay fechas a las que no pueden ir…

—¿Y cuándo sintieron que habían pasado ese límite?

—En la presentación más que nada, y en algunas fechas anteriores ya venía pasando. Ahí nos dimos cuenta de que funcionó, de que ya no son sólo nuestros amigos los que cantan nuestros temas. Ya le llegó a otra gente y es el momento más lindo.

Tito recuerda un show en Buenos Aires:

—Nos pasó incluso allá: había chicas bailando, agarrándose de las manos, dando vueltas. Y pensás: ellas no son mis amigas. Vinieron a ver qué onda esta banda. Eso es re loco.

Ahí aparece una medida de crecimiento que no entra en las estadísticas: la gente desconocida que canta tus canciones. Durante los primeros meses, cada cara podía tener una historia compartida con alguno de los integrantes. Ya en el Fontanarrosa se encontraron con un público más diverso.

—Algo que me llamó la atención de la presentación fue que hubo una puesta en escena integral: escenografía, vestuario, maquillaje… ¿Cómo fue pensada esa propuesta completa?

—Eso fue planteado con Paulina Luna. A ver, la cosa es nostálgica. Yo quería sentirme como en mi casa, en la piecita diminuta llena de pósters donde escribí los primeros temas. Tenía que sentirse como el lugar donde nació todo. Por eso armamos un living, con revistas viejas y muchos recuerdos… el concepto siempre va a ser la nostalgia para nosotros.

—El living de la casa de la abuela, de toda la vida —dice Tito.

—La tacita de café, portarretratos con fotos de nuestros amigos, una foto de Luca Giu, una mía de cuando presenté mi primer festival. Y fotos de influencias también. Después nos dimos cuenta de que todas las artistas en los cuadritos eran mujeres: Lana del Rey, Stevie Nicks, The Cranberries, Rosario Bléfari...

—Rosario Bléfari, porque es nuestra mamá —dicen juntos.

—Mis primeras canciones fueron en mi etapa de descubrimiento de Bléfari. Al principio salía a tocar temas de ella y metía uno mío que ni estaba terminado. Después hice entrar a todos los chicos en Suárez.

—Y Slowdive —agrega Tito—. Cuando descubrí Slowdive pensé: esta música me hace sentir en casa.

 

Un proyecto sostenido por amor

 

—Con Slowdive, banda de la cual hacían covers en los primeros recitales, se da ese paralelismo de que los dos cantantes y guitarristas eran pareja también. Y ustedes su amor lo hacen parte de su creación artística, en todos sus recitales hay un momento donde se dan un beso sobre el escenario. ¿Cómo funciona ese amor dentro de la banda?

—Es que las canciones son amorosas y el proyecto se mantiene por amor, por el amor que tenemos a la idea de un futuro juntos. Queremos hacer música, dedicarnos a esto, y por suerte nos encontramos como compañeros de vida con el mismo objetivo —dice Greta.

—Ese momento del beso es cuando tocamos Jean Honoré, que es el primer tema que hicimos juntos —agrega Tito.

—Lo hicimos en el living de casa —explica Greta—. Letra, tema, melodía, las dos voces. Hay muchas coautorías porque él cambia arreglos o melodías, pero ése nació de los dos desde el principio.

—Los dos somos bastante herméticos para componer —dice Tito— No nos gusta que otras personas nos toquen las cosas, pero entre nosotros dos nos entendemos mucho musicalmente. Y el amor que nos tenemos se refleja en nuestro arte.

— Veo también en su banda un gran trabajo de gestión y comunicación. No es solo juntarse a tocar con amigos, atrás hay un equipo de trabajo: un mánager, un sello, mucha presencia en redes… ¿cómo piensan este aspecto de la banda?

—El vínculo de amigos se tiene que mantener —responde Greta—, pero tenés que saber que tiene que haber un equipo si hay cosas que no se pueden cubrir. Llega un punto en el que estás tocando tanto que hay cosas a las que no podés prestarles atención.

Se ríe antes de admitir que tampoco entrega el control fácilmente:

—Igual yo soy una loca de mierda. En los ensayos estoy subiendo historias. Hay un tema en el que no toco la guitarra: agarro el micrófono y grabo. Porque las redes son muy del momento y tiene que haber de todo: cotidianidad, cosa institucional, flyer, el desarrollo de una banda que traés, “vayan a ver a nuestros amigos”. Estamos en una escena, militamos la escena.

Me hablan de la ayuda que les representa tener a Dani (Daniel Menegozzi) como mánager. Que, al terminar una fecha, mientras la banda todavía está atravesada por el show, alguien pueda contar la plata, hablar con la producción, resolver un camerino o preguntar por algo que faltó. También me cuentan de todo el trabajo detrás de escena, que por ejemplo en períodos sin recitales, Greta y Alejo se siguieron reuniendo para actualizar gacetillas, preparar envíos al sello y presentar canciones a las plataformas.

—Hay cosas que la gente no ve —dice Tito — Pagar un disco, tener el monotributo, las letras sincronizadas, los mails, las reuniones —enumeran juntos— muchas reuniones. Hay bandas que son un grupo de amigos chill y está bien. Después estamos nosotros, que somos enfermos y buscamos ser profesionales. Se trabaja todos los días en la banda.

—Y tampoco es que cumplimos todo al pie de la letra, olvidate. Si el ensayo es a las cuatro, ninguno está a las cuatro. Cuatro y veinte, capaz… Cada uno tiene otros proyectos, trabaja, estudia, da clases. Alejo es una parte muy importante de esa organización, él se encarga de organizar los ensayos: habla con la sala, después con cada uno, y encuentra el día. Es un laburo todo el tiempo.

—Para terminar quería preguntarles ¿qué es lo que sigue?

—Y… el próximo disco está en el horizonte, y a la vez sigue siendo algo nostálgico. —dice Greta —Hay por lo menos cinco canciones que están por fuera de No volver a perder que ya tienen forma. Siguen hablando de las mismas cosas que atravesamos y se fueron haciendo durante el mismo proceso. También hicimos un registro audiovisual de toda la presentación en el Fontanarrosa, que queremos editar y subir a youtube, son cosas que llevan tiempo igual. Y ahora como quedamos seleccionados en Sonario (programa municipal de acompañamiento de bandas) vamos a estar trabajando en la sala y estudio del Galpón 11, preparando novedades. Mientras tanto, vamos a seguir tocando todo lo que podamos.

Cuando se terminan las preguntas, la charla sigue un rato más. Entran y salen personas, el grabador se apaga y nosotros todavía saltamos de un bar a una película, de una banda amiga a una fecha futura. Les digo que había pensado esta nota primero como una reseña del disco o una crónica de la presentación. Después de casi dos horas de charla, ya no parece ninguna de las dos. Es la entrevista la que vale ahora.

La mesa larga sigue ahí. Sobre ella hubo una maqueta; después llegaron los ensayos, más de treinta fechas, el disco y un público que ya desborda las caras conocidas. Tal vez por eso la conversación era la forma más justa de contar esta historia: la banda nació entre birras y proyectos compartidos, cuando un grupo de personas se juntó con la intención de crear arte, de intentarlo.

Insistir acá es no quedarse quieto. Es hacer de la partida una obra capaz de producir pertenencia. Es tomar aquello que Rosario pierde —sus bares, sus noches, los amigos que se van— y devolverlo transformado en canciones que otros puedan habitar. Significar para los propios, entonces, es construir desde acá una voz en la que puedan reconocerse tanto quienes se quedan como quienes, aún lejos, siguen buscando un lugar al que volver.

 

 

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