Por Bernardo Maison
¿Qué hubo de nuevo en lo querible conocido? Que también vimos la emoción de Fito. Cómo no sentirse así, superado por tanto amor. Ese que subía desde ahí nomás, al pie del Monumento Nacional a la Bandera, de parte de esa masa gigante llamada público. Pero puede que haya sido otro tipo de desborde: el de ese amor incontrolable que llevamos dentro, hecho de recuerdos, batallas, personas que ya no están, de sentimientos callados, puros y permanentes. De símbolos que revientan como una piñata inesperada.
Al emocionarse (y llorar un poco), Paez nos dejó ver más de cerca al hombre que es. Conocemos bien al artista inmenso, seductor y canchero cuando quiere, el que despliega sus armas intelectuales y sentido del humor al conversar, el que advierte o busca roña. Al artista de las mil canciones perfectas.
El hombre que ahora llora un poco bajo el cielo de Rosario parece decirnos que ha llegado hasta acá. No por detenerse, pero ha llegado a este momento. A esta noche que también es unánime. De vuelta en su ciudad, acaba de hacer lo que sabe hacer, lo que hizo siempre: tocar como un animal dos horas de música hermosa.
Fito Paez en el centro histórico de una ciudad con río. Fito tocando canciones salidas del movimiento de su corazón por estas calles. Aunque estemos distraídos, Fito Paez liderando la abstracción.
Acaba de tocar junto a la banda que supo armar y dirigir. Un grupo de músicos capaces de generar sutileza y violencia, intimidad y expansión. Estuvo poco parlanchín para no desconcentrase, dijo. En algún momento del show, mientras dirigía su orquesta de espaldas al público, empezaron a sonar las palmas al compás de una canción. Fito hizo una seña: su mano aleteando brevemente arriba y abajo, después el dedo a su oreja. Paren y escuchen. Trabajamos para ustedes. Les estamos regalando esto que tenemos. Claro que hubo tiempo y muchas canciones más para corear y agitar. Para acoplarse a esas letras que son nuestro Rosario.
Fito eligió un repertorio de canciones clásicas, de los 80, 90, algo de los 2000. Ese cancionero que ya pertenece a nuestra tradición obtuvo de parte de la banda el brillo preciso para una amable noche de fiesta popular. Los arreglos preciosos del conjunto, la dosis de vuelo y personalidad individual cuando hizo falta. Hubo también lugar para el derroche, aunque sea dificil pensar en esa idea, cuando se trata de un show público para toda la familia. El desborde artistico dibujó el contorno general. Porque no se puede admirar la prolijidad y el swing si no existiese ese resto incontable que Paez conoce tan bien.
Durante el pasaje de piano bar, mientras Fito ensamblaba naturalmente un tema con otro, tocó Al lado del camino. Pienso ahora que escribo, me emocionó mucho la singularidad de la canción, (como siempre pasa, algunos versos resuenan con su melodía, y ¡chau!) pero también creo haberme emocionado por estar viendo al hombre: a ese tipo en su interpretación. Al hombre del piano que canta lo que siente. Para todo un pueblo que lo vino a ver, pero que en algún momento cantó para sí mismo, con la música inconclusa.
Estamos escuchando con cariño y admiración al artista que puso las canciones. Y tambien al hombre que conocemos de antes, desde antes del ayer.




































