Bailar el abrazo

Una noche en el fondo del Chamamé

LITERATURA
17 de marzo de 2020

Lucía Rodríguez asiste al taller de Chamamé que dicta Emanuel Kluczkiewicz en El Aserradero. Esa experiencia le servirá para escribir su crónica durante el Festival Pensamiento Contemporáneo realizado en Rosario en mayo de 2019. Habiendo estudiado ballet durante 15 años, sumergirse en esta danza que evoca en ella el fluir del río, la infancia y la saudade litoraleña le provoca tensión. Mientras siente cómo su cuerpo se va liberando en la ronda que la contiene, su memoria personal –de Chaco y Corrientes a Rosario- se entremezcla con las voces pasadas y presentes del género y las formas de bailarlo en la actualidad. 

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Para bailar ballet se necesita ropa cómoda que muestre la anatomía. Trabajar muy de cerca los detalles. Los detalles que fallan. Se necesita un cuerpo caliente, elongado, domesticado bajo la doctrina de la disciplina rusa, francesa o cubana. También se necesitan por lo menos cuatro años de formación para subirse a las zapatillas de punta. Las puntas tienen un refuerzo de yeso que soporta todo el peso del cuerpo sobre los dedos. Al presionar contra el piso hace que el pie dibuje un paréntesis. Dentro de ese paréntesis hay dolor pero es necesario que no se note.
Hoy no necesito nada de eso.
Hoy bailo chamamé.

No sé qué ponerme. Pruebo con una calza y una remera ancha, es de noche y después de la clase hay un festejo chamamecero con música y danza. No da. Amago con un jean y mi pasado de bailarina me lo prohíbe. No puedo desobedecer tanto. Es imposible bailar en jean. Me miro al espejo, me rodean montañas de ropa. Mis rulos oscuros están enloquecidos por la humedad. Soy joven pero estoy cansada. Se me nota lo criolla, lo trigueña. No hago ballet hace diez años y sus marcas todavía están a la vista. Me paro derecha y la energía sube y se aleja del piso. Los pies se me abren solos en una primera posición por más que me esfuerce para que parezcan normales. Voy a llegar tarde, vuelvo a la ropa. Elijo un pantalón flojo y una remera negra. Vestir de negro me salva.

Nací en Chaco pero viví en Corrientes entre los 8 y los 18, por lo que me considero correntina. Resido hace 15 años en Rosario y siempre supe que iba a dejar la ciudad donde crecí. Lo que no sabía es cómo iba a volver a ella. De donde vengo, en las fiestas de 15 o en los casamientos no suena un vals, suena un chamamé, primo hermano de la polca paraguaya. Una música que vive y ocupa todos los espacios que el sonido puede alcanzar. Pero no para mí. No en mi casa, donde el sonido ambiente se tapó con otras cosas.

***

Llego al Aserradero, un espacio folklórico en el centro de Rosario que desde el 2002 recibe y contiene a artistas de la música popular. Desde la puerta veo una ronda. Entro. Cuento doce personas. Un maestro se mueve en el centro. Me da la bienvenida. Tiene una sonrisa enorme. También es muy petiso y lleva unos pantalones anchos y una remera blanca. Sus pies, negros. Nos pide que nos movamos un poco en el lugar para entrar en calor. “Hagan lo que necesiten”, dice, como si nada. ¿Cómo lo que necesitemos? ¿Y eso qué sería?

Hay muchas primeras veces (o segundas oportunidades) con el chamamé en esta pista de baile entre mesas. Cuerpos tímidos, tiesos, improvisan pasos de precalentamiento. “Vamos, los quiero más endiablados”, grita mientras se mueve mirando a los ojos a cada eslabón de la cadena circular que rodea desde adentro. Se llama Emanuel Kluczkiewicz y es rosarino.

Abro un poco las piernas. Muevo la cabeza de lado a lado, me tomo un brazo, lo estiro con ayuda del otro. Sé lo que hago. Durante 15 años exigí a mi cuerpo más allá de su límite. Si hay algo que sé es estirarme. Salto en el lugar. Todos saltamos en el lugar. Emanuel pide que nos acerquemos al centro de la pista y nos abracemos. Los pies golpean el piso al unísono. “Escuchen bien, late como un corazón que hacemos latir entre todos. De esto hablaban nuestros ancestros. De comunidad”. 

La ronda se agranda. El círculo permanece. El abrazo se diluye.

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Volví al chamamé 11 años después de escucharlo todos los días en mi ciudad de crianza. En 2017, un editor del diario La Capital que sabía que era correntina (no así de mi carencia de “correntinidad”) me encargó que rastreara las FM chamameceras de Rosario. ¿Cómo podía ser que en Rosario hubiera por lo menos tres radios que pasaran chamamé durante toda su programación? No folklore, no música litoraleña: chamamé. ¿Cuál era su audiencia?, ¿quiénes eran sus difusores? En ese recorrido conocí una diáspora litoraleña, un territorio remendado por la música y el baile. Un intento de recuperar lo perdido de esos que vinieron en busca de trabajo y de una vida mejor.

“En el baile litoraleño el saber es vivencial. Es lo que trae cada uno. Tiene que ver con un estar”, dice Emanuel. “Cuando se baila, se baila con el paisaje de la nostalgia. Ese es su nacimiento, el de sentirse región, que no tiene que ver con una cuestión territorial política. La gente del interior baila así, para adentro“.

El chamamé es una música del desarraigo que le canta a quienes fueron arrancados de su tierra. Una música que evoca el fluir del río, la infancia, la saudade litoraleña. Pienso en el desarraigo de mi madre, en su traslado obligado de Rosario hacia el norte del país, en su necesidad de recrear una Rosario dentro de Corrientes para no olvidar de dónde venía. Tengo que poder deshilvanarme de ese tejido. Desprenderme de mi madre para contar mi propio desarraigo.

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Cintia Kluczkiewicz mira a su hermano Emanuel dar clase desde un extremo de la ronda. Lo interrumpe con una corrección. “Se dice juntes”, le apunta como si estuvieran en la mesa de la casa de infancia. Es mayor que él y es una de las pocas maestras de danzas litoraleñas de la ciudad.

“Los que bailamos música del litoral hacemos una búsqueda propia. Forma parte de la cultura de la familia. Así nos pasó a nosotros”. Madre correntina, padre rosarino profesor de danza, el baile era un código compartido. “Mis primeras imágenes del chamamé no son de mis padres sino de mis tíos correntinos”. En ellos vio el verdadero significado de una danza de abrazo, como son conocidas danzas como el tango y el chamamé. Vio la cadencia, la belleza, el enlace, la unión, el diálogo. Ese cuerpo hecho de a dos que se mece, que se cansa, que descansa, que desagota, que recarga. “Esos cuerpos macizos, nada que ver con nuestros cuerpos gringos, flacuchos”.

Desde las mesas que rodean la pista veo una pareja que observa la clase. Emanuel los saluda, los invita a sumarse. Ellos deciden ser espectadores. Son Jaquelina Saucedo y Germán Moreno, ganadores del clásico festival Cosquín. Germán dice que bailando chamamé es como se descubre el estilo singular del bailarín. “Desde que empezamos a transitar por la música del litoral encontramos realmente nuestra identidad”, completa Jaquelina. “Todos creen que la zamba es la danza más linda que tiene nuestro repertorio popular; cuando conocés el chamamé encontrás más pasión. Lo llevamos en nuestra forma de pisar, de movernos y de abrazar”.


Momento 1: el enlace

Lo primero es encontrar una pareja. Me doy vuelta hacia la izquierda. Quedo cara a cara con un hombre de unos 35 años. Tiene una barba poco improvisada y un rodete. Mira al maestro atento y, mientras tanto, deja que el rodete se desenrolle en un manto de noche que le llega hasta la mitad de la espalda. Parece de otra época. Esquivo su mirada. Mi corazón va a mil, tengo la sensación de que la ronda entera puede escucharlo. Si este chico me mira va a saber. ¿Soy una farsa? ¿Venir de Corrientes me obliga a saber bailar, a sentirme familiarizada con este espíritu?

Emanuel explica que el paso básico de chamamé es mundialmente conocido. El baile se divide en varios momentos que desconozco. Juega a saltar en el lugar y mostrar cómo creemos que es. A diferencia de un vals europeo, que se mece de un costado al otro, desde afuera hacia adentro de la pista, el paso básico de chamamé lo hace hacia adelante y hacia atrás, comunicando futuro y pasado. “Como la historia de nuestro país”, dice sin abandonar la sonrisa. Una puja entre lo que fuimos y lo que queremos ser.

Un, dos, tres. Un, dos, tres. Un, dos, tres. Entro en el abrazo.

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Gracias al trabajo de investigación de Enrique Piñeyro y Juan Genaro González Vedoya para los apuntes de la cátedra libre correntina Chamamé Raity, sabemos que la palabra “chamamé” tiene su origen etimológico en la frase guaraní “che amoá memé”. Su traducción al castellano sería algo como “doy sombra, a menudo, constantemente” y tiene relación con el término “enramada”. En la zona litoral, específicamente en el ámbito rural de la provincia de Corrientes, el baile chamamecero se realiza bajo las enramadas que protegen del sol y del calor.

En Rosario, a diferencia de Corrientes, el chamamé se baila en patios y en clubes. Las chamameceadas se desarrollan todos los fines de semana en la periferia de la ciudad. Zona sur y zona oeste contienen a cientos de chaqueños, correntinos, entrerrianos y rosarinos que se encuentran a bailar hasta el amanecer.


Momento 2: paso básico

Alguien presiona play ¡AtitayyyyyteeeeeeEEEeee! Un sapukay a todo volumen anuncia un comienzo. Grito de guerra, de tristeza o de alegría. Se grita lo que no se puede nombrar. Mi compañero ubica su mano izquierda firme entre mis omóplatos. Endereza mi postura, su cuerpo conoce la función del hombre en una danza de abrazo. Apoyo mi mano en su trapecio. Cuando empiece a moverme voy a recorrer los relieves de su espalda. Las manos libres se entrelazan como si supieran.

Largamos. La ronda empieza a moverse, no hay que quedarse atrás porque te llevan puesta. Avanzar en círculo y entre todos es la consigna. El movimiento al ras del piso sigue una música marcada por el bandoneón y la guitarra. Parece alegre. Parece.

Qué lindo era el cielo, Juana
el cielo manso que había en tu pueblo
si cuando lo recordabas
un no sé qué te estallaba adentro

Intento dar saltos que acompañen los pies de mi pareja. Sólo debería seguirlo. Con su pierna hace avanzar la mía. Los brazos se mantienen en alto y se balancean en el lugar con la cadencia del movimiento. Me miro los pies y no puedo ver mucho más. Tampoco veo hacia dónde voy. En el chamamé la mujer camina hacia atrás. No hay tiempo para pensar, la ronda se mueve y mi compañero nos impulsa mientras yo no paro de pisarlo. Doy dos pasos bien y uno mal. Me dice que confíe. No en él. En mí. Que me concentre en lo que pasa. Que voy a saber qué viene porque mi cuerpo me lo va a avisar.

***

A Cintia le fue muy difícil enseñar a conducir como un hombre pero más le costó entender la noción del rol femenino de bailar hacia atrás. Un pensamiento andino la ayudó: una avanza hacia el pasado. El presente es el futuro, es lo que ya está sucediendo. “Hoy desde el movimiento de mujeres hacemos el ejercicio de ir hacia atrás, de revisar nuestras raíces. A mí me pasó cuando era adolescente: la danza fue mi única conexión para conocer a mis ancestras”.

Se corta la música y la ronda se detiene. Emanuel vuelve al centro del círculo. Apoya ambas manos sobre su corazón y mueve el pecho. Respira fuerte. Sus rodillas están flexionadas. Los pies enraizados. Explica que el chamamé se baila desde el corazón, que las pulsaciones marcan el ritmo. Toma a una compañera y todo parece tan claro. Envidio lo cómodo que vive en su cuerpo.

Hacemos un paso nuevo, por suerte, conocido. Cumbia, salsa, chachachá, cualquier ritmo caribeño lo tiene. Me paro erguida, junto los pies. Una pierna sale hacia un costado mientras la cadera acompaña. Vuelve. Sale la otra pierna, vuelve. ¡Qué alivio! Pero no. Ahora hay que sumarlo al paso básico. Nunca nada puede ser simple.

La ronda se mueve, mi compañero avanza cuidadoso pero seguro. “Lo estás pensando mucho y el chamamé no se piensa”, insiste. Pido disculpas, me excuso. Me pierdo en el agitamiento que me genera bailar sin parar y la cabeza, de pronto, deja de ladrar pensamientos. A la tercera vuelta mi cintura cede al abrazo y en ese ceder el movimiento acontece. Mi cuerpo comienza a torcerse hacia abajo, acompaña la pierna del chico del rodete. Una unidad disonante. Por fin estamos hablando.


Momento 3: el zapateo

Chicatachika, chicatachika, chicatachika. Emanuel canta el ritmo del zapateo. Sus pies descalzos golpean el piso. Nos habilita a seguirlo. Chicatachika, chicatachika, chicatachika. El zapateo anuncia el estribillo. El hombre hace que la mujer dé una vuelta mientras zapatea. “Es el momento donde músicos y bailarines se unen en un ensamble”, explica Cintia. ”Las hamacas y los vaivenes del baile se rompen para sumarse al ensamble sonoro musical desde la percusión corporal de los pies”. El cuerpo como instrumento.

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A comienzos del siglo XX se consolida un proceso de nacionalización que recurre a la cultura folklórica y del movimiento tradicionalista para tomar elementos regionales. El fin es conformar una narrativa “nacional”.

En el caso de la danza, el noroeste argentino será el corazón del folklore nacional. Se trata del lugar más antiguo en que las tradiciones conjugan lo regional/indígena con lo español de los conquistadores.

Un abogado, bibliotecólogo y literato llamado Augusto Raúl Cortazar (1910-1974) fue el impulsor de un plan integral para la promoción de la cultura folklórica. Según Cortazar, las sociedades americanas están compuestas por la superposición de estratos. Los más antiguos, en la base, responden a los pueblos originarios. Sobre estos pueblos se asentó el estrato conquistador, los europeos ilustrados, la elite urbana. Varios siglos de “contacto cultural” habrían configurado una cultura mestiza, criolla, tanto con elementos tomados de las capas superiores como con supervivencias de las formaciones indígenas. Es en esta primera delimitación, en este relevamiento de expresiones folklóricas argentinas, que el chamamé queda relegado por su carácter afro, se prioriza un estilo europeo de bailes autóctonos, lo que le garantiza un camino periférico. Atado a los recorridos personales de quien lo quiera transitar a través de una arqueología familiar. Dándole una danza a los desterrados.

***

El final

Llega el final, la figura del cierre. Las parejas se encuentran cara a cara, cuerpo a cuerpo en una posición de piernas flexibles y torsos cercanos. Mientras se sostienen las espaldas de un lado, el otro costado del cuerpo dibuja un semicírculo en el que los cuerpos nunca pierden el contacto. Los dedos se rozan sin romper el campo magnético que este cuerpo único supo conseguir. Hay encuentro. O no lo hay y se cambia de pareja.

Cintia y Emanuel dicen que hay que reconocer que no somos correntinos ni entrerrianos. Que estamos rodeados de suizos, alemanes y de criollos. “No queremos bailar como criollos ni como correntinos. Tuvimos que hacer una búsqueda propia y decir: estoy en el centro de Rosario, voy a las bailantas de la periferia pero soy esto, hablo así, tengo esta información. Nos comunicamos con la danza y nos seguimos construyendo como sociedad y como comunidad”.

Tradición y presente pujan entre sí y explotan adentro mío. Se me aparece una constante: siempre encontré en el baile una forma de entendimiento que completa mis reflexiones o pensamientos. Es el cuerpo el que me dice que Corrientes es mi ciudad si yo quiero que lo sea, que puedo extrañarla y nombrarla como propia. Que puedo conocerla a la distancia. Que ya es momento de contarme mi propia historia.

“¡Neike, chamigo!”, grita Emanuel desde la ronda en pleno movimiento. “Vamos, amigo, acá estamos”, podría ser una traducción. Un estar posible entre el ayer y el futuro. En el territorio del baile parece haber lugar para los que aún nos estamos buscando. 

 

Foto principal: Teté Salas

Rosario, una ciudad anfibia

Durante el Festival Pensamiento Contemporáneo, que reunió en el mes de mayo de 2019 a algunas de las voces más influyentes de la cultura local e internacional en la ciudad de Rosario, 16 becarios de Argentina, Chile, Colombia, Estados Unidos, Italia, México, Paraguay, Perú y Uruguay participaron del taller de crónica cultural y periodística “Contar la ciudad”, a cargo de la escritora española Cristina Fallarás, en el que se les propuso pensar y recorrer la ciudad, narrarla a través de las historias de sus habitantes, sus fenómenos y con perspectiva de derechos. A lo largo de estas 16 crónicas, escritores, artistas, periodistas, estudiantes, académicos, trabajadores y el mismo paisaje urbano se erigen como protagonistas de un ejido donde la tradición convive con las prácticas culturales contemporáneas. Otros ojos se detienen en el patrimonio, activando la memoria. Así, sin mayores pretensiones que generar un relato coral en el que la palabra cobre dimensión pública, este libro funciona como documento histórico.

 

 

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