Lee un fragmento del libro

Signos y la consagración continental de Soda Stereo

LITERATURA
10 de septiembre de 2019

En noviembre de 1986 la aparición de Signos partió en dos la carrera de Soda Stereo. Con un sonido que reseteó su obra anterior y sus ambiciones artísticas futuras, el tercer álbum de Soda —integrado por ocho canciones clásicas desde el momento de su aparición— convirtió al grupo en un gigante de dimensiones hasta entonces desconocidas para el rock latinoamericano. Aquí te presentamos un fragmento del libro “Uniendo fisuras. Signos y la consagracion continental de Soda Stereo” (Ed Vademécun) del periodista y critico musical Diego Giordano. En esta fotografía de época se entrecruzan la euforia democrática, la amenaza latente de un nuevo golpe militar, la frustración económica, la reconfiguración del negocio musical y el traumático recambio generacional que se dio en el rock argentino tras el fin de la dictadura. 

 

 

Cambio de década y renovación estética
Tensiones, desfase y tecnología

En una especie de cinta de Moebius,
contamos la historia del rock para que la historia del rock nos cuente a nosotros”.

(Ezequiel Alemián, 1981)

 

A lo largo de su historia, el rock argentino hizo escala en cada una de las paradas del proceso evolutivo que se dictaban desde los centros imperiales del género, Reino Unido y Estados Unidos. Folk, psicodelia, rock sinfónico… cada variante tuvo, en su momento, una versión local. En la primera mitad de la década de los 80, la actualización llegó con las corrientes denominadas new wave y postpunk.

Pero vale hacer una aclaración. El hecho de que las filiales argentinas de las compañías norteamericanas y británicas editaran, con meses y hasta años de demora, solo los discos que eran exitosos en su lugar de origen produjo un desfase: al mismo tiempo que el punk-rock desencadenaba un terremoto cultural en el Reino Unido, en la Argentina se prolongaba el romance con el jazz-rock y el rock sinfónico.

Además de que se trató de un movimiento en principio subterráneo, el punk británico fue un fenómeno generacional, y postulaba un credo —estético, musical, político— antitético al que imperaba en los altos círculos del rock de fines de los años 70. En Argentina, solo algunos músicos jóvenes —sobre todo aquellos que tenían acceso a discos ingleses o norteamericanos, ya fuera por algún viaje personal o porque algún amigo volvía de Europa o Estados Unidos con información fresca— se hicieron eco del cambio de paradigma que estaba ocurriendo del otro lado del Atlántico. De ahí que los primeros grupos punk argentinos recién se formaran a fines de 1980, entre tres y cuatro años después del primer y único álbum de estudio de Sex Pistols. Gamexane, figura central de la escena punk-rock porteña, señala que el acercamiento a la música que cambiaría su vida fue azaroso:

Mi primer contacto con el punk fue casual. En enero de 1979 escuché ‘God Save the Queen’, de los Sex Pistols, en la fonola de un local de flippers en Mar de Ajó.

Los artistas más populares del rock argentino de aquel período, que rondaban los treinta años y que aún tenían como norte conceptual la sofisticación, no prestaron atención a bandas adolescentes que daban sus primeros pasos y que postulaban un giro de 180 grados en la forma de pensar el rock, desde una concepción más primitiva y amateur, por lo que el punk quedó encapsulado como un fenómeno subterráneo y juvenil.

Los discos de Duran Duran y The Police, quizás las bandas más exitosas de la new wave —la descendencia, por apelar a la terminología de la época, “comercial” del punk—, no llegaron con tanto retraso. Ghost in the Machine (1981), de The Police, y Rio (1982), de Duran Duran, dos álbumes que delinearon el sonido de muchos grupos argentinos del período, fueron lanzados en el país casi al mismo tiempo que en su lugar de origen. El romance argentino con The Cure no tuvo el mismo grado de sincronía: el primer disco de la banda liderada por Robert Smith que tuvo su edición nacional fue The Head on the Door (1985), séptimo en su discografía, en 1986.

Después de olfatear el nuevo aroma, Charly García completó la metamorfosis que había iniciado en Yendo de la cama al living (1982) con un viaje a Nueva York para grabar Clics modernos (1983), donde se dejó fascinar por la new wave, el giro bailable que David Bowie acababa de dar a su carrera con el álbum Let’s Dance (1983), el pulso mecánico de las máquinas de ritmo y la aparición de los primeros samplers, una receta que disgustó a muchos de sus seguidores.

La manera en la que Luis Alberto Spinetta incorporó las nuevas tendencias a su paleta creativa no fue tan vertiginosa: el proceso comenzó en la última etapa de su grupo Spinetta Jade con los álbumes Bajo Belgrano (1983) y Madre en años luz (1984) —en este último, una máquina de ritmos reemplazó al baterista Pomo Lorenzo—, y desembocó en su trabajo solista Privé, grabado a fines de 1985 y publicado en 1986.

Sin hacer escala en el punk, los dos artistas más importantes del rock argentino pasaron de la erudición del progresivo y el jazz-rock a un esquema cancionístico más pop, bailable y maquinal. Es comprensible que ignoraran el punk porque, además de la brecha generacional, la ruptura encabezada por Sex Pistols era demasiado profunda; y si bien García exhibió una capacidad de adaptación más acelerada cuando deslizó una mención a The Clash en ‘No bombardeen Buenos Aires’, lo hizo cuando el grupo londinense estaba a punto de separarse.

El origen de Soda Stereo se inscribe en la renovación estética que llegó con el cambio de década, en los últimos estertores de la dictadura. Siguiendo la huella de Virus, el trío configuró su vehículo expresivo de pulsión festiva en canciones bailables que, apelando a la ironía, rompían con la solemnidad que había caracterizado al rock argentino de mediados y finales de los años 70.

Quizás en la actualidad no represente más que una anécdota, pero en 1984 el hecho de que la presentación en sociedad del primer álbum de una banda de rock se realizara en un local de comida rápida no hizo más que acentuar la imagen de grupo frívolo con la que un sector de la prensa definió a Soda Stereo.

El gesto del trío confirma lo escrito por Pablo Schanton en “La generación que quiso bailar rock”: “Los Soda desatan el nudo que Serú había resumido en la lógica cínica”. Según explica el crítico:

Soda se sale de la “lógica cínica” que habita las paradojas de La grasa de las capitales (1979), o versos como “Mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar” (de ‘Mientras miro las nuevas olas’, del álbum Bicicleta, de 1980), y todo el rollo de ‘Dos cero uno (Transas)’ en Clics modernos (1983). Los Soda dicen: “Queremos ser del jet set, queremos ser exitosos, queremos hacer bailar, sí, sí y sí”. Es una generación que ya no tiene los prejuicios de la anterior, la culpa y los dog dogmas anticomerciales. Virus inició el corte, pero Soda lo elevó a toda la potencia de su voluntad de poder, de poder ser el grupo no más grande de Argentina, sino de toda Latinoamérica, cosa que logró.

Para el crítico y ensayista Norberto Cambiasso, la influencia de cierta imagen deformada de la contracultura persistió en músicos, prensa y público hasta mediados de los años ochenta:

Por eso a grupos como Virus, Los Encargados, Miguel Cantilo y Punch, incluso los nuevos Abuelos de la Nada al comienzo, no solo se los veía y escuchaba con desconfianza sino que en muchas ocasio¬nes se llegaba a la agresión, con silbidos, naranjazos y demás. Pero el primer disco de Soda Stereo tenía un toque de frivolidad que no era meramente irónico.

[…]
El rol predominante que el Ejército y la Iglesia tuvieron sobre la vida política, educativa y cultural del país a lo largo del siglo XX infundió en gran parte de la juventud la idea de que todo aquello que representara un desvío de la normativa eclesiástica y castrense encarnaba un peligro. Antes de comenzar a trabajar con Soda Stereo, Adrián Taverna era el operador de sonido en vivo de Virus: “Era impresionante verlo a Federico [Moura] enfrentar desde el escenario a los tipos que le gritaban ‘puto’. Los miraba fijo y les decía ‘¿Qué te pasa a vos? Sí, a vos te hablo’. Los tipos bajaban la vista y se quedaban en el molde”, recuerda.

No hay otra banda argentina que haya experimentado de manera tan directa las tensiones del período como Virus. Analizado en perspectiva, el hecho de que se haya tildado de superficial al grupo que lideraba Federico Moura parece un mal chiste del destino, sobre todo porque muchas de las canciones de sus primeros trabajos —‘Juegos postergados’, ‘Hay que salir del agujero interior’, ‘Sentirse bien’, entre otras— conformaban un manual de instrucciones para dejar atrás el miedo y la represión.

‘Ellos nos han separado’, firmada por Federico Moura y Roberto Jacoby, del álbum Agujero interior (1983), trata sobre la desaparición forzada de Jorge, el mayor de los hermanos Moura. Sin embargo, la canción es bailable y transmite un mensaje de esperanza. Agujero interior llegó a las disquerías casi un año después de Actuar para vivir (1982), segundo trabajo de Juan Carlos Baglietto, que incluye ‘Tiempos difíciles’, de Fito Páez. La canción aborda la misma temática que ‘Ellos nos han separado’, pero las diferencias musicales y líricas que existen entre ambas ofrecen la impresión de que fueron grabadas en décadas diferentes.

Quizás uno de los datos más significativos de los cambios que se estaban produciendo en la manera de procesar el legado funesto de la dictadura pueda leerse en que uno de los hits del verano 83-84 haya sido la canción ‘Pensé que se trataba de cieguitos’, incluida en el primer álbum de Los Twist (La dicha en movimiento, 1983), que relata en clave humorística un secuestro a manos de un grupo de tareas de la dictadura.

A diferencia de Virus, que sufrió todo tipo de agresiones en festivales en los que compartía cartel con artistas como Litto Nebbia o Nito Mestre, Soda Stereo capitalizó el recambio generacional que conformó una nueva audiencia, y ese factor fue decisivo en el veloz ascenso del trío desde los pubs porteños a los estadios lati¬noamericanos en tan solo cuatro años.

Opina el periodista Alfredo Rosso:

Es posible que la música de Soda Stereo haya tenido alguna resistencia al principio, pero para cuando la banda se fue afirmando, ya la estética y los gustos de esa nueva generación de público se habían afirmado, y al resto no le quedó más remedio que aceptar que se había operado un cambio. Por otra parte, en su primer álbum, Soda Stereo refleja claramente el cambio de paradigmas que se estaba dando en la sociedad argentina —y en los jóvenes en especial— a principios de los 80, en los albores del retorno democrático y poco después también. Ya no se hablaba de utopías colectivas de cambio: había corrido demasiada sangre en los años previos. La nueva generación estaba concentrada en la primera persona del singular. Y eso es un fenómeno que se repite en casi todo Occidente, por algo se la llamó The Me Generation.

 

 

Foto: Maximiliano Conforti

Diego Giordano (Rosario, 1974) integró los grupos de rock Tierra de Nadie, Mortadela Rancia, Coki & The Killer Burritos y Lanzallamas. Entre 1999 y 2008 tuvo a su cargo el área musical del diario El Ciudadano de Rosario. Condujo programas radiales y fundó y editó la revista RIEL (Revista de Investigaciones y Estudios Literarios). Colaboró en los medios gráficos Erre de Rock!, Transatlántico, Cruz del Sur, Atypica, 32 Pies, Zona de Obras (España) y La Capital. Es el autor del libro Inédito (Yo soy Gilda, 2013), una investigación sobre el rock subterráneo en Rosario en los años 80. Desde 2006, coordina las ediciones discográficas de la Editorial Municipal de Rosario. Mantiene el blog laconspiraciondelruido.wordpress.com.

 

 

 

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