Una crónica de Jimena Néspolo

¿Quién mató a Cafrune?

LITERATURA
28 de septiembre de 2019

Libro: ¿Quién mató a Cafrune? Crónica de la muerte de la canción militante de Jimena Néspolo. Texto: Lee el comentario de Marcelo Bonini. Audio: Escuchá la columna en la radio de Bernardo Orge, Marcelo Bonini y Bernardo Maison. 

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¿Se puede escribir acerca de un mito? ¿Se puede hacer una pregunta más cómoda? ¿Es Jorge Cafrune un mito de la cultura popular argentina? Ambas respuestas a las dos primeras preguntas son afirmativas. La tercera está por verse. Tal vez la vida y obra del cantor folclórico haya sido más bien una voz que amparó a algunos mitos e insistencias argentinas.

A los 18 saca su primer disco y, a los 39, año de su muerte, publica el último. 34 discos en 21 años. No importan tanto los números sino la vertiginosa y prolífica generación de música y giras, es decir, su vitalismo. Cafrune fue, al mismo tiempo, popular,  masivo e internacional. Antes de su muerte, vivía en España y desde allí organizaba sus giras europeas.

Desde el título, Jimena Néspolo postula, por un lado, con un eco al libro de Walsh sobre el asesinato al dirigente de la UOM Rosendo García, un vínculo con el policial, el clásico whodunit que sostiene la intriga del lector mediante ocultarle hasta el final quién es el autor del crimen. Por el otro, con la inclusión del subtítulo de “crónica”, Néspolo, una vez planteada la intriga, deja ver que lo suyo está escrito a partir de la caja de herramientas de uno de los géneros estrella de nuestra actualidad. Una intriga, una hipótesis y las armas de la escritura de un periodismo con visos artísticos son, entonces, los procedimientos que sostienen a  ¿Quién mató Cafrune? Crónica de la muerte de la canción militante. Habría que destacar, por último, la palabra “militante”. No se trata, por lo tanto, de cualquier crimen sino de uno político: si aceptamos la tesis de que todos los presos lo son, en el caso de un asesinato es necesaria una elucidación para llegar a la misma conclusión.

Teresa Celia Meschiati, presa política y sobreviviente del centro clandestino de detención La Perla, declara en el libro de Néspolo que oye cantar a Cafrune desde las inmediaciones de la Plaza Próspero Molina. Pero, además, escucha a un capitán del ejército (Villanueva) decir “está cantando Cafrune y está cantando cosas prohibidas. A este hay que matarlo, no podemos dejar que esto se expanda”. Era el verano de 1978. A partir de este testimonio, Néspolo arriesga la hipótesis de que la muerte del cantor fue un asesinato político y no, como sostuvo su familia, un accidente de auto, provocado por un joven borracho que atropelló a Cafrune en su gira a caballo desde la provincia de Buenos Aires hasta Yapeyú, Corrientes. Una sombra de duda se cierne sobre Héctor Díaz, el chico de 19 años que manejaba la camioneta que arrolló al cantor el 1 de febrero de 1979: su padre es muy cercano al Ministerio de Desarrollo Social de Lopez Rega. Antes del 1 de febrero, padre e hijo frecuentan el Ministerio más de lo habitual. Néspolo cita a Lopez Rega: “Hay que tener cuidado con Cafrune. Él con una guitarra es más peligroso que un ejército con armas”. Siempre es necesario decirlo: el folklore molestó más que el rock a la dictadura cívico-militar.

El libro de Néspolo es breve en páginas pero amplío en ambiciones y propuestas, a pesar de que no las desarrolla demasiado: crónica, policial, autobiografía (la escritora relata algunos episodios familiares, los cuales, por momentos, no se vinculan demasiado con el asunto de su investigación), crítica cultural, interpretación histórica y política, si no del género folclórico, al menos de la obra de quien en 1973 publicó el disco La vuelta del montonero. Además, la autora reproduce todas las tapas de los discos con sus respectivas listas de temas y cierra con el testimonio (palabra del universo Walsh) de Meschieti, el cual abona la hipótesis de Néspolo. También se incluyen los cambios de letras que Cafrune realiza a las canciones que interpreta en un concierto que da en Naciones Unidas (1976). En gran parte, la obra del cantor, quien no compuso letra y música propias, consiste en la apropiación y reelaboración de versos y melodías ajenas, lo cual le trajo no pocos problemas, por ejemplo, con Atahualpa Yupanqui. Cafrune corta, pega y hace performance, por mencionar un caso, sobre “El payador perseguido”. Cafrune no solo altera palabras sino que elimina estrofas enteras para dejar las más sustancialmente narrativas y las que se pueden decir en primera persona: cuestiones estéticas, es decir, políticas.

¿Es el de Néspolo un Cafrune un tanto heroico o una imagen de tinte mítico, lo cual justamente provocaría el riesgo de convertirlo en una figura de bronce o museo? Tal vez, aunque, a pesar de ello, se da cuenta de un matiz breve pero relevante. El cantor nacional y popular que reivindicaba al hombre de a caballo, asumía el repertorio de raíz folclórica y mantenía un vínculo casi místico con su público (el pueblo) anda en una Harley Davison en su primer viaje de Salta hacia Buenos Aires: si fue Héctor Díaz o López Rega quienes mataron a Cafrune, de todos modos quien murió no fue una idea sino un hombre.

 

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