Libro de Pablo Dacal

Publicamos un capítulo de "Por qué escuchamos a Ignacio Corsini"

LITERATURA
11 de junio de 2022

El músico Pablo Dacal publicó un ensayo sobre la vida y obra de Ignacio Corsini (1891-1967), aquel actor y cantor nacional que en épocas donde también brillaban Gardel y Magaldi empezó a construir su propio prestigio en las compañías teatrales de Podestá y Arraigada y en los circos de Colombo y Cassell. Eso le posibilitó grabar sus primeros discos en el sello Victor en 1912. Nacido en Sicilia (Italia) y temperado su espíritu joven en la región pampeana, Corsini interpretó valses, canciones criollas y estilos para alcanzar luego el éxito como cantor de tangos en la década del 20 mientras continuaba actuando en varias películas: Santos Vega (1917), ¡Federación o Muerte! (1917), Milonguita (1922), y Rapsodia Gaucha (1932).

“Este libro es un ensayo en el que se plantean una serie de observaciones e ideas sobre el oficio de trovador. Me gustaría que fuera leído, entonces, como una propuesta: la de redescubrir el repertorio y la voz de “El Caballero Cantor” para volver a pensar sobre las posibilidades de la canción criolla en el siglo XXI” dice Dacal sobre “Por qué escuchamos a Ignacio Corsini” (Gourmet musical, 2021).

La relación de Dacal con la figura de Corsini se amplía además a su disco “Cancionero Federal” (2021) que contiene el repertorio que popularizó Corsini un siglo atrás —“La pulpera de Santa Lucía”, “La mazorquera de Montserrat”, “La Guitarrera de Montserrat” o La Bordadora de San Telmo” entre otras— y a una película dirigida junto a Agustín Mendilaharzu y Mariano Llinás (El Pampero Cine) llamada "Corsini interpreta a Blomberg y Maciel" que nace del registro fílmico de la grabación del disco de Dacal y se vale de otros elementos de ficción. En la historia tres personas se juntan el 9 de julio de 2021, Día de la Patria, para analizar y grabar algunas de las canciones que Corsini había registrado en 1929 con música del compositor Enrique Maciel y letras del poeta Héctor Blomberg. Ese cancionero federal que Dacal repone ahora narra historias de amor, deseo y desencuentro y está ambientado en épocas de Juan Manuel de Rosas.

 

 

1. Popular tradición de esta tierra

 

Por las tierras conocidas como Flora y Fertilidad, en el partido de Carlos Tejedor, pasaba el Ferrocarril del Oeste. En una mañana de verano, Ignacio Corsini espera la llegada del tren mientras oye cantar a los jilgueros. Camina por el andén, fuma el primer cigarrillo del día y piensa en Buenos Aires. Va de regreso. Lleva poco equipaje: una valija pequeña, un abrigo en la mano y el sombrero puesto. Terminó la semana y la despedida de la noche duró hasta bien tarde, con la guitarra sonando junto al fogón y el vino pasando de mano en mano. Le duele un poco la cabeza. ¿Volverá a andar por aquí? Guarda ilusiones por la vida en la ciudad y extraña las comidas de su madre, que ya debió cerrar la fonda. Va con algunos ahorros, con los que puede llegar y acomodarse, pero deberá encontrar un trabajo apenas le sea posible. Habla bien el castellano y aprendió a rascar la guitarra. Canta bien, dicen los compañeros, y está aprendiendo las artes del payador, aunque le falta bastante. Puede arriar el ganado; conoce los secretos de la siembra y la cosecha. Sabe leer, escribir, sumar y restar. La ciudad está creciendo, hay mucha construcción y se anima a tratar con el yeso o el hormigón para trabajar de albañil, por ejemplo. Es capaz de rebuscárselas en lo que sea. ¿Quién es más dueño de la pampa que un resero? Entre los gauchos aprendió a conjurar el miedo y no le teme a nada. Se siente dueño de su destino.

Llega el tren a la estación. El guarda le pica el boleto, sube al vagón y se sienta junto a una ventanilla. Cuando suena el silbato y el tren se pone en marcha comienza a despedirse de los trigales, las lagunas y las noches silenciosas, con su manto de estrellas en el cielo. Siente una profunda nostalgia por esos campos que está dejando atrás. Piensa en las palomitas que nunca olvidará; una chinita morocha, de ojos negros, que se fue con un casero; una indiecita que nunca más encontró en los montes. Habrán tenido sus razones para alejarse. Hoy quien se aleja es él, que ya lo venía meditando desde hacía tiempo. ¿Ellas lo sabrían? Lo lleva todo en su corazón, como un tesoro. El canto de los pájaros; las guitarreadas con el “Negro” Domingo; los paseos con su alazán, al tranquito.

Cruzan algunos puentes, sobre las piedras y los riachos que ha dejado la sequía. La pampa es húmeda pero no corre el agua. Timote, Las Toscas, Bragado. Pasan las estaciones y piensa en el mar, un recuerdo casi tan lejano como la niñez. ¿Fue niño alguna vez?

El tren llega a Chivilcoy y se detiene un buen rato. Es casi mediodía, hace bastante calor y baja a comer unas empanadas, para sentir el aire fresco y estirar las piernas. Corre linda brisa. Para fin de año falta muy poco y en la valija lleva un regalo de Navidad: un mate de alpaca, precioso, con una bombilla de plata. Se lo tuvieron listo hace dos días, justo para la partida. Se acostumbró a los amargos y a su madre podrían gustarle, piensa. Quién sabe. Se tomaría unos ahora mismo, pero ya están por arrancar.

Se acercan las celebraciones por el Centenario, en Buenos Aires. Un buen momento para conocer la ciudad. Comentan que habrá festejos, fuegos artificiales y visitas de todo el mundo. Quizá pueda cantar en algún escenario; habrá todo tipo de espectáculos en galpones, tablados y almacenes. Si aún estuviese la fonda podría cantar allí. Le gustaría actuar, bailar el pericón y contar las cosas del campo. La vida en la pampa, tan distinta a la ciudad. Él aprendió a cantar allí, con el Negro Domingo, mirando el paisaje y oyendo los pájaros. Tanto imitarlos que al final aprendió, casi sin darse cuenta. Después fue notando que no todos lo hacen bien. A algunos les cuesta; les sale feo o se les rompe la voz. Él, sencillamente, abre la boca y canta. Y al oírlo todos se quedan mudos.

 

***

 

Vamos desde el comienzo. Aunque el comienzo sea, en este caso, algo confuso y misterioso. Corsini nació en Troina, Sicilia, a comienzos de febrero de 1891. Pueden haberlo encontrado dentro de un canasto, sobre las escalinatas de una iglesia; o en el hospicio donde algunas madres sol- teras, embarazadas por viajeros, entregaban a sus hijos a través de la ruota, un mecanismo por el que podían dejarlos en forma anónima. También pueden haberlo llevado a un orfanato, donde entregaban a los bebés en adopción y quedaban al cuidado de las nodrizas. Era un niño hermoso, rubio y de ojos claros; distinguido como la alta Italia, comentaban al mirarlo. Lo anotaron el día 13 como Ignazio Andrea Corsini y su ama de leche fue Soccorse Salomone, quien lo alimentó y adoptó definitivamente. Le abrió las puertas de su hogar y junto a su marido, el signore Bollini, lo crio a la par de sus tres hijas: Rosa, Andrea y Angelita. Un regalo del cielo, decían las comadres. La familia, que aún esperaba por su hijo varón, lo recibió como una bendición.

Vivieron en la Via dei Miracoli 12. En Catania, la provincia que limita con Troina hacia el este; de cara al mar Jónico, destruida siete veces por los terremotos y las erupciones del volcán que domina la isla, el monte Etna. Los restos de las ciudades griegas, romanas y árabes, que existieron allí desde tiempos muy antiguos, quedaron cubiertos de lava. Hoy es una región con grandes playas, carnavales populares y un elefante en el centro de la plaza principal. La única comuna en la que existe una Calle de los Milagros es la de Acireale; la llaman la ciudad de las cien campanas y esa cantidad es la que suena cada atardecer, llamando a misa. En las calles bailaban la siciliana, una danza popular en compás ternario, de carácter melancólico y ambiente pastoral. Y en el teatro, recién inaugurado, sonaban las óperas de Vincenzo Bellini. Los ojos de Ignazio, al oír ese concierto cotidiano, se abrirían bien grandes dentro de la cuna.

Con el comienzo del nuevo siglo decidieron ampliar sus horizontes. En Sicilia tenían poco trabajo y muchos hablaban de la Argentina, en donde había grandes extensiones de campo deshabitado y estaba la misteriosa Buenos Aires, al sur de América. Y hacia allí se embarcaron Soccorse con su pequeño varón. Viajarían primero solos, para ubicarse y recibir al resto de la familia. Subieron al buque Antonina en el puerto de Catania y tras casi un mes en altamar, pasando primero por Nápoles y Génova, arribaron a Buenos Aires el lunes 13 de mayo de 1901. Habrán pasado unos días en el Rotondo, como llamaban al viejo Hotel de Inmigrantes junto al río, probando el mate cocido y el puchero criollo; allí eran recibidos los viajeros hasta obtener trabajo y alojamiento, mientras aprendían el idioma y se familiarizaban con el país: Argentina, el granero del mundo. Les hicieron los documentos y anotaron sus nombres en español: Ignacio y Socorro. Él correría por el patio circular jugando con otros recién llegados; todos parecían italianos.

Consiguieron ubicarse en Almagro Sur; cerca de Boedo y Belgrano, donde Socorro abrió su fonda. Ignacio asistía a la escuela y en el tiempo libre ayudaba a su madre lavando platos, mientras ella cocinaba para los obreros del barrio. Pero esto duró poco tiempo. Tenían que juntar dinero para asentarse y recibir al resto de la familia. Y el muchachito debía sacrificarse. ¿O todo había sido planeado desde un comienzo? En 1903 el Ferro- carril del Oeste inauguró un nuevo tramo, hacia el noroeste de la provincia, para poblar la zona y abrir nuevas fuentes de trabajo. Y se ofrecían puestos de peón en la estancia Diez de Noviembre; a cuatrocientos kilómetros de Buenos Aires, camino a Villegas, en las tierras donde poco después fundarían el partido de Carlos Tejedor. El sueldo no era muy alto pero había cama y comida; no tendrían gastos que cubrir y podían comenzar a ahorrar. Entonces, una vez más, las raíces de Ignacio quedaron en el aire. Y recién llegado al país, siendo aún un niño, fue a trabajar de boyero en la pampa húmeda, ganada a los indios algunas décadas atrás.

Así comienzan las grandes historias y la de Corsini es una de ellas. Un amor furtivo que termina de la peor forma, con un embarazo sorpresivo y una criatura abandonada en el pueblo vecino; que pudo haber sido comida por los lobos o muerta de frío, en pleno invierno. ¿Quién las escribe? La tragedia de algunos es la fortuna de otros. Socorro y su marido precisaban de un hijo varón para cambiar su destino y solo recibían niñas. Una, dos y tres veces. Un niño, rubio y de ojos celestes, abría nuevas posibilidades: podía cuidar de su madre, trabajar y ser respetado por todos. Un verdadero milagro gracias al cual todos podrían crecer. Decidieron viajar a Buenos Aires, y en el campo, montado en su silencio, Ignacio encontró su propia estrella. Llegó a la ciudad dos veces: la primera desde Sicilia; la segunda desde la pampa.

 

***

 

Socorro quiere acompañarlo hasta la estancia pero él no la deja. “Voy a estar bien”, dice. Parece un muchacho grande, aunque solo tiene doce años. Se despiden en el andén y sube al vagón del mismo tren que lo traerá de regreso cinco años más tarde. Lleva poco equipaje: una valija pequeña con algo de ropa, un abrigo fuerte y un diccionario de castellano. Ya comprende el idioma y puede hablarlo bien, aunque algunas palabras se le escapan. Cuando lo oyen los demás, sin embargo, algunos no lo entienden y muchos se ríen. Entonces habla poco, lo indispensable.

Viaja lleno de curiosidad hacia esas pampas inhóspitas. ¿Quedarán indios aún allí? Escuchó algo sobre los gauchos pero todo le resulta misterioso. Le hablaron de Santos Vega, el payador al que solo el diablo pudo vencer; dicen que desde entonces vaga por esos campos con su guitarra al hombro. Le encantaría encontrarlo, a pesar del miedo. Un payador es un cantor que usa las rimas como flechas. Una vez vio uno, mientras paseaba con Socorro por San Telmo. Quedó maravillado. Era negro y muy elegante; Ezeiza, lo llamaban Gabino.
Cuando el tren llega a Mercedes ya está dormido; la línea continua del horizonte lo hipnotiza. Él se crio junto al mar, a los pies de un volcán, atravesó los océanos y el Río de la Plata, pero no recuerda bien de dónde viene ni sabe dónde nació. Mira el horizonte y siente una especie de vértigo. Aquí todo es llano. No hay sierras, ni montañas, ni grandes ríos; solo unas pocas lagunas y arroyos que van dejando atrás. Están entrando en la pampa: leguas y leguas de campos verdes con sembradíos; pequeños grupos de árboles, como islas; algunas casas pequeñas y muy humildes, que aquí llaman ranchos. Caballos, ovejas y muchas cabezas de ganado; cientos de vacas, bueyes y algunos toros. Tendrá que aprender a tratar con esos bichos; justamente él, que solo una vez y hace tiempo montó un petiso.

Al fin de la tarde arriba a su destino. Baja del tren, pregunta por la estancia, le indican el camino y al llegar se presenta:
–Buenas tardes, soy Ignacio Corsini y vengo a trabajar de peón.

La hacienda es más grande de lo que imaginaba y hay mucha gente. Muchísima. Más de doscientas personas, según le cuenta el capataz. Le muestran su cama en una habitación con otros diez muchachos; le dan una frazada y una toalla. Deja su valija junto al catre y se da un baño, antes de que caiga la noche. No habla con nadie. No pregunta nada. Se acerca a la cocina, un gran salón con mesas largas y ollas humeando vapor. Hay guiso, agua fresca y algo de pan. Saluda con respeto y se sienta a cenar. Escucha atentamente a su alrededor, mientras come, y nota que hablan distinto a la gente de Buenos Aires. Hay hombres con piel del color de la tierra, el pelo negro como el azabache y manos muy curtidas; también algunos inmigrantes, pero no puede distinguir de qué país han venido y son los menos. Se retira pronto a descansar, para evitar conversar y prepararse para la jor- nada que se avecina. Su primer día de trabajo. Van a levantarlo temprano; a las cinco golpean la puerta para desayunar y a las seis comienzan las primeras tareas.

–Buen provecho –dice al levantarse de la mesa, procurando disimular su acento.
Al caminar, rumbo a la puerta, oye una voz que le responde: –Buenas noches, tano.

No es tanto lo que ha cambiado la pampa desde entonces. El mismo paisaje y la misma actividad agropecuaria, aunque sean otras las cosechas y hayan llegado las máquinas. Las poblaciones son las que cambian. Y las aves, que al migrar componen distintos paisajes sonoros.

A comienzos de siglo, cuando las cotorras no habían invadido el sur del continente ni los motores de los arados hacían vibrar los suelos, sonaba en el campo una trama constante y muy colorida de aves cantoras. El llamado del chajá y los gritos del chimango contrastaban con la suavidad de los mistos o el silbido de los cardenales. Y Corsini, que hablaba poco, oía con atención. Intimidado por las cargadas a su acento, su edad y su origen, se refugiaba en los largos silencios que le permitía su labor: conducir a los bueyes a través del campo y entrenarlos para trabajar en equipo. Cargaban juntos el peso de la cosecha, tirando de su yugo el día entero. Los guiaba escuchando a su alrededor el concierto de pájaros, a los que comenzó a imitar naturalmente y sin esfuerzo.

Primero fueron unos silbidos aislados. Veía pasar a una calandria entre los pastizales, imitando al taguató, y la seguía. Los dos copiaban a esa águila pequeña que cantaba en las alturas. Después probó con la melodía insistente del benteveo; los pájaros comenzaron a responderle y él a perfeccionar su canto. Pero el silbido le resultó limitado y, poco a poco, empezó a utilizar la voz. Sin inflar el pecho; sin forzar la garganta; sin buscar la resonancia en la nariz ni elevar el volumen. Solo cambiaba la posición de los labios, muy sutilmente, para buscar la respuesta de los chingolos. El aire de la provincia lo renovaba. Desde el amanecer, sin testigos, mientras el sol derretía la escarcha que humedecía sus alpargatas.

Comenzó a improvisar, lentamente, con los zorzales. Su preferido pudo haber sido el zorzal chalchalero; pausado y sencillo, su falta de estridencia y su continua variación lo volvían indescifrable. Muy diferente al zorzal colorado, que suena potente y algo reiterativo en las mañanas porteñas. El chalchalero es de menor potencia y algo áspero, pero con una gran cantidad de sonidos y melodías. Aprendió a cantar con ellos en el gran escenario de la naturaleza. Con simpleza. Así lo declaraba, varios años más tarde, cada vez que alguien le preguntaba sobre la espontaneidad en su canto: “Aprendí a cantar como ellos, naturalmente y sin esfuerzo”.

La música y los pájaros. Edith Piaf será el “Gorrión de París” con su gorjeo estridente. Carlos Gardel, el “Zorzal criollo”. Igor Stravinsky compondrá una ópera llamada El ruiseñor, pocos años después; y Charlie “Bird” Parker, en Nueva York, va a improvisar con su saxo alto como un ave. Evocación ornitológica en la música: algo había por descubrir en el fraseo de los primeros melodistas sobre el planeta. Bien lo sabía Olivier Messiaen, que llegó a transcribir el canto de algunas especies y pintar su atmósfera con la coloración de los acordes, indicando su nombre en las partituras.

Los pájaros, que elaboran sus variaciones sobre un patrón rítmico para marcar el territorio y convocar a sus parejas porque quieren procrear, y a veces cantan, simplemente, porque les gusta. Es una función tan vital como alimentarse, dormir y despertar, el cantar. Los pájaros, como el paisaje, siempre van a estar presentes en los recuerdos de Corsini. Los nombra, los describe y los imita en toda su obra. Ya en sus primeras grabaciones hace alusión a la dulce melodía de los jilgueros, el grito del tero-tero y el coro de los zorzales. Los evoca junto a los arroyos, las flores y los árboles, buscando describir el sonido de un paisaje que atesoró para siempre: los algarrobos, ombúes y chañares; las lomas y las praderas; los ranchos, los bueyes y las tranqueras. Siente la necesidad de reunir lo que ha visto, en sus canciones, como si de esta forma estuviese todo junto a él. Y lo reúne cantando. Improvisando melodías sobre rimas, métricas y ritmos estables: cuartetas de octosílabos que derrama sobre valses y estilos para encontrar su propia voz.

Corriendo entre los cardos, cuando llegaba la primavera, floreció en su juventud temprana una melancolía intensa, honda, que se fue acentuando con los años. La melancolía es un estado que va más allá de la tristeza o de la nostalgia; es una sensación permanente que no encuentra consuelo en la felicidad, siempre momentánea. Una consciencia, quizá, de la fragilidad de todas las cosas. Corsini añoraba la misma belleza que lo rodeaba como si ya estuviese perdida. Entonces, para ahuyentar la pena, se dispuso a celebrarla. Sonaban demasiado lejanas las campanas de Catania y el aroma de su hogar en Almagro. Sentía su abandono. Con las raíces en el aire, sin familia ni un dios que lo acompañara, descubrió en la fuerza de la naturaleza y en el paisaje pampeano su propia metafísica.

En la pampa Corsini aprende a cantar y arma su propio plan: preservar el legado campero frente al avance de la ciudad ausente y el hombre solitario. En la pampa el hombre nunca está solo porque el paisaje lo acompaña; en la ciudad, el hombre vive hacinado porque hay una soledad que no deja de atormentarlo: la soledad del hombre anónimo, que desconoce el mundo que lo rodea y va perdiendo su identidad. Su carácter se diluye, sus funciones se ven disminuidas y el tiempo, que no permite la contemplación, tampoco es un terreno fértil para las ideas. Hay que aislarse, ir a contrapelo de lo establecido o vivir refugiado, en la fantasía o el espectáculo, para comenzar a imaginar. Un mundo cargado de ideas y problemas en el que no suceden cosas reales. El universo virtual. En el campo, por el contrario, todo cumple una función; las cosas tienen su razón de ser y no hay simulación. Las cosas son lo que son: las espuelas, el sombrero, un ombú. Objetos esenciales para una vida en acción; aliados junto a los que se reposa, se medita y se avanza en alguna dirección. La pampa no es de los estancieros ni hacendados. “¿Quién es más dueño de la pampa que un resero?”, decía Ricardo Güiraldes. Corsini, extranjero y huérfano, abrazó la pampa para siempre.

Como observa Borges en El escritor argentino y la tradición, la extranjería dentro de una cultura puede ser una ventaja al momento de actuar en ella. Corsini, en forma determinada, sacó provecho de su condición de inmigrante para forjarse un linaje: el del payador criollo. La tradición no determina al que es distinto y esto le permite manejarse con cierta irreverencia. La primera vez que enfrenta una bocina de grabación registra un vals en el que enumera una serie de recuerdos camperos que parecen camino a la extinción: las espuelas ya no se oyen; los tristes de Santos Vega ya no se escuchan; el chiripá ya no se usa; el gaucho no ensilla más su caballo y no se ve la guitarra colgada; no nacen más flores en el rancho y el mate “poco se ve”. El silencio es general. Y la pampa, un espacio mitológico. Sin embargo el olvido, todavía, no ha caído por completo: en su pecho, al igual que en un templo, sobrevive una flor. Él, con solo diez años en América y la mitad de ellos en el campo, se propuso como albacea de las tradiciones pampeanas. “El criollismo del íntegramente criollo es una fatalidad, el del mestizado una decisión, una conducta preferida y resuelta”, escribe Borges en su Evaristo Carriego, ese otro gran ensayo sobre la tradición, aludiendo a la sangre italiana del poeta.

Corsini se propuso cuidar del legado criollo, a muy poco de conocerlo, durante toda su vida. Este mismo tema lo registró cuatro veces: fue su primer acople, en 1912, para el sello Victor; lo volvió a registrar para iniciar su primer contrato importante, pocos años después, con el sello Nacional Odeon; lo grabó una vez más, en la década del treinta, ya con sistema eléctrico y el trío de guitarras; y, finalmente, es su último registro en un estudio de grabación, dos días antes de que comenzara el invierno de 1946. Esos versos, cantados con un orden nuevo y diferente cada vez, con palabras cambiadas, estrofas suprimidas y agregadas, evidencian un trabajo realizado, durante varias décadas, alrededor de una misma idea y de un mismo sentimiento que las atraviesa. Una canción que a pesar de cambiar en todo sigue siendo la misma. Una expresión payadora, que a pesar de depurarse en cada registro, marca el inicio y el fin de una obra a través de la época. Escrita con su amigo Julián de Charras, intentó guardar en sus versos todo lo que el progreso parecía querer dejar en el olvido y la llamó con un título alarmante: Decadencia criolla.

¿Qué es una canción? ¿Una serie de versos cantados con una melodía determinada? ¿Una idea-fuerza que busca en cada representación su forma de avanzar? ¿Un poema que encuentra su melodía en cada intérprete? ¿Una melodía que en cada idioma y en cada región reúne palabras nuevas? ¿Un recuerdo de algo que nunca existió y estamos inventando ahora?

En la obra de Corsini nada es lo que parece. Cuando esperábamos un cantor de tangos encontramos un cantor criollo. Cuando lo creemos pampeano, su ascendencia siciliana se hace presente en su voz; en esa manera, tan particular, de empujar y retrasar las figuras de una melodía ternaria, usualmente monótona, abriendo un espacio nuevo de invención y variación constante. Y al percibir sus añoranzas, que no descubrimos vinculadas con la niñez sino con una melancolía verdaderamente antigua. Milenaria. Cantó al espíritu de la tierra; ese que encontró en los animales, las plantas, las piedras y los hombres de la pampa. A los paisajes, las emociones y el misterio del ser en la tierra.

En su adolescencia entrevió los sentimientos morales del gaucho en su faena cotidiana. El honor, la lealtad, el valor; también el pudor y, por qué no, la aventura. Estos principios, arraigados a la vida rural, fueron la educación emocional de su crecimiento. Junto a los trabajadores del campo incorporó hábitos, nuevas costumbres y posibilidades de vida. Pero no solo habría gauchos criollos, en la provincia de Buenos Aires, a comienzos del siglo XX. Por esas tierras, donde Corsini corría entre plantaciones de trigo y de maíz, imitando el gorjeo de los pájaros, cruzaban solo treinta años atrás los malones indígenas. Los malones, esa turba enfurecida de guerreros a caballo, pasaban rumbo a la laguna de Trenque Lauquen, que funcionaba como punto de reunión para los diferentes pueblos. A unos cien kilómetros de allí. Carlos Tejedor, General Villegas y Pehuajó eran sitios de tránsito de ranqueles y mapuches; tribus nómades y cazadoras que habitaban estos territorios y fueron vencidas por la campaña del General Roca.

Aún quedaban, sin embargo, sobrevivientes del genocidio. Descendientes directos del longko Vicente Katriao Pincen, que trabajaban en las estancias de la zona como peones de las tareas agropecuarias o en servidumbre, para subsistir. En estancias como la Diez de Noviembre, donde Corsini vivía y trabajaba junto a más de doscientas personas. Los más curiosos, jóvenes e inmigrantes, que estaban descubriendo el mundo, entablarían relaciones con los hijos y los nietos de aquellos guerreros sin demasiados prejuicios. Aprenderían sus vastos conocimientos herbarios, filosóficos, del cielo y de la tierra; sus historias, sus creencias y su cosmovisión. Y a los que no se habían incorporado al trabajo criollo, refugiados en los montes, los cruzarían por los caminos o verían pasar a lo lejos. Nativos solitarios, despojados de su tierra y con las heridas abiertas, iluminados por su propio sol, vagando con la mirada perdida en el recuerdo de sus padres, madres y abuelos asesinados. El espíritu de los ancestros, con sus misterios activos, se alojaba en las piedras y los ríos donde los peones se echaban a mirar el cielo, bañarse o descansar. Y se manifestaba, frente a las almas dispuestas y sensibles, con su sabiduría originaria y su amor por la naturaleza.

 

***

 

Guiando bueyes hasta los diecisiete años, se acerca en el atardecer a los fogones que se arman después de las comidas. Si hay tormenta o hace demasiado frío, se juntan en el galpón. Allí arrancan las historias sobre las andanzas del cacique Calfucurá o la leyenda de Santos Vega, al que nunca encuentra pero muchos aseguran haber visto. También cuentan sobre aparecidos y luces malas, historias que tanto lo atemorizan como lo fascinan. Cuando la noche está despejada y el clima es bueno se juntan bajo el cielo abierto, junto al fuego. La noche se hace más larga y comienza a circular la guitarra. Los gauchos cantan estilos, cifras, vidalitas, valses, milongas. Improvisan. A veces llegan payadores trashumantes atraídos por el humo del fogón y, a cambio de unos vasos de grapa, despliegan su sapiencia. Algunos son muy celebrados. Entre los propios compañeros hay un buen payador. El mejor de todos; el que enfrenta con sus coplas a los que pasan de camino y cada tanto inventa algunas décimas sobre el trabajo, o alguna historia que deja a todos boquiabiertos. El Negro Domingo. Con la guitarra es limitado, pero tiene habilidad para el canto y le imprime mucho sentimiento.

No es necesaria una gran destreza guitarrística para acompañar una milonga. Después de tocar la célula rítmica con el pulgar, en las bordonas, hay que ir probando con el resto de los dedos las distintas posibilidades de intervenir, para enriquecer el ritmo con acentos sincopados, al igual que en el candombe y toda la música tribal africana. No se trata de una melodía condicionada por la palabra, a la manera europea, sino de un mood galopante que se despliega en el ambiente y sobre el que se comienza a cantar. Un paisaje sonoro. La cifra o el estilo, por el contrario, persiguen el fraseo del cantor e intervienen en su descanso, para darle respiro y avanzar con las notas hasta su próxima aparición. Y el vals, sencillo en sus formas, reúne ambas características pero resulta, en su simpleza, algo más complejo, ya que requiere de un ejercicio en las manos para evitar que cada tiempo del compás se extienda sobre el siguiente. Una tensión y distensión constante, que cansa los músculos del novato y puede volver al tempo algo inestable. Esta acción, con resultados diferentes en cada músico y en cada geografía, provoca la gran cantidad de variaciones que modifican su especie.

Las tonalidades más usuales y sonoras en la guitarra, como el La menor o el Mi mayor, son las que delimitan el registro por el que los cantores construyen sus melodías, una octava por debajo de las cuerdas primas. Y esta distancia armónica, que no retiene la voz a las notas pulsadas y per- mite un mayor movimiento, abre la puerta a la improvisación. En este juego entre lo que se pulsa, lo que se oye y lo que se canta, comienzan a descubrirse las formas y los estilos de la música criolla.

Corsini, entre los trabajos y las noches, comienza a imaginar algunas cuartetas que va susurrando. Las canta sobre el caballo, soltando su voz junto a los ríos, los pájaros y la pampa. Ha tenido algunos desengaños con chinitas de la zona; una palomita que nunca olvida, una morocha que vio en la fiesta del pueblo. Se está muy solo en el campo y su corazón bombea fuerte cuando el amor se presenta. O eso que él imagina, al sentir su agitación, que es el amor. Sobre estas cosas canta y algunas las escribe, para no olvidarlas. En un fogón, cuando quedan pocos y un amigo acompaña, tira unos versos. Versos simples, que hablan de unas violetas. En la curda de la noche nadie pregunta nada. Le gusta cantar y se le ocurren poemas pero tiene que aprender a tocar la guitarra, para mejorar. Se acerca entonces a Domingo y le pide lecciones. Lecciones simples; lo básico, para poderse acompañar. En los días de descanso, o cuando van quedando pocos junto al fuego, el Negro le va pasando los primeros acordes y le enseña a mover la mano derecha. Y le presta la guitarra, cuando no la usa, hasta que el Tano junte plata y consiga una propia. Para eso falta tiempo. Mientras tanto aprende algunos ritmos, los arpegios y el juego de las bordonas. Y se imagina cantando entre los pájaros. Como un payador.


  
 

Pablo Dacal grabó nueve discos de larga duración: 13 grandes éxitos (2005) y La era del sonido (2008), junto a la Orquesta de Salón; Viajantes (2010), del grupo Viajantes; El corazón es el lugar (2013), con las Guitarras del Tiempo; Los caminos (2014), junto a Fer Isella; y los solistas El progreso (2011), Baila sobre fuego (2015), Una década cantada (2016) y Mi esqueleto (2019), además de una serie de álbumes cortos y participaciones especiales. Compuso música para artes escénicas y audiovisuales. Actuó en teatro y cine, en el que protagonizó los documentales Pablo Dacal y el misterio del Lago Rosario (Ignacio Masllorens, 2007) y Charco, canciones del Río de la Plata (Julián Chalde, 2017). Condujo El medio es el mensaje (2012), por Radio Nacional Rock. Dio conciertos de todo tipo en ciudades de la Argentina, América Latina y Europa. En 2017 publicó el libro Las canciones escritas.

 

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