Era tan oscuro el monte

Primera novela de Natalia Rodríguez Simón

LITERATURA
12 de octubre de 2021

Por Marcelo Bonini

En la portada de Era tan oscuro el monte se ve un fondo negro y una desprolija serie de velas encendidas que se fugan hacia el índice superior derecho. Una vez leída esta primera novela de Natalia Rodríguez Simón la curiosidad o cierta manía interpretativa quizás reenvíen a esta imagen. ¿Por qué? El argumento de Era tan oscuro el monte y, en particular, el modo de narrar de Rodríguez Simón tienen una voluntad de opacidad. Una especie de velo, construido a fuerza de alusiones, elipsis y saltos temporales, se impone entre las peripecias de los personajes y el punto de vista desde el cual asistimos a ellas.

En un monte sin localización geográfica, lo cual le otorga cierto carácter mítico, se conocen la protagonista sin nombre de la novela y Aldo: allí comienza su historia de amor y desdichas. Él es su esposo y padre de la wawa que ella cuidará a lo largo de la narración. A la pareja, se le suman dos amigos de Aldo (Alonso y El zurdo) más algunos familiares: Majito, Matilde y Fermín, sobrino de Aldo, empleado de la verdulería que la protagonista y su esposo sostienen con precraiedad. Con el correr de los capítulos, el deseo de Fermín por su patrona y la rivalidad con Aldo irá creciendo.

La narración de Era tan oscuro el monte está escandida en 35 breves capítulos a lo largo de 150 páginas. Mediante marchas y contramarchas, se nos va revelando el centro del relato, que acentúa y desencadena la violencia entre los vínculos de los personajes: una deuda impaga, injusta por la imposibilidad de pagarla en su totalidad, que lleva a Aldo a tomar decisiones desesperadas. Se narra un mundo de pobreza, donde hay apenas algún que otro trabajo, pero difícilmente empleo: una vida día a día, asolada por robos y vínculos sociales descompuestos. Se trata, parra arriesgar algunos términos, de una atmósfera o de un clima deliberadamente sórdido.

Así y todo, la autora nacida en Quilmes, Buenos Aires, en 1984, elude uno de los mayores riesgos de cualquier ficción que se proponga narrar y representar la pobreza urbana, además de, en este caso, los avatares de la inmigración, ya sea externa o interna. Si bien prácticamente no hay humor (pensemos en la película Bolivia de Israel Adrián Caetano, en la que asoman algunos momentos de comicidad en medio de un argumento también sórdido), Era tan oscuro el monte no cae en el patetismo, es decir, en el golpe bajo ya consensuado para la clase media y el bienpensantismo: “Cómo sufre esta gente”. Claro que la novela narra vidas sufridas, pero la escritura de Rodríguez Simón no solo se concentra en eso. La construcción del ambiente y lo que mencionamos arriba como “atmósfera” ponen a funcionar una ficción realista que, sin embargo, escapa a los lugares comunes de la representación de la pobreza.

Las descripciones sensoriales (el olfato y el tacto, particularmente) y la atención a las formas de la oralidad (las elecciones léxicas afinan nuestro oído y podemos inferir de dónde es quien habla) hacen que la novela no ponga en primer plano las desdichas de la protagonista y Aldo, sino que todos sus factores se integren a la narración. Además, los puntos de vista tan variados nos permiten un recorrido por las vidas de Era tan oscuro el monte y no solo por las miserias existenciales de sus personajes (hay una tercera persona que narra y se posa en el punto de vista de algunos personajes, la cual, por momentos, parece hablarles directamente). A pesar de la violencia que genera la deuda que Aldo mantiene con un usurero, también hay deseo, amor y lazos de amistad, precarios y de una violencia potencial, sí, pero no menos presentes.

 

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