Crónicas, ensayos, cuentos, y poesías

Lee uno de los relatos de "19, una cartografía narrativa de Santa Fe"

LITERATURA
23 de abril de 2019

Entre noviembre de 2015 y agosto de 2016, 19 escritoras y escritores viajaron por los departamentos de Santa Fe para buscar historias y transformar a la provincia en un mapa de experiencias literarias. El resultado fue la publicación de "19, una cartografía narrativa de Santa Fe", un libro que reúne crónicas, ensayos, cuentos, poesías y relatos. Editado y producido por el sello Cardumen, de Arlen Buchara, Lucía Rodríguez y Lucía Demarchi, escribieron Tania Scaglione, Tomás Quintín Palma, Martín Paoltroni, Agustín Aranda, Verónica Laurino, Lara Pellegrini, José Sainz, Tomás Boasso, Ezequiel Gatto, Luciano Redigonda, Nicolás Manzi, Andrés Abramowski, Andrea Ocampo, Javier Núñez, Bernardo Maison, Laura Rossi, Marcelo Britos, Laura Hintze y Ana Laura Piccolo. Aquí el texto de Martín Paoltroni —quien viajó a Alcorta, Constitución— De la que se parió así misma.

 

Yo soy Pamela Rochi, dice. Y sus ojos crecen como ciruelas acompañando la cara redonda y morena. Tiene la piel de espeso trigo y los labios pulposos, son fruta fresca en verano y puro candor en invierno. Posee un andar señorial, elegante y cansino. A cada paso se detiene para saludar a algún vecino, que aprovecha para hacerle alguna consulta, o a algún niño que la recuerda de su trabajo en la escuela. Nadie se priva de saludar a esa gran matriarca que se parió a sí misma el día que decidió ser Pamela.

Fue allá lejos y hace tiempo cuando la Tili de barrio La Pluma, en Alcorta, le hablaba de Roxana y Pamela, dos prostitutas que habían triunfado en Europa. Tenía trece años y acababa de terminar la primaria en la escuela Normal N° 37; pero ya no era aquel niño de voz chillona y comportamiento revoltoso que recuerda Laura, su ex docente y amiga inseparable en la actualidad. Atrás habían quedado también los días que pasaba en la Iglesia Santiago Apóstol como monaguillo y ayudante del padre Domingo.

Como dejan su capullo las crisálidas, un día nació Pamela sobre la llanura fértil de la pampa gringa al sur de Santa Fe. Por más de una década sus padres y vecinos la vieron corretear traviesa por las calles templadas de un pueblo con historia de revoluciones; pero la hora había llegado y el sol brilloso y quemante de aquellas tierras la recibió donosa en las puertas de un nuevo tiempo. “A los catorce años me travestí por primera vez y para siempre recuerda entre sonrisas, dieciséis años después.

Por aquel entonces vivía con su papá Osvaldo, quien no dudó en protegerla. Mamá Olga estaba en Villa Cañás y también la acompañó. La familia se fue enterando de a poco y, aunque surcaron algunos enojos e incomprensiones, el tiempo se encargó de suturarlos. Su vuelo se tornó prístino, magenta, aunque también errabundo y tormentoso; días de amor y bonanza, de soledad y hastío. Todos sus años confluyen con la misma simpleza que reza su mantra frente a cada situación de la vida: yo soy Pamela Rochi.

El grito y el silencio

Un manto de leyendas recubre silencioso las callecitas uniformes del pueblo; sobre carteles en la vía pública y, como sutiles fantasmas del aire, sobrevive pomposo el apellido Netri —de Francisco, José y Pascual—, o la historia de Francisco Bulzani y María Robotti, más conocida como María, de Alcorta, actores claves en el Grito. Una revolución gestada en el seno mismo de la injusticia que padecieron los colonos inmigrantes a manos de la oligarquía terrateniente; un espasmo que estremeció la historia de los poderosos.

Aquel suceso ocurrido en 1912 resuena con súbita energía en las conversaciones de los alcortenses cuando hablan de su historia. Y es que la figura de Amancio Alcorta como propietario de las tierras donde nació el poblado al calor de las vías del tren se desvanece frente al rumor legendario de los chacareros revolucionarios. Pamela recuerda que hace unos años —quince, más o menos— poco se conocía entre los vecinos acerca de la importancia vital que tuvo aquel episodio en los destinos políticos del país.

Sobre la mesa de su casa en el barrio La Alegría, desparrama una serie de fotos donde aparece vestida con ropa de época junto a un grupo de actores. Durante algunos años formó parte del elenco teatral que se encargó de recrear la hazaña de los campesinos. Por unos instantes su mirada se pierde entre los recuerdos grabados en tinta color. Un rumor de purpurinas recorre el ambiente y sonríe primorosa. Después agrega: “Este año no me llamaron, pero no importa”. Con un guiño, recuerda las funciones que dieron en los pueblos de la zona hasta llegar al mismísimo Congreso de la Nación con motivo del Centenario. En su habitación conserva un retrato de aquellas noches: tiene un pañuelo en la cabeza y la mirada triste, sobre sus brazos fuertes de mujer pueblerina yace un hombre. La imagen es poética, pero también reveladora porque la representación de una mujer rebelde tuvo que ser encarnada por una travesti que supo pegar el grito antes de morir en el silencio.

Pregúntele a su marido

Las travestis no tienen closet; desde el día en que nacen las alas, es imposible ocultarlas. Uno puede adherirlas con cinta a los omoplatos, enrollarlas como una persiana, o hasta vestir una capa de tul magenta. Pero en todas sus variantes, se transforma en un problema de indómita solución. El polvo se esparce con desesperante intensidad por los rincones de la casa, en las habitaciones, la cocina, por las esquinas, las plazas y hasta en la escuela que la Sarmiento nos legó.

Por eso, desde tiempos inmemoriales, las travestiarcas del suelo argento azuzaron a las maripositas para vengar con su presencia a los próceres maricones ocultos tras las apretadas calzas con las que fueron retratados. Y así lo hizo Pamela Rochi cuando fue el momento de ingresar a la escuela secundaria. Tenía catorce años y recién comenzaba a desandar el apostolado taqueril en las tierras de Don Amancio. Recuerda que la directora del colegio le pidió que no fuera con los labios muy pintados de rojo, y la desobligó de formar antes de ingresar al aula. También acordaron que sólo la llamarían por su apellido a la hora de tomar asistencia. El primer día, cuando se esparció el rumor de su presencia en el colegio, se convirtió en una atracción turística para los pibes de todos los cursos, que la observaban curiosos. Al día siguiente la miraron un poco más, y en cuestión de horas ya estaba otra vez haciéndole bromas a los chicos con puta parió.

Sin embargo, el trago amargo de Pamela llegó servido por una docente que un mal día decidió llamarla por su antiguo nombre. “Señorita, ¿usted no sabe que no le gusta que la llamen así?”, le advirtió un compañerito. La maestra contestó: “Y bueno, si es travesti es problema de él”. Y como es bien sabido que cada mariquita alberga en su boca un estilete en lugar de lengua, Pamela retrucó: “Pregúntele a su marido si soy travesti”. Aquella escena derivó en escándalo y, como era de suponerse, la joven-niña-travesti la esperó a la vuelta y la bajó de los pelos de la bicicleta. Tal vez Pamela nunca había escuchado sobre la furia travesti que pregonaban las locas en Buenos Aires, o la palabra orgullo sólo era en su diccionario el sentimiento de superioridad o estima propio que tiene una persona; pero algo de aquel movimiento que ocurría a cientos de kilómetros de su pequeño Alcorta abrevaba metafísico en su ser para librar la batalla que en soledad había iniciado ese día.

En tacos por la bota

La historia de las migraciones travestis en nuestro país revela que la mayoría de las chicas provincianas abandonan sus pueblos o ciudades de origen para desandar la pasarela de los grandes centros urbanos. Buenos Aires, Rosario y Córdoba se convirtieron en la meca favorita de las jovencitas que sueñan con trans-formarse y regresar convertidas en auténticas madonas de esculturales cuerpos. Aceite de avión –silicona en el mejor de los casos–, colágeno y extensiones hacen lo suyo a la hora de mutar. Las más pequeñas –o nuevas– llevan el sello de “peluquitas” y para ingresar al travestirío necesitan de una “madre de calle” que las abrigue y les enseñe a volar en medio de semejante mundo. “¿Y a esta quién la paró?”, dicen las más experimentadas cuando ven caras nuevas en las esquinas. Pagar plaza, ligarse un puntazo o huir de la policía es moneda corriente. ¿Riesgos? Muchos. Como el simple hecho de portar una identidad que hasta el 9 de mayo del 2012 era considerada criminal o peligrosa para el Estado argentino.

En la historia de Pamela, Maru de Elortondo fue su madrina nocturna. Corría el año 2003 y Alcorta había quedado atrás. Entre Villa Cañás y Venado Tuerto se armaba la movida. Prostitución, drogas y chongos, un combo explosivo y excitante para las adolescentes que vivían el fragor de la juventud marica. No era Buenos Aires, claro, pero las localidades sureñas de la bota ofrecían alternativas tan riesgosas y estimulantes como las grandes metrópolis: “Probamos todo lo que te imagines”, rememora. Y en esa danza de tacos por el sur, entre el sexo, la noche y la siempre anhelada libertad, una vez fueron sorprendidas por los guardianes del miedo y fueron a parar al calabozo. “¿Y vos, grandota? ¿Cuántos años tenés?”, le preguntó el oficial. “Dieciséis”, respondió con brutal honestidad y eso le valió su derivación a la justicia de menores. “Estaba vestida con minifalda, medias red, pelo cortito con extensiones y tapado. ¡Un escándalo! Me tuvo que ir a buscar mi papá”, evoca entre carcajadas.

Con los años, escenas como esta se repitieron una y otra vez en la vida de Pamela y sus amigas; destino marcado por el aleteo incesante de las novísimas pajaritas. Pero hubo una vez en que el vuelo nocturno se tornó más pesado de lo habitual y Pamela decidió que era momento de volver a casa: “Una vez me desperté drogada, había estado en una fiesta, me sentí muy mal, entonces agarré todas mis cosas y me tomé el primer colectivo para Alcorta. Cuando llegué, le dije a mi papá: «No dejes que me vaya nunca más»”.

Yo quiero a mi bandera

El desembarco definitivo de Pamela en Alcorta marcó el inicio de una nueva época. Atrás habían quedado las andanzas que la llevaron a recorrer los pueblos de la zona y conocer a cuanta loca anduviera pululando en las bailantas y tugurios del sur; amores furtivos que se animaban al “roce trava” del que alguna vez habló Susy Shock, clientes, noches de frío, amistades para la eternidad, desencuentros y abrazos cargados de poesía. Todo eso llevaba consigo la joven que se parió a sí misma. Y así desenvainó sus días en el pueblo que la vio regresar trans-formada y lista para la batalla. Decidió que era tiempo de volver a estudiar y se anotó en una escuela para adultos, donde obtuvo las mejores notas y se convirtió en abanderada; mas este triunfo tampoco fue gratuito para su identidad trans. Una vez más la escuela argentina –expulsiva y normalizadora– le impuso a través de su directora la condición de ser anunciada en el acto de colación con su nombre legal. Pero la joven, que tenía calle y aguante, le espetó con tranquilidad: “En el mismo momento que me anuncie así voy a cruzarme a la comisaría y denunciarla por discriminación”.

Mientras recuerda la historia, Pamela no oculta la angustia que le generó esa situación: “Yo estaba dispuesta a todo, pero la verdad es que estaba cansada de enfrentarme a cosas así”. Alguna vez alguien dijo que para un gay o una lesbiana salir del closet con cada una de las personas que conocemos se convierte en una tarea agotadora, y es posible optar por el silencio en determinadas circunstancias. Pero para una travesti no hay escapatoria posible frente a la discriminación legitimada por las instituciones y el propio Estado. De ahí que el movimiento trans se ha caracterizado por su estirpe furiosa y combativa frente a las normas establecidas. Lo cierto es que aquella tarde Pamela cumplió al pie de la letra el mandamiento travesti de vestirse como una diosa y enfrentó las amenazas de ser discriminada en público con su presencia esplendorosa. Pero el momento llegó y toda la tensión que había cargado sobre su cuerpo desapareció de un plumazo cuando fue anunciada con su nombre elegido. Lección para la docente o simple corrección política, aquel episodio, que ocurrió por segunda vez en su vida, sembró el aguijón para enfrentar al mundo con otra disposición. Era seguro que algo había que hacer y fue justo en ese momento que aparece la militancia política como otra forma de pensar las cosas.

La travesti de la rosa

Es domingo y Pamela gobierna la casa desde la punta de la mesa. Todo lo que allí ocurre gira en torno a su presencia. En la televisión, un programa de cocina y música concentra la atención mientras esperamos a Olga, que trabaja en una parrilla a media cuadra de la casa. En la calle, un silencio abismal fecunda el mediodía soleado y frío; la quietud desesperante de un pueblo que hiberna en pleno junio. Desde lejos llegan risas como dagas que revelan el misterio de las reuniones familiares en el Día del Padre. En un rato, Pamela visitará a su papá en la casa de los Rochi, familia popular y numerosa en Alcorta. Mientras tanto, habla de su militancia política en el socialismo santafesino y cuenta cómo se enamoró del partido de la rosa. “Yo militaba para el peronismo, pero un día me invitaron a un campamento y cuando fui me di cuenta que ese era mi lugar”. A partir de aquel momento empezó a desandar un camino que la llevó a lograr cierta notoriedad pública por su trabajo en la comuna durante la gestión del radical Aldo Martino.

Su oficina estaba ubicada en el edificio recuperado de la estación ferroviaria, donde realizaba trámites vinculados a promoción social. De allí que muchas mujeres y niños la recuerdan por su trabajo con las familias más vulnerables. También participó en la organización de los carnavales y, como si esto fuera poco, se ocupaba de algunas tareas de prensa y difusión vinculadas a las actividades que organizaban. “Salía de trabajar a la una de la tarde, pero seguía haciendo cosas desde mi casa”, recuerda.

El nivel de exposición y su compromiso social la llevaron a convertirse rápidamente en una referente de la comunidad más allá de su paso por la función pública. Es imposible caminar una cuadra junto a Pamela sin que algún vecino se detenga a saludarla y preguntarle por tal o cual asunto. Y es que su historia comenzó mucho antes de ganar las elecciones en 2013, cuando coordinaba el grupo Jóvenes de Alcorta con el que organizaba actividades solidarias en beneficio de las instituciones del pueblo.

En cuanto a sus madrinas políticas, Pamela nombra a Silvina Devalle como la responsable de su llegada al partido y recuerda con especial cariño a la concejala de Villa Constitución Analía Martín, fallecida en 2013. En su muñeca lleva tatuado el puño y la rosa, símbolo del Partido Socialista, y se emociona cuando habla del ex gobernador Hermes Binner. En 2015, el Frente Progresista perdió en Alcorta las elecciones frente a la candidata del peronismo María Eugenia de la Fuente, y Pamela se retiró de la comuna. Sobre su futuro político, no descarta dar un paso al frente en los próximos años. “Quiero ser candidata a presidenta comunal”, sentencia.

Comunidad magenta

La historia de la bandera del arcoíris como símbolo representativo de la comunidad LGTBI es bien conocida por la trascendencia mundial que logró en las marchas del orgullo después de que en 1978 asesinaran al activista estadounidense Harvey Milk. La insignia creada por el artista Gilbert Baker consiste en seis franjas con los colores rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta. Dicen los historiadores que fue un pedido especial del propio Milk para unificar a la comunidad. Sin embargo, aunar bajo un mismo emblema a un movimiento tan heterogéneo como singular sigue siendo motivo de fuertes controversias. En nuestro país, el movimiento trans sudaca, encabezado por la histórica Lohana Berkins junto a Marlene Wayar y Diana Sacayán, reivindicó la utilización del color magenta como signo característico de la comunidad trans, históricamente relegada en los debates sociopolíticos. En esta línea, la T del colectivo bregó por el establecimiento de una agenda propia con un fuerte carácter disruptivo en términos de políticas públicas apuntadas a superar el promedio de vida de una travesti, estimado en 35 años.

Sin embargo, el desafío de la vida trans constituye un misterio que se reinventa a diario en las grandes ciudades y en los pueblos como Alcorta, donde la comunidad magenta alcanza un número particular. “Acá tenemos a Marcela, que fue la primera chica que logró el documento por vía judicial antes de que salga la ley; Macarena, que está juntada con un chico que trabaja en la perrera del pueblo; Daniela, que está casada y tiene dos hijos; también está Eloísa y, por supuesto, estoy yo”, explica Pamela, recientemente designada como trabajadora de la Subsecretaría de Políticas de Diversidad Sexual de la provincia. Aunque no existen lugares de reunión donde confluyen periódicamente, Pamela las conoce a todas y mantiene un vínculo de amistad y cercanía ligado a la historia común que las atraviesa en la construcción de su identidad. Sin dudas, la Rochi es la más conocida por su alto perfil en la vida social y política del pueblo, pero resulta evidente que los alcortenses no las ignoran. Ser trans en un pueblo puede constituir un enigma de difícil resolución para quienes transitan los caminos del travestismo y la disidencia en el anonimato de las grandes ciudades.

La diversidad en los pueblos todavía permanece como un interrogante que se amplía frente al surgimiento de figuras rutilantes como Pamela Rochi. Convivencia, integración y las siempre incómodas definiciones de aceptación y tolerancia brotan desesperadas frente a un ensayo de lo posible. Lejos de cualquier intento por establecer una teoría, la experiencia de aquellas que entendieron que la biología no es destino –aun sin haber escuchado jamás aquel concepto– funciona como una clave para comprender ese otro mundo que también emerge insistente en el interior del país.

Epílogo para un viaje inesperado

Llegué al pueblo con el corazón en un hilo; durante días planifiqué el viaje despojado de toda certeza, como un caminante sin mapas ni señales. Sólo reconocía en el horizonte la presencia enigmática de la comadre Rochi; mujer, travesti, referente política. Un nombre y un lugar. Alcorta, tierra de rebeliones. El Grito, el fantasma de la 125, llanura y soja. Sueños de un tiempo que reverbera ingrávido sobre nuestras cabezas. ¿Macri? Me aconsejan que me olvide por un rato, que pierda el tiempo, que guarde imágenes. Tiemblo y espero; el impacto está por llegar.

Arrastro los pies por un angosto y pegajoso pasillo atiborrado de estudiantes apurados por bajar y pienso: “Siempre se puede viajar un poco peor”. Recuerdo mis días de chico pueblerino ansioso por volver al terruño y la nostalgia me gana el cuerpo. ¿Por qué me fui? Ah, sí, para estudiar. La puerta se abre y el pueblo es otro, pero también empieza con A: Alcorta, Arequito. Estarían primeros en la guía telefónica, una antigüedad. Desciendo del micro con torpeza y quedo solo bajo un gran tinglado. Una brisa fría me envuelve el rostro; es sábado al mediodía y las calles están vacías. El sol luce inmenso y prepotente. Sophie Zelmani susurra en mis auriculares, me acerco hasta la esquina y descubro la bella soledad de una histórica comarca; el suelo inabarcable de nuestra pampa húmeda como preámbulo y telón de fondo para esta aventura. ¿Cómo podré trazar una cartografía de un pueblo yo que huí en mi adolescencia de la vida en estos parajes? De un sacudón vuelvo a la infancia y reconozco las casas de techo bajo, la gente en bicicleta, las heladerías, las escuelas, los potreros de fútbol. Vuelvo a temblar y mi corazón de colibrí descarga su arcoíris. “Las cosas deben haber cambiado un poco”, me consuelo.

Un mensaje interfiere en mi vahído: “Vamos por ti”, dice Pamela. Y vuelvo de súbito al Martín-presente que espera en la terminal de un pueblo desconocido. Se supone que vine a buscar una historia, porque es lo que me encomendaron. A partir de ahora debería encarnar el papel de cronista, pero las páginas rabiosas de un libro de Arlt que me regaló Gaspar amenazan con romperme las manos y los ojos si lo hago. Pienso en Arya Stark cuando se quedó ciega por un rato, o en el príncipe Oberyn, y me digo que por pensar estas cosas supero los límites de toda ñoñez.

Un auto blanco interrumpe por fin mis continuas fugas mentales. Es Laura, la amiga-hermana de Pamela que oficia de remisera para la ocasión. Es una mujer esbelta, agradable. Conversamos hasta llegar a la casa donde voy a pasar los próximos dos días. En la puerta nos esperan Pamela y Olga y después de los saludos de rigor entramos. Siento el cuerpo comprimido, como cuando en la infancia llegaba a la casa de un compañerito de la escuela por primera vez. Olga me pregunta si como carne: rápidamente el chirrido de unas milanesas flotando en aceite se hace sentir y empiezo a relajarme. Tengo la sensación de estar entre mi gente, aunque no los conozca.

La tarde deriva en mates en la plaza con sobrinas incluidas, merienda con galletitas, breve siesta, pizzas de sábado a la noche en la casa de Laura y cafecito de madrugada en el bar del pueblo. Muchas horas, decenas de historias, incontables anécdotas, amor, miedo, pasión. A fin de cuentas, la vida parece ser un cúmulo de imágenes y sonidos que se mezclan al infinito con la insólita seguridad de saber que casi siempre encajan. Nunca son perfectos, claro, pero unir esos retazos es una tarea ancestral, un arte milenario y apasionante como el de contar historias.

Pamela se abre como una flor y yo la escucho, atento y desprevenido, no vaya a ser que me crea el papel de periodista y termine como Luis Majul. Después de un rato me doy cuenta de que no somos tan lejanos y por fin me rindo a esa embarazosa idea de comunidad, pero no hablo sólo de las siglas de la diversidad. También formamos parte de ese mundillo tan peculiar que son los pueblos, con sus fisonomías e historias similares. Y es que las decenas de hermanitas sureñas no podían parir hijos tan distintos. Para mi sorpresa, aún reconozco los guiños de un lugar cimentado en las relaciones sociales como fuente vital para la subsistencia. De pronto un nombre, un apellido o simplemente un comercio tradicional bastan para reemplazar a cualquier GPS. Sin embargo, mi asombro no cesa al descubrir que cada barrio en Alcorta tiene un nombre y una historia: La Alegría, La Pluma, Boca de Tigre, Avellaneda, Centro, Chacarita y Los Andes. Cada uno delimitado por cuadras y con cierta referencia a los sectores sociales que allí habitan.

Pamela los conoce a todos y cada uno; con cierta dificultad los bordeamos y trato de armonizar mi brújula interna. Me reconozco de pueblo, pero en este viaje sigo siendo un forastero citadino. El frío helado y húmedo nos afecta, pero no desistimos de los paseos vespertinos. Es ahora domingo a la tarde y mientras regresamos de conocer los sitios históricos debidamente señalizados hacemos una pausa para tomar un helado; nos sentamos en la vereda y cuando llega el ocaso vemos la vuelta al perro de los alcortenses que desmenuzan la tristeza dominguera a bordo de sus motos y autos.

Desde algún lugar, llegan los ecos de una radio local que transmite los partidos de fútbol de la liga regional. No podría reconocer a los equipos ni haciendo un esfuerzo sobrehumano, aunque me trae cierta nostalgia de mis primeros trabajos en radio, cuando esperaba que terminen los programas deportivos para hacer de las mías. Vuelvo al presente y me descubro haciendo anotaciones vagas de un periplo que está por terminar; caminamos casi en silencio de regreso a la casa. La plaza luce desierta y otra vez la gente se ha fugado de la calles.

Nos guarecemos por un rato junto a la estufa eléctrica que calienta la pequeña cocina, mientras Pamela aprovecha para cortarle el pelo al hijo de Laura, que esa noche tiene un cumpleaños. Y, aunque no lo haya mencionado, hay una peluquería con todos los chiches montada en el fondo del hogar, porque entre tantos oficios, también fue en algún momento una exitosa peluquera. También se recibió de enfermera, pero esas serán otras historias que alguna vez se encargará de contar el biógrafo de la primera presidenta comunal travesti del país.

 

 

Martín Paoltroni trabajó por primera vez en un periódico a los 15 años y a los 17 dejó Arequito por Rosario sin ningún pesar. Estudió Comunicación Social y Periodismo y su crónica “The Garza Dietrich”, escrita junto con José Malé, fue una de las ganadoras del Premio La Voluntad y salió publicada en Otra Argentina (Editorial Planeta, 2014). Es parte de la revista de diversidad y disidencia sexual La Tetera y trabaja en Radio Nacional Rosario. En esa emisora integró el equipo de “Pasa en las Mejores Familias”, el primer programa LGBTI de un medio público argentino. En su viaje a Alcorta Martín confirmó que hay gritos que no aturden: vuelven visibles las disidencias de cada época.
 

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