Entrevista a Carlos Bernatek

La búsqueda de un modesto batacazo santafesino

LITERATURA
12 de septiembre de 2019

Libro: El hombre de cristal de Carlos Bernatek. Texto: Lee el comentario de Marcelo Bonini. Audio: Escuchá la columna en la radio de Bernardo Orge, Marcelo Bonini y Bernardo Maison. 

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Nacido en Avellanada en 1955, a los 18 Carlos Bernatek llegó a la ciudad de Santa Fe, en la que residió durante unos 20 años. Por varias de sus novelas ganó, entre otros, los premios Alcides Greca (1994, 2000), Fondo Nacional de las Artes (2003, 2007), Clarín de Novela (2016). A pesar de esos galardones, la llegada a los lectores y cierta circulación crítica ha sido algo morosa.  En 2015 se publicó La noche litoral bajo la editorial Adriana Hidalgo, ya casi el hogar de las narraciones de Bernatek desde que el primer editor de esta, Edgardo Russo, inauguró el sello en 2000 con Rutas argentinas, novela de nuestro autor.

En La noche litoral se condensan varios núcleos temáticos de narraciones anteriores —un pasado que acecha al presente, una opaca vida cotidiana, personajes al límite y al margen de esa vida— impulsados por una lengua directa, cuidada, sin excesos descriptivos ni floreo verbal, pero zarpada y sin piedad. ¿Un cocktail de Arlt y Fontanarrosa? Tal vez, pero solo a la primera probada.

Las peripecias de Ovidio Balán, eterno busca que postula: “el trabajo es una estafa”, se aceleran y agigantan tanto que pasa de La noche litoral a Jardín primitivo hasta convertirse en un personaje —supporting cast— que casi le roba protagonismo a Jota Busaniche, sobre quien se hace foco en El hombre de cristal. Apocado,  empleado público desde los 18 en la morgue de Santa Fe, casi sin deseo, Jota parece la contracara del vital y runfla Ovidio. El vínculo entre ambos opera como catalizador de algunas actividades fuera de la ley, pero sin épica, sin mayores ambiciones que zafar y tratar de encontrar un lugar entre los recovecos del sistema. Mientras tanto, sin elogio de postal o conmiseración, se precipitan el calor insoportable, los lisos, los lomitos y las parrillitas baratas donde se sirve buen pescado de río.

Con un tono humorístico y cómico que hace imposible que seamos indiferentes a nuestras miserias y deseos, El hombre de cristal corona una trilogía de construcción clásica, aunque el adjetivo “realista” les hace poca justicia, pero cuyos materiales son explosivos, siempre más allá del límite de personajes y situaciones sociales que todos conocemos pero rara vez decimos en voz alta.

El viernes 6 de septiembre de 2019, Carlos Bernatek pasó por Rosario a presentar El hombre de cristal, última parte de la trilogía de Santa Fe. Le pedimos un contacto para hacerle cinco preguntas. “Buenísimo”, nos respondió, “acá te dejo, yo contesto todo por mail”.

- En las dos primeras partes de la trilogía de Santa Fe (La noche litoral y Jardín primitivo) el protagonista es Ovidio Balán. ¿Decidió que el foco en El hombre de cristal estuviera en Jota, es decir, fue deliberado o se le fueron dictando los personajes?

La intención fue desplazar el eje que hasta entonces estaba sobre Ovidio, procurando ver al personaje desde “afuera”, desde la mirada de los otros, precisamente cuando empieza la declinación. Y Jota me pareció, como contracara, alguien que, proviniendo de una extracción social similar, había tomado las opciones opuestas: el acatamiento, la obediencia al sistema.

- A pesar de que, como en las dos novelas anteriores, en El hombre de cristal se narren miserias de personajes de clase media o directamente marginales, el tono es decididamente cómico y humorístico. ¿Qué le permite decir y qué le interesa de esta elección estética?

El tono de la trilogía, según yo lo entendía, debía guardar correspondencia con la forma en que se asume la realidad, es decir: la composición de la tragedia no implicaba sumergir a los personajes en el dramatismo de la lengua, porque no es ese el modo de aproximarse a la verosimilitud. O sea, desplacé los tonos muy lejos del “realismo social”. En mi criterio, es en esta cuerda donde discurre la resignación, o la rebeldía, distante de cualquier mensaje.

El tono de la trilogía, según yo lo entendía, debía guardar correspondencia con la forma en que se asume la realidad, es decir: la composición de la tragedia no implicaba sumergir a los personajes en el dramatismo de la lengua, porque no es ese el modo de aproximarse a la verosimilitud. O sea, desplacé los tonos muy lejos del “realismo social”. 

- ¿Cuánto hay de recuerdo y cuánto de invención en esta novela?

Un poco y un poco: los recuerdos, las anécdotas escuchadas, se van metamorfoseando con la invención. Tal vez la mera realidad narrada, resulte a veces inverosímil. El modo de conjugar ambas produce una tercera instancia, que sería la literaria.

- En mucha de su obra aparece un pasado que se restaura o al que el presente intenta descifrar. ¿Hay algunas ficciones (películas, cuentos, novelas), asuntos o autores a las que siempre vuelva al momento de escribir?

El pasado asoma en la trilogía como hito, como referencia, quizás para anclar la ficción en algún soporte verificable, en un marco real. Yo, como muchos, suelo revisitar textos, muchas veces por la grata sorpresa que depara la relectura: cambiamos como personas, como lectores, y de esa manera multiplicamos las posibilidades de abordar un mismo texto. Y las obsesiones que tenemos como autores y lectores, creo yo, se instalan muy temprano en nuestras vidas. Cambian los enfoques, las palabras, y las interpretaciones de los textos, pero genéricamente, la obsesión es la misma. Con el cine me ocurre lo mismo: podría ver toda la filmografía de Fellini de nuevo, y estoy seguro de que descubriría lecturas e impresiones diferentes.

- ¿Qué escritoras o escritores jóvenes le interesa que se lean y porqué?

Bueno, muchos. Algunos han tenido bastante difusión, felizmente: Hernán Ronsino, Jorge Consiglio, Selva Almada, y hay muchos nuevos, más jóvenes aún, que están construyendo pacientemente su obra. El sistema de difusión y crítica, lamentablemente, está tan deteriorado como la cultura, lo que torna complejo llegar a los escritores nuevos, como si de pronto el abanico se hubiera abierto demasiado, y achatara para abajo todo, dada la multiplicidad de obras. Curiosamente, ahora es menos difícil publicar que difundir, pese al aluvión de redes sociales y medios alternativos; casi la contracara de lo que ocurría en los 60 o en los 70. La extinción de la crítica es casi tan grave como el desplazamiento de la figura del editor, funciones ambas que son indispensables para la literatura.

 

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