Furia Diamante

La apuesta al cuento de Valeria Tentoni

LITERATURA
17 de diciembre de 2019

Libro: Furia Diamante de Valeria Tentoni. Texto: Lee el comentario de Marcelo Bonini. Audio: Escuchá la columna en la radio de Bernardo Orge, Marcelo Bonini y Bernardo Maison. 

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En su nuevo libro, Valeria Tentoni (Bahía Blanca, 1985) nos presenta siete cuentos. Una vez se dijo que había llegado el fin de la historia. Otra se afirmó que la novela había muerto. También se dijo lo mismo del rock, aunque “Luca no se murió…” La frase “no se puede escribir poesía después de Auschwitz” generó réplicas, historizaciones y, claro, poemas.

¿Alguien declaró o declarará la muerte del cuento? Parece que el relato corto (traducción de la short story anglosajona) no envejece, no muere, se renueva y se mantiene siempre en pie. En nuestro país, da la sensación de que la narrativa (no hay que caer en la falsedad de equiparar literatura argentina a su narrativa, dejando de lado al teatro, el ensayo y la poesía) circula o está más asociada a la cuentística que a la escritura de novelas, tal vez por el influjo de la desconfianza por las narraciones extensas de parte del escritor argentino de mayor proyección en el país y en el exterior. La novela se crea así misma como género en cada encarnación, en Argentina o en cualquier lado. Aquí, el arco se puede trazar desde Eugenio Cambaceres hasta César Aira, pasando por Los siete locos y Glosa. Las diferencias entre las cuatro posibilidades resaltan por sí solas.

En cambio, el cuento, a pesar de que también amerita una historización que dé cuenta de sus cambios a través del tiempo, ofrece menos posibilidades de mutación que la novela o la nouvelle. Podríamos establecer esa distinción: el cuento se trata acerca de lo que pasó y la novela sobre lo que va pasar. La última avanza mediante un pulso narrativo comandado por el presente; el primero revela un hecho cerrado con mayor o menor grado de enigma. A pesar de las variaciones (realismo, fantástico, ciencia ficción, terror, etc.) el relato breve, al menos en su forma más clásica, propone una restricción formal que parece dejar poco margen de error respecto de la construcción del argumento y la atmósfera en relación con el goce proporcionado a quien lea. El arte del cuento se asemeja al del soneto: la maestría no reside del todo en la innovación formal, sino en qué hacer con un género cuyas reglas están fijadas de antemano con mucha precisión.

Mucha de la nueva narrativa argentina y latinoamericana encuentra su expresión masiva dentro de los límites del cuento. Una directriz que lo impulsa consiste en la aparición de lo extraordinario en un marco cotidiano. Los siete cuentos de Furia diamante no se mueven ni de ese ámbito ni del realismo. El golpe de efecto final, la ejecución de la trama y la sugerencia de lo no dicho componen las armas clásicas e inoxidables de las que Tentoni se vale para escribir. Un eco del “Decálogo del perfecto cuentista” de Quiroga resuena en todas las páginas: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas.” Una salvedad: el truco que Quiroga oculta es no hacerle saber al lector adónde va desde la primera palabra. También merodea por estos cuentos el fantástico rioplatense de Felisberto Hernández, en el cual lo fantástico no toma cuerpo del todo, sino que apenas logra un efecto enrarecedor dentro de una atmósfera decididamente realista. A las mencionadas armas narrativas clásicas, se le suma una muy de la época: la primera persona, que ocupa gran parte del libro.

Por ejemplo, en “Frutillas”, el relato que abre Furia diamante, la voz de una niña, o mejor dicho, una narradora que recuerda un episodio de su niñez, cuenta que, durante un almuerzo en familia como cualquier otro, un llamado telefónico repentino altera a su padre. La construcción de una típica escena familiar de clase media se ve interrumpida por un llamado, del cual solo conocemos su efecto, no su contenido. El padre es abogado, entonces ¿se trata de una amenaza, de un problema legal? Lo único que sabemos sobre el inoportuno llamado es que acarrea un evento oscuro. De hecho, una oscuridad, que no es otra que la de los humanos, tiñe el argumento del resto de los relatos: en “Ziploc” asistimos a la gastronomía de un antropófago barrial y en “Babosas” una recién separada se enfrenta a una plaga luego de que su ex pareja abandona la casa que compartían.

Ya descriptos los mecanismos y el tono del libro, sin mucho esfuerzo se llega a saber dónde se ubican estos relatos, qué filiaciones y rechazos suponen, etc. Siete cuentos prolijos, hechos con más oficio que imaginación (¿se le puede exigir esto a la literatura o es una petición de principios?) que vienen a ensanchar la ya de por sí extensa producción de historias breves.

 

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