Diario de un aborto

Jellyfish de Carlos Godoy

LITERATURA
12 de junio de 2020

Libro: Jellyfish. Diario de un aborto (2019)
Autor: Carlos Godoy
Editorial: Tusquets
Texto: Marcelo Bonini
Podcast: La Canción del País

 

Por Marcelo Bonini. Foto: Jaime Alonso

¿Habrá intuido Carlos Godoy (Córdoba, 1983) que no iba a salir indemne luego de publicar Jellyfish. Diario de un aborto (Tusquets, 2019)? Varios motivos llevan a pensar que la novela iba a ser rechazada por parte del público lector o ignorada (“ninguneada”, en palabras de Alexandra Kohan, lectora entusiasta de este libro). En el fondo, el ninguneo también supone una forma del rechazo. Pero ¿rechazo de qué? Dos datos nos pueden ayudar a esclarecerlo: se trata de un autor hombre que creó una voz femenina varios años más joven que él para narrar una experiencia imposible de atravesar para, dicho en el léxico de hoy, un varón cis heterosexual. Además, el relato ocurre en veinte días, del 5 al 25 de marzo de 2018, días en los que el ex presidente Mauricio Macri habilitó la discusión del proyecto de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

En 225 páginas veloces, la autodenominada “cheta-neurótica-aspiracional” Yakie Dorayaki, de 19 años, estudiante de Letras en Puan, narra en primerísima persona las peripecias que la llevan a hacerse un aborto con pastillas de Misoprostol luego de quedar embarazada por Tomás, su novio 13 años mayor, poeta mediocre y estudiante crónico de Comunicación Social que requiere de los préstamos de su madre para poder pagar el alquiler y las expensas.

Yakie, según sus propias palabras, habita el sector ABC1: universitaria, residente del barrio porteño de Almagro, su extracción es de una clase media sin zozobras. Usuaria intensa de drogas y redes sociales, de una sexualidad sin ambages, la voz de Yakie (la voz que Godoy le dio a Yakie) oscila entre un registro visceral y tierno que no llega nunca a la caricatura y, menos aun, a la sátira. Solo por momentos, algunas elecciones léxicas rompen, de un modo que no ayuda a la ficción, el verosímil del discurso de una chica de 19 años. Es más, ¿quién, por ejemplo, usaría el verbo “oficiar” hoy en día? De todos modos, esta cierta ripiosidad (también provista por el exceso de jerga joven) no hace mermar la voz de Yaki, la cual, a partir de la segunda mitad de la novela, adquiere mayor fuerza, es decir, se hace más eficaz en términos narrativos.

 

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La asunción de una voz femenina, el hecho de haber escrito Jellyfish al calor de los hechos (proyecto de IVE), el uso de una perspectiva estrictamente de clase media alta y el haber sorteado ciertos lugares comunes de lo que llamamos progresismo o bienpensantismo (nadie está exento) colocan a Jellyfish en un lugar incómodo, acentuado por el hecho de que su epígrafe asegura que su “fuente es el testimonio diario de una mujer de 19 años que se realizó un aborto ilegal —con Misoprostol—.” Pero, en varias entrevistas, Godoy asegura que utilizó como materiales varios testimonios de conocidas para construir el personaje de Yakie. Así, el pacto de lectura, a pesar del tema de agenda, desde el vamos está planteado como ambiguo, o sea, ficcional.

Para Alexandra Kohan “se está acabando con la ficción, porque ahora no solo la ficción es la expresión del autor, sino que, además, los genitales del autor, tienen que coincidir con los genitales del narrador. Entonces ya no hay más narrador y ahora es una cosa directa y es “hombres, ustedes ocúpense de hacer novelas sobre…” ¡autos de carrera! No sé de qué ¡de fútbol!”. Tal vez se trate de dos problemas bajo la misma palabra: representación. Por un lado, política y, por el otro, literaria.

En primer lugar ¿cómo representar una voz de mujer siendo varón? Es pertinente echar mano al artículo de C.E. Feiling “Una mujer a medias” (1997) en donde postula que Ezequiel Martínez Estrada en 1956 creó el primer personaje femenino pleno de la literatura argentina en su nouvelle Marta Riquelme, nombre extraído de un relato de William Henry Hudson del mismo nombre. Hay un problema: ninguna tiene voz. La de Hudson se convierte en pájaro, es una especie de cautiva o mujer salvaje; la de Martínez Estrada una joven de alcurnia que escribió unas memorias que relatan una conducta impropia para su clase. Ambas están narradas por la voz de un hombre. La Beatriz Viterbo de El aleph de Borges también. Lo que encuentra el narrador, también varón, son unas cartas “obscenas” de Viterbo. Feiling da un cierre irónico a su argumento: “…el protagonista . . . sufre lo que quizá sea una alucinación: que las mujeres tienen sus propios deseos, que son personas y personajes plenos con independencia de los hombres.”

Jellyfish va en esta dirección, al menos literariamente, ya que da cuenta de un cambio (un varón ha creado un personaje femenino pleno que narra un aborto, es decir, en este caso, una decisión autónoma). Políticamente, el asunto se complejiza. ¿Para qué un varón “denunciaría” las condiciones de abortar en la clandestinidad (en una ficción, para peor) cuando ya hay mujeres en las calles, las instituciones y los medios de comunicación que levantan esta causa?

El problema de asumir la voz de otra persona para dar cuenta de cómo no se respetan sus derechos o no tiene representación política (un paradigma argentino: Martín Fierro) consiste, justamente, en que no es la otra voz la que aparece en el texto. Como en los medios masivos, surge la sospecha de que todo no sea más que una puesta en escena, una operación. Pero ¿hubo realmente una voluntad directa de Godoy de representar la voz de una mujer, que valdría por todas las que abortan en la clandestinidad como consecuencia de una decisión y de la falta de un Estado que vele por ella?

Unas últimas incomodidades: según Godoy, el libro también funciona como un manual para abortar con Misoprostol pero con “un contexto” (la vida de Yakie). Los manuales para abortar con pastillas (así los conocía este reseñista antes de llegar a los 20) existen hace mucho tiempo. ¿Tal vez sea un modo de justificar su libro, en las antípodas de lo que César Aira dijo en 1982 (“Nunca usaría la literatura para pasar por una buena persona”)?

Por supuesto que Jellyfish es un libro “sobre” el aborto, pero también las vivencias y el destino de Yakie, con o sin afán de “comentar” un asunto. Difícilmente Jellyfish pueda brindarle algún dato o experiencia a alguna mujer o, para seguir con la lengua del ahora, persona gestante. ¿Y si Jellyfish, en su carácter de ficción, buscara, de modo solapado, solo algunos varones dispuestos a abrir sus páginas? En definitiva, Jellyfish difícilmente funcione como un espejo en el que confirmar lo que ya sabíamos sino, más bien, para captar detalles que se nos pasan por el rabillo del ojo y, voluntariamente o no, evitamos ver.

 

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Carlos Godoy (Córdoba, 1983) publicó varios libros de poemas, entre los que se destacan Escolástica Peronista Ilustrada (2012) y El indio salario (2017), que reúne todos sus trabajos poéticos. Es autor además del libro de relatos Can Solar (2012), la novela La construcción (2014) y el libro de ensayos Europa (2017).

 

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