La Chica de Eugenio Previgliano

Hay gente que mira al sol todos los días

LITERATURA
1 de septiembre de 2020

Libro: La Chica (2019)
Autor: Eugenio Previgliano
Editorial: Casagrande
Texto: Marcelo Bonini
Podcast: La Canción del País

 

Por Marcelo Bonini

En momentos inesperados, con mayor o menor intensidad y desde la primera página, el narrador de la nueva novela de Eugenio Previgliano se pregunta dónde estará la chica que da título al relato, si la habrán matado. Ese interrogante insiste mientras el protagonista-narrador está preso en un calabozo e incluso cuando es liberado. No hay, con precisión, fechas, lugares o nombres propios de la época en los que el relato se desenvuelve.

Qué fácil sería escribir “La chica, trata sobre la última dictadura cívico-militar en Argentina”. Así, quien leyera esa frase recibiría una afirmación categórica regida por la tiranía que propone la preeminencia del argumento en el ámbito de la narración. Además, una frase de ese talante reduciría la escritura del autor —su inevitable apuesta subjetiva— a un proceso histórico que ya hace tiempo se ha convertido en un topoi (tema y argumento recurrente para ganar la atención de la audiencia). Pero, claro está, el período 76-83 sigue estando allí y no hay nada ni nadie que vete la posibilidad de escribir sobre él, aunque se impone advertir que implica una ética —qué hace consigo la persona que decide escribir un poema o un relato— y un riesgo —que la memoria del Proceso de Reorganización Nacional se transforme en un lugar común, es decir, un cliché, un “contenido” cuyo valor radique en supuestas buenas intenciones—. 

Si bien La chica está impulsada por un componente autobiográfico, su régimen de lectura es el de la ficción. Como su materia es más la memoria que la experiencia (¿existe la experiencia en bruto?), esta condición supone una posibilidad creadora y no meramente un reflejo exacto de “lo que ocurrió” (la ilusión de exactitud no es más que esto: una ilusión). Como ya sabemos, el relato de la Historia se disputa en versiones: Previgliano presenta la suya mediante una serie de impresiones mínimas y más dudas que certezas. A la altura de la página 75, el narrador asevera: “el análisis político no es lo mío: no entiendo”. Por supuesto, las dudas no lo eximen de sentar posición: “Estoy en contra de la guerrilla” (p. 45).

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A contrapelo de otros relatos y discursos sobre la misma época, el autor ha decidido construir una imagen no monolítica, un punto de vista no exento de cierta incomodidad y un registro en el que tanto la épica como el patetismo están ausentes (“no hay épica gloriosa de la resistencia”, p. 110). Pero el no entender, o no entender del todo, no expulsa al narrador del saber sino que lo impele hacia allí a través de una reconstrucción ficcional de sus avatares como ex preso político, ya que, como dicen unos versos suyos, “fui estudiante/ actor/ pianista/ aspirante a poeta/ ingeniero/ y por el resto de mis días/ ex detenido desaparecido” (Alcohol para las heridas, Ciudad Gótica, 2004).

Como cuenta el protagonista, ha sido ex militante de la UES y, para la época de su detención ilegal —tiene 19 años—, ya no tiene vínculo alguno con la agrupación de estudiantes secundarios de filiación peronista —vínculo que mantuvo con relativo convencimiento de su participación— y ninguno con  grupos armados. Entonces, ¿por qué está preso? En la narración de su paso por el calabozo asistimos a los diálogos entrecortados y ambiguos entre los presos, algunos de los cuales se hacen la misma pregunta. Otro interrogante surge cuando es trasladado a la cárcel de Coronda: ¿hay menos o más peligro? También se cuentan, por ejemplo, las tretas del débil: el pan que sobra de la comida que les dan se desmigaja y se tira por el inodoro. Si sobra y lo devuelven, saben que habrá menos o nada de pan la próxima comida. En medio del cautiverio, se genera así una pequeña economía política de supervivencia.

Por último, no es posible quedar indiferente ante la forma de libro: no solo la narración no es lineal (el tiempo de los hechos va y viene sobre el tiempo del relato) sino que está compuesto, en su mayoría, por breves entradas enmarcadas en el blanco de los espacios de la página, algunas de ellas acompañadas por notas que distancian aun más la experiencia del relato. La nota dos, dispuesta en la página trece, narra un triunfo personal en medio de un clima de derrota: el mismo día en que el narrador es liberado de su cautiverio, se pone ropa realmente limpia, come con cubiertos de verdad, se hace pasar por su hermano mayor para visitar a su hermana presa y, con “una dedicación digna de causas más justas”, se pone a estudiar todas las partituras de El clave bien temperado de Bach. Allí, entonces, apenas comenzada la narración, se nos comenta, casi como al pasar, el final de la detención ilegal del protagonista, quien lo celebra ejercitando su pasión musical como un conjuro personal contra las injusticias vividas.

 

 

Eugenio Previgliano (Rosario 1958). Es egresado del Instituto Politécnico Superior y se recibió de Agrimensor en la Universidad Nacional de Rosario. Trabaja como agrimensor y docente investigador en Física Biológica. En las décadas de 1980 y 1990, participó en algunas obras de teatro tocando el piano y el saxo. Además de cuentos y poemas en varias antologías, publicó los libros de narrativa Los territorios de Bibiana y otros lugares (Gauderio, Rosario, 1993), La pelea (Ciudad Gótica, Rosario, 2006), La tierra perdurable (EMR, Rosario, 2013) y los de poesía Alcohol para las heridas (Ciudad Gótica, 2003) y La cuerda (Editorial del Pasaje, Rosario, 2015).

 

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