Cuaderno de V, de Virginia Ducler

“Estoy recordando y diciéndome cómo hizo esa nena para sobrevivir”

LITERATURA
25 de noviembre de 2019

«A partir de que empecé a recordar, empecé a escribir. El recordar y el escribir van de la mano en la construcción de esta novela» cuenta Virginia Ducler a propósito de “Cuaderno de V” (Mansalva, 2019). Basado en su propia historia, el libro avanza a través de la voz de Vica —sobrenombre de Dziewica (virgen, en polaco)—, la narradora y personaje que a sus cuarenta y dos años recuerda un abuso sexual sufrido en la niñez de parte de su padre y desde allí intenta canibalizar su pasado con la intención de construirse. «Hace poco se me ocurrió un paralelismo con Hamlet –dice la autora–. Escribir esta novela es una manera de seguir siendo… de ser». 

En la entrevista con La Canción del País Ducler habla sobre los puntos de contacto entre vida y obra, del carácter sanador de la literatura y de lo que generó la novela en los lectores. Habla de escribir con el cuerpo. De escribir brotada, influenciada, sola. Del cansancio enorme para lograr una frase. De buscar la voz propia, encontrarla y después publicar. De cómo hacer para que la escritura toque el cuerpo de las personas. Del peso real de los sueños y darle cauce a las pesadillas. Del horror que puede llegar a ser una familia; del silencio y la negación, pero también del contexto que forjaron las luchas feministas para poder recordar y hablar. La autora de “Los zapatos del ahorcado” (Ediciones Revólver, Barcelona, 2015) y “El Sol” (Editorial Casagrande, 2016) reflexiona sobre los géneros y conceptos que denominan las formas de escritura en el presente y aportan un acercamiento a su trabajo: Ficción, Autoficción, No Ficción y Autobiografía. En algunos tramos de la charla Ducler piensa su escritura a partir de Flannery O'Connor, Borges, Robbe-Grillet y Barón Biza.

“Cuaderno de V” empieza así:

      «Una noche soñé que mi madre le lavaba la camisa a la muerte. El sueño fue así: yo estaba con mi familia en la mesa de un bar. Mi familia, mi círculo biológico más íntimo: mis padres, mis hermanos, mis dos hijos, y yo. La mesa en la que estábamos sentados daba a un gran ventanal a la calle, una típica calle céntrica de Rosario. Yo miraba hacia afuera y vi a un ser con capucha pasar en bicicleta. Me llamaba la atención que debajo de esa capucha no hubiera nada. No había rostro bajo la capucha. Era una presencia que era una ausencia. Miren, dije, esa que va en bicicleta es la muerte. Todos miraron. La bicicleta se detuvo, y vimos a ese ser ingresar a un negocio que estaba frente al bar. Enseguida salió caminando con la misma capucha, pero ahora tenía el rostro de un hombre taciturno. El hombre cruzó la calle y entró al bar. Era la muerte. Yo advertí del peligro a toda mi familia. Es la muerte, les dije, no lo miren, no le hablen. Si se acerca, miren para otro lado. Busqué a mi hija, que en el sueño era muy chiquita y andaba caminando entre las mesas.

La senté en mi falda. Cuando la muerte pasó por nuestro lado, mi madre notó que tenía sucia una manga de la camisa. Entonces se paró y le dijo: Tiene la camisa sucia, ¿quiere que se la lave? Entonces entró al baño con la muerte. No hubo forma, no hubo forma de impedirlo. Ella entraba al baño con la muerte.
      Me desperté muy angustiada a las tres de la mañana.
      Dos semanas después mi mamá murió de un paro cardiaco».


¿Cómo fue escribir Cuaderno de V?

Esta novela salió entera. Es como si se hubiese escrito sola, como si yo no la hubiese escrito. O como si esta novela hubiera crecido en mí durante toda mi vida. Lo que pasa es que la escritura de esta novela ya me encuentra con una práctica de toda la vida en la narrativa, entonces salió con forma de novela. Después acomode algunas cosas, corregí un poco, taché repeticiones. La escribí  y al año la corregí. Pero se me mezclan los tiempos. No recuerdo bien porque fue una época que estuve como dormida. Solo recordando y buceando en mi infancia. A partir de que empecé a recordar empecé a escribir. El recordar y el escribir en la construcción de esta novela van de la mano. En 2016 mi hermano recordó un abuso sexual en la infancia y a partir de ahí empezamos a hablar, hablar y hablar, y yo empiezo a recordar también. El 3 de noviembre de ese año les fuimos a hablar a mis padres, a decirles "nos acordamos de esto". A partir de ahí no nos hablaron nunca más. Fue tal cual como digo en la novela, con las flores, todo igual. Y al año me llega la demanda por calumnias. Puedo errar en los tiempos porque fue muy confuso todo lo que pasó en estos tres años. Al poco tiempo de que sale la novela tuvimos una audiencia de conciliación en donde no hubo conciliación. Después de eso hubo una audiencia preliminar a la que él llego tarde y por lo tanto no se hizo. Ahí llega con mi libro en la mano insultándome. O sea que lo leyó al libro. Hace poco se me ocurrió un paralelismo con Hamlet. Hamlet representa la escena del tío que sucede en el trono a su padre luego de muerte y que se casa con la madre de Hamlet. Entonces la sombra le dice a Hamlet cómo fueron las cosas; que al padre de Hamlet lo mató su hermano, el tío de Hamlet. Entonces él representa esa escena, que era el loquito al que todos van a ver. Y de acuerdo a la reacción del tío se iba a determinar si eso ocurrió o no ocurrió. Y el tío se delata ahí. En mi caso fue muy parecido. Porque él acababa de leer el libro, se ve que no había dormido y llegó a esa audiencia totalmente loco, a los gritos, (Ducler exhala como sacándose el peso interno)… Fue tremendo. Bueno, y en Hamlet a partir de ahí se desata toda la tragedia. Y es tal como Hamlet, Ser o no Ser, esa es la cuestión. Porque recordar y hablar es ser. Seguir manteniendo el silencio es no ser. O sea, escribir esta novela es una manera de seguir siendo… de ser.

La salida del libro vino acompañada de tu declaración de que  la novela está basada en el abuso sufrido en la infancia. Quisiera preguntarte sobre una posible lectura que habla de cómo funcionó o cómo se leyó en el contexto en que estamos, de reivindicaciones feministas, de destape de muchos casos de abusos ¿Cómo te cayó eso?

No sé en qué clave se lee la novela. Pero sí sé lo que pienso yo sobre este tema. Sin estos movimientos de mujeres que están tan presentes ahora no sé si hubiese podido recordar. No digo hablar, ni siquiera recordar. Al saber que hay una escucha, una contención, es más fácil soltar la palabra y soltar la memoria. Si no yo estaba totalmente sola. Si hubiera recordado hace diez años me decían que estaba loca. Primero mi familia y después la sociedad. Bueno, para mi familia estoy loca. Pero encuentro esa escucha social que es muy importante. Y creo que cualquiera se puede sanar. Pero también siento que esta visibilidad que hay ahora respecto a todos estos temas es un arma de doble filo, porque también hay una victimización de la víctima. En esta época han salido libros como “¿Por qué volvías cada verano?” de Belén López Peiró que habla de un abuso en la adolescencia, pero ella siempre lo tuvo presente, en cambio en mi caso estaba en amnesia eso. Y si hay algún mensaje en esta novela es que hay herramientas para sanar. Yo tengo la literatura. Otras personas tiene otras, pero todos tenemos. Recibo muchos mensajes de mujeres. Esta novela inesperadamente ayuda a otras a mujeres a despertar esa memoria. Una chica de Buenos Aires me dijo que le enseñe a recordar, que para ella funcionó como un manual para recordar. Entonces qué onda, tiene muchas aristas. ¿Es un manual de autoayuda? Por supuesto que no hay en la novela una intención al estilo de "cuál es la intención del autor" como te preguntaban en la secundaria. A priori no hay ninguna. Yo no tengo ninguna intención cuando escribo. Sin embargo el mensaje último es luminoso y sanador me dice mucha gente.

Ahora que decís que tenés a la literatura para sanar, en el libro hay una escena muy tierna en donde a los siete años pensaste que ibas a contar lo que te pasaba, y hace un par de años en la nota que hicimos en la radio, cuando aún eras inédita nos dijiste que a los cinco años te habías dado cuenta que querías escribir. ¿Pensás que ese descubrimiento temprano tiene que ver con tu necesidad de contarles a los demás lo que te pasaba?

¡No te puedo creer! Lo que pasa es que mientras escribía la novela entendí muchas cosas. Yo pienso cuando escribo. La escritura es una manera de pensar, de estar en el mundo. Y escribiendo esta novela de alguna manera, confirmé eso que ya sabía. Mientras escribía esta novela me acordé que cuando tenía ocho años me senté en un canterito de un departamentito de planta baja donde vivíamos en ese entonces, en calle 9 de Julio, y como mi madre no me había creído lo que le dije, ante ese fracaso pensé "cuando sea grande se lo voy a contar a todo el mundo". Y pensé "¿cómo se lo voy a contar? Ya sé, lo voy a escribir muchas veces y lo reparto". Y es lo que hice con esta novela. Entonces lo que digo ahí es cierto. Es en vano decir esto pasó, esto no pasó, esto es ficción, esto no es ficción.

Otra forma de recordar fue a través de los sueños…

El primer sueño lo soñé en el 2013 y lo encontré escrito cuando estaba escribiendo esta novela, entonces dije "qué bueno para comenzar", porque en ese sueño está todo. Por eso me gustó estructurar la novela en sueños en vez de capítulos. O los sueños operan como capítulos. Siempre partiendo de esa idea de que escribir es como soñar. Freud habla de condensación y desplazamiento como las dos figuras que operan en los sueños, que son metáfora y metonimia. Y en la escritura funcionan los mismos mecanismos. Yo sueño despierta. De hecho no recuerdo mucho mis sueños. El segundo y tercer sueño no los soñé dormida pero si despierta, son imágenes que me asaltan y son oníricas. Es que el sueño también es real, tiene tanto peso como lo real. Pero ese primer sueño lo entendí tres años después. Lo anoté y lo entendí tres años después cuando empecé a escribir la novela. Entendí por qué la muerte llevaba capucha, entendí todas esas cosas. El uso de estos dos mecanismos (condensación y desplazamiento) me da la libertad por ejemplo de ponerle a una vecina la cara de mi tía. O la voz de mi tía a una prima. Superponer aspectos de distintos personajes. La escritura es un lugar de libertad. De hecho Vica a los cinco años, antes de saber escribir, habla del primer encuentro con la escritura. En un asado familiar una chica había escrito en el  interior de la tapa de una caja de zapatos un poema. Eso me pasó y quedé muy impactada. El poema terminaba diciendo "quiero volar volar volar". Entonces ahí asocié la escritura con la libertad porque se podía escribir en cualquier lado, incluso en una caja de zapatos

¿Y para reconocer el motor de tu escritura además de lo que me contás, eras lectora de chiquita?

De chiquita no. Mi primer libro completo lo leí a los 11 años. “Mi planta de naranja lima”. Fue impresionante. Eso dejó una huella. Fue el primer libro completo que leí. Y después era muy dispersa. Recién me convertí en lectora a los 17 años aunque había leído un par de cositas. Pero ahí entendí que eso me iba acompañar durante toda la vida. Que eso era lo más importante.

¿La lectura o la escritura sentiste que te iba a acompañar toda la vida?

Y…van de la mano, porque siempre escribo a partir de lecturas. Cualquier lectura. Fundamentalmente leo literatura pero también textos sagrados de India, leo la Biblia, leo a San Agustín. Escribí una nouvelle a partir de un libro sobre física cuántica. Digamos que leo para escribir. Leo como escritora. Si me motiva escritura el texto que estoy leyendo lo continúo y si no lo dejo. Y mi manera de comprender lo que leo es escribiendo. Escribiendo creativamente, no escribiendo crítica sobre el texto.

En la entrevista que te hacen en Infobae junto a Thelma Fardin y Belén López Peiró Belén dice: “Me empecé a empoderar lentamente en el marco de un taller de Gabriela Cabezón Cámara en el que mi palabra no era ni más ni menos importante por ser abusada; lo que escribía se evaluaba por su literatura, por la cadencia de la prosa y no por la gravedad de la historia, así me sentí habilitada para contar lo que me había pasado, pero a la vez para apropiarme de las herramientas literarias y hacer una no ficción” ¿Qué pensás al respecto?

Me parece que es un trabajo muy interesante el de Belén. Es una novela polifónica en la que en determinados momentos encontré a una escritora ahí. Encontré una narradora de verdad. Omite todos los nombres. Transcribe documentos judiciales. Yo ahora estoy escribiendo la segunda parte de Cuaderno de V, que es No Ficción. Porque ya no tengo necesidad de cambiar los nombres. En ese momento necesité tomar distancia y por eso cambié los nombres. En la novela se dice eso, que la protagonista se tenía que llamar Virginia, porque hay un margen de incorruptibilidad, es una eterna virgen, le pasa de todo pero no se corrompe el personaje. Y no le podía poner Virginia, sobre todo porque le tenía miedo a mi padre, de que haga alguna acción. De hecho después la hizo, pero la acción de mi padre fue antes de que salga la novela. Simplemente por haber hablado. El me demandó por calumnias. Entonces como tengo antepasados polacos busqué Virgen en polaco y encontré esa palabra rara Dziewica y me gustó. Pero en la segunda parte no voy a cambiar los nombres. Será No Ficción, aunque nunca escribí No Ficción. Me gusta más la ficción porque uno puede...la vida tiene hilachas, es desprolija la vida. Porque el tiempo de una vida es muy largo, es siempre desprolija y hay cosas que no cierran en la vida. Entonces me gusta hacer un recorte y emprolijarla, sacar las hilachas, y cerrar episodios, peripecias. Eso es lo que se hace con la ficción, se acomodan las cosas.

La novela trabaja en torno al hecho real del abuso que se impone con tanta fuerza, a pesar de los silencios, y tu tono va (o viene) desde un realismo que incorpora otros recursos como los sueños, las voces de la niña y de la mujer adulta, una presencia de lo poético, ciertos pasajes más alucinados ¿Cómo encontraste ese tono?

No se puede no ser realista para narrar eso. Pero la novela está sostenida por grandes metáforas, esta ficción es un instrumento que me sirvió para narrar eso tan difícil de decir y de decirme. Utilicé el recurso de la ficción para poder decir eso. Una de las metáforas es la muerte de la madre, porque mi madre no murió, al final se terminó muriendo mi padre, cosa que me shokeó porque yo no esperaba eso, se murió hace casi dos meses. No me alegra, me conmueve, pero bueno...me genera muchos sentimientos. Y el abuso en sí, toda la infancia es totalmente realista y es No Ficción, salvo algunos detalles y nombres cambiados. Porque del abuso no se puede construir una metáfora. Se impone con tanta fuerza que es imposible construir una metáfora con eso.

Leyéndote me daba la sensación de estar en presencia de una voz nueva, que se iba haciendo, me parece que probablemente tenga que ver con tu búsqueda formal pero también con el hecho vivido, que te habilita a una percepción muy personal.

Puede ser eso, pero sabés cuál fue una lectura clave para mí, para escribir esto, el libro de Barón Biza “El desierto y su semilla”. Yo la leí bastante antes de escribir mi novela y me impactó muchísimo. Él escribe utilizando la vida como materia prima para construir una ficción, lo que yo empecé a hacer después. Sus padres tenían una relación muy violenta, cuando estaban firmando el divorcio con abogados, el padre le arroja un ácido a la madre que le borra completamente las facciones, la desfigura, y luego de eso el padre se suicida. Entonces de ahí en más, la vida de él que tenía unos 19 años, va a ser acompañar a la madre a distintos centros de cirugía plástica para reconstruir su rostro. Cuando me encuentro con eso digo "ah se puede hacer esto". Entonces me habilitó, como me pasó hace muchos años con Kafka, con Proust, con Felisberto Hernández, escritores que son mis grandes maestros. Encontré un referente muy importante.  Y existe el arte. Es darle una voz a aquello que ya no puede decirse. En esta novela narré con el cuerpo.

Un trabajo inmenso…

Antes yo sentía que mi escritura era fría, no en los últimos textos, un poco más atrás. Borges por ejemplo es frío, salvo determinados momentos de La Intrusa o en las poesías, pero por lo general es un narrador frio, brillante pero frío. Entonces yo decía "cómo hacer para narrar y conmover, cómo hacer para que la escritura toque el cuerpo de las personas", y esta novela sin proponérmelo toca los cuerpos, porque la gente me dice “estoy temblando”, “acabo de leer la novela y estoy llorando”, “tuve que dejarla porque no puedo respirar”. Y entonces me pregunto por qué logré eso. Hace poco leí un texto de Flannery O'Connor sobre el cuento, sobre su escritura. Ahí ella habla de la sorpresa del lector. Su cuento “La buena gente de campo” es sobre una mujer que vive en el campo con su madre, huérfana de padre, y que es filosofa y tiene una pierna de madera. Un día las visita un vendedor de biblias, y este vendedor que era muy humilde, que no tenía mucha educación la seduce, ella no había estado nunca con un hombre, entonces se van hasta un granero, se suben a un entrepiso y él le pide su pierna de madera, ella se la saca... ¡y el tipo se va corriendo con la pierna de madera!. Entonces eso genera una sorpresa muy grande en el lector. Y Flannery se pregunta cuál es el secreto, por qué genera sorpresa en el lector, y es porque el escritor se sorprendió mientras lo escribía. Flannery se entrega a ese devenir de su escritura en la que de algún modo ella queda afuera. Queda suspendida la conciencia y eso se escribe solo. Llega un momento que eso va a pasar. En mi novela me pasó eso, me fui sorprendiendo tanto como el lector. Porque yo me fui angustiando y quedándome sin respiración como le pasa al lector. Todo lo que la pasa al lector con esta novela me pasó al ir escribiéndola. 

¿Te dejás llevar sin rumbo al escribir, se percibe como una soltura?

Pero tengo que tener presente el final. Cuando sé a dónde voy la novela se escribe sola. Tenía el final, la frase del Martín Fierro: “Y aquí me despido yo. Que he relatao á mi modo. Males que conocen todos. Pero que naides contó”. También tenía la carta al hermano. Y con esa carta se resignifica toda la novela. Pero escribo también como soñando despierta. La conciencia está como suspendida, mira todo lo que pasa, es como una madre que cuida a sus hijos y va acomodando más o menos, pero no decide. Se escribe desde otro lugar, desde un lugar muy profundo.

¿Cuál es ese lugar?

Tal vez es algo, un lugar al que se llega por medio de la meditación por ejemplo. Ese lugar es el silencio en realidad. Entonces siempre se crea algo nuevo a partir del silencio. La conciencia no es que no está, sino haría escritura automática, surrealista, como ya tengo una práctica de escritura, la conciencia va más o menos acomodando las cosas. Pero tiene un rol secundario. No es una novela escrita con la mente. Las veces que escribí con la mente no me convencieron tanto esos textos. También he pasado por ahí, porque es un ejercicio escribir. Pero antes sentía que mi escritura no estaba lo suficiente madura para ser mostrada. Y está bueno que haya pasado, porque me hubiera arrepentido si hubiera publicado más joven. Escribir escribí siempre, publiqué algunas cosas sueltas, pero como Agustín Alzari conocía muchos textos míos, él sabía que iba a publicar entonces le gustó la idea de hacerme la nota en la radio como escritora prolífica e inédita. Tenía mucha mucha obra pero no había golpeado puertas de editoriales, ni sabía cómo era eso, estaba más preocupada por crecer como escritora para adentro, y sabía que en algún momento iba a mostrar eso.

¿Y con los cuentos de Los zapatos del ahoracado y las nouvelles de El Sol sentiste que era hora?

Sí,  sentí que encontré una voz. Ya había una voz narrativa. Porque cuando uno escribe generalmente pasa que necesita mostrar porque no está muy convencido. Viste que cuando no estás muy maduro, me parece que debe pasar en todo, no sabés si lo que hiciste es una genialidad o una porquería. Cuando es así es porque le falta, me di cuenta de eso. Y cuando sentís que está, no es que sea una genialidad, es la voz que más te nombra, llego un momento que encontré esa voz, y la encontré de grande, a los veintipico o treinta no la encontraba. Lo sentí con El Sol, y con una novela que se llama "Solo soy uno que llora", que escribí más o menos hace diez años y que va a salir el año que viene en UNR Editora.

¿Seguís teniendo muchas cosas inéditas?

Estoy escribiendo 4 nouvelles a la vez, porque la nouvelle es un formato que me resulta muy cómodo. Dos ya las tengo casi terminadas y quiero dos más. Están escritas a partir de los 4 elementos (Agua, Aire, Tierra, y Fuego) y tengo una que se llama "Cómo se adhiere el fuego" y otra "Debe ser el viento". Los elementos están en el título y están tematizados de alguna manera, pero no ocupan un lugar central en el hilo narrativo.  Y también se viene la segunda parte de Cuaderno de V en No Ficcion. Para esa falta, quizás me lleve un año más. Pero “Solo soy uno que llora” la escribí hace como diez años y ahí ya está como cocinándose esta novela, Cuaderno de V, porque son dos ramas de una familia enfrentadas por cuestiones económicas en una quinta de Roldán. Ahí ya empecé a trabajar con la vida como materia prima para escribir. Está toda mi familia, total ya no tengo miedo de que se enojen porque no me habla más nadie. Salvo uno de mis hermanos que recordó conmigo. Los demás, tías, primas no me habla nadie. Mi viejo se murió, mi vieja no me habla, no tengo nada que perder. Mi tía en la vida real trató de convencerme de que lo que conté era síndrome de falsos recuerdos, entonces me pareció que estaba bueno ponerlo en boca de una psicóloga. La literatura te permite hacer esas transposiciones. Tenía una frase de cabecera que es de Robbe-Grillet que dice "el escritor genuino no tiene nada para decir tan solo posee una forma de hablar". Encontré esa frase y pensé que hablaba de mi actitud como lectora y como escritora. No me importa lo que digo, sino la forma, me interesa más la voz, pero en esta novela sí tenía algo para decir, por eso es distinta a lo otro.

¿Pero no hay que tener algo para decir por más que no tenga que ver con uno al escribir?

Pero ese algo para decir es una excusa, que después te puede llevar por caminos pensados. A lo mejor quiero hablar de mi abuelo y término hablando de cualquier otra cosa que yo no me imaginé, ahí está lo de Flannery O'Connor, uno se va sorprendiendo de los atajos que va tomando la escritura. En esta novela también, porque iba recordando a medida que escribía. Tal como dice en la novela. Me acostaba y me levantaba, estaba toda brotada, lo escribí con el cuerpo a esto. Me producía un cansancio enorme escribir una frase. Entonces escribía y me acostaba. Fue así la construcción. Es maravilloso, casi mágico. Cómo va confluyendo todo lo de tu vida y lo escrito porque es lo que se necesita en ese momento. Es como construir un objeto con restos, con basura, con cosas que tenés en tu casa. Entonces vas buscando una cosa de acá y otra de allá. Hay un montón de elementos que a lo mejor fuera de la escritura de este texto están en estado latente, ni te las acordás que los tenés. No me acuerdo de nada hasta que lo necesito para poner ahí.

Es una especie de invocación de la escritora...

Sí, yo creo que del artista en general. Del arte en general. Eso es hermoso, porque es construir mundos, construir un objeto que antes no estaba en el mundo. A partir de lo dado, de lo que ya tenés.

¿Cómo conectás tu novela con las nominaciones en torno a “Literatura del yo” o el material autobiográfico? Vos narrás en primera persona…

En general me resuelta cómoda la primera persona. Acá para narrar en primera persona tuve que cambiar los nombres, tomar distancia desde otro lugar, porque en la primera persona hay una cercanía muy grande. Pero en la novela “Solo soy uno que llora” que es muy autobiográfica necesité pasarla a tercera persona. Eso depende del texto, no sé de qué depende elegir la primera, segunda o tercera persona. Para mí toda escritura es autobiográfica. A veces hay mayor o menor desplazamiento pero siempre es autobiográfica. Y toda autobiografía es ficción también porque dónde está el borde, cuál es el límite. En la otra novela que escribo, “Debe ser el viento”, que es una nouvelle de desamor, en donde la narradora le habla al objeto de desamor que ya murió, está  narrada en segunda persona. "Anoche me llamó Marcela para decirme que te moriste", empieza así. La primera persona le da al texto cierto matiz de secreto, como que te están susurrando un secreto. Hay más intimidad en la primera persona. Hay un género que se llama “Escritura del yo”, existe el término “Autoficción”, que a mí me gusta mucho ese concepto. La primera vez que lo escuché fue con una nota de Beatriz Vignoli a raíz de La Dispersión (relato que integra El Sol) porque a ella le gustó mucho, es más delirante “La Dispersión” que “El Sol”. Ella habló de autofcicon en la nota y me enteré que existía esa palabra y me parece que está buena para nombrar a este género. Es una ficción construida con materiales de la vida, de la autobiografía. Es una autobiografía ficcionada.  Fue muy terapéutico escribir Cuaderno de V, por eso el yo fue tan importante, porque estoy recordando y diciéndome cómo hizo esa nena para sobrevivir. Me estoy enterando ahí a medida que lo escribo. Entonces el yo tuvo otra dimensión para mí. Que si lo contara en tercera persona hubiese perdido fuerza para mí.

¿El uso del yo literario transfigura tu yo como persona?

Sí claro, yo creo que mi escritura cambia a partir de esta novela, no va a hacer la misma.

¿Qué es lo que sucedió?

Es como si algo se hubiera desbloqueado. No sé para dónde voy a ir, pero cambia. Ahora estoy escribiendo No Ficción. Toda autobiografía es ficción en un punto. Pero el hecho de que sea No Ficción no invalida que haya una voz narrativa, de la que hablaba antes. Esa voz ya la encontré y no importa si narro en primera, en tercera, en segunda o si escribo Ficción o No Ficción, o Autoficción.

Algunos expresan que hay que ir en contra de esa voz propia por el peligro de que se vuelva cómoda, confortable. Es pensar cuánto tiempo se queda uno ahí como creador, para no repetirse o dejar de sorprenderse.

Yo siempre necesito cosas nuevas y sorprenderme con lo que hago y con lo que encuentro. Nunca me voy a quedar estancada. No veo una forma de escribir y de vivir...bueno, la escritura es una forma de vivir para mí, pero no veo una forma de escribir que sea repetirme a mí misma, estancarme. Por eso ahora estoy ensayando la No Ficción para ver qué sale de ahí, pero así y todo encuentro esa voz narrativa. Y a la vez estoy leyendo cosas que me despiertan hacia eso nuevo que no sé bien qué es.

En la novela la narradora va incorporando cosas a su vida que le abren las puertas de percepción, modos de conocimiento como la ayahuasca por ejemplo…

Si, de hecho en la demanda que me hace mi padre, que ahora la voy a incorporar a esta No Ficción que estoy escribiendo, habla una página entera de la ayahuasca, diciendo que yo recordé en un trance de ayahuasca. Primero que no fue así porque no recordé con ayahuasca. Él lo hace como defensa para mostrar que es todo un delirio lo que digo, pero no se basa en el libro, porque la demanda es anterior a la salida del libro. La demanda me llega como un mes antes de que salga este libro. Él no lo había leído todavía, pero usa ese recurso para decir que recordé en sesiones de ayahuasca lo de los abusos, y eso es falso. Acá ya estamos hablando de la vida, pero como te decía esta novela es inseparable de lo vital.

¿Escribís mucho durante tu día?

No, mirá, te voy a decir algo que me respondió una vez Aldo Oliva, yo le pregunté si escribía mucho y me dijo "no escribo mucho, pero escribo siempre". O sea, hay días en que no escribo pero igual siempre estoy escribiendo. Porque estoy leyendo como si escribiera. Es una actitud, es estar en estado de escritura. Bueno, hay periodos en que no estoy en estado de escritura. Cuando mejor estoy es cuando estoy en estado de escritura. Es como que me voy a vivir un tiempo adentro de lo que escribo. Me encanta irme a vivir ahí.

¿Trabajaste la escritura en torno al psicoanálisis?

Sí, me analicé pero nunca me ha servido mucho. Yo creo que si me analizara ahora que recordé, sería distinto. Pero imagínate, yo no podía sacar esto a la luz, todo esto era reprimido, imagínate que se reprime también todo lo otro. No podía recordar nada. Qué podés trabajar en psicoanálisis si tenés que tapar semejante monstruo. Entonces por eso no me sirvió mucho. Porque llegaba hasta ahí nomás.
 

Entrevista: Bernardo Maison

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