El autor publicó Flechazo

Entrevista a Luis Gusmán

LITERATURA
6 de diciembre de 2021

Por Marcelo Bonini

Luis Gusmán (Buenos Aires, 1944) es autor de una obra vasta y variada. Fue fundador, junto a Germán García, Osvaldo Lamborghini y Ricardo Zelarrayán, de la renovación vanguardista que supuso la revista Literal. Su primer libro, El frasquito, tuvo una intensa repercusión entre lectores y censores. Los últimos, en 1973, intentaron sacarlo de circulación, al menos materialmente. No solo narrador, sino además ensayista, Gusman ha publicado sus reflexiones literarias en libros como La ficción calculada, Epitafios o La literatura amotinada.

Flechazo (Emecé, 2021) es su nueva publicación. Con una respiración similar a la de otros de sus libros de ensayos, Gusman glosa tanto relatos y novelas como momentos de la vida literaria. Esos flechazos del título tienen modulaciones que dividen al libro en tres: encuentros, desencuentros y despedidas. Entre el amor, la amistad, la admiración y otras formas de vínculo humano, Gusmán desgrana momentos intensos en la vida de los personajes y escritores que son objeto de sus comentarios.

¿Qué pasaría si Oliveira no hallaba a la Maga en las calles de París? ¿Y si Carraway no aceptaba la invitación de su vecino Gatsby? ¿Puede un flechazo empezar con una palabra, como parece ser el caso de Rilke y Tsvetáieva? ¿Cuál fue el primer encuentro de Jean Rhys con Jean Rhys? ¿Y cuál el último objeto que vio Borges antes de despedirse para siempre de la visión?

No hay en Flechazo teoría alguna (¿cuándo comienza el amor, cuándo termina, por qué nunca empezó, por qué se acabó?) sino una colección de viñetas, un muestrario de posibilidades humanos en las que perdernos y, más aun, encontrarnos.

Acerca de la escritura de Flechazo: ¿empezó como otros de sus libros, es decir, como una especie de “valija de Frankenstein”?

Es muy buena la pregunta. Las tres instancias se superponen. Es un libro que podrían continuarlo otros. Quiero decir que es como si hubiera “inventado” un “relato interminable”: un registro, un blanco, donde se podrían ir agregando flechazos de otros autores, escritos por otros escritores. Otros encuentros, otros reencuentros, otras despedidas. Flechazos atravesados por otras citas de otras lecturas, es decir, otras tres maneras diferentes de encontrarse, reencontrarse y despedirse. Una especie de Scherezade. Relatos que se continúan para ser atravesados por otras flechas. El encuentro como momento de felicidad única, el destiempo del desencuentro, y para ese tiempo inexorable de la despedida que a veces coincide con el final de una historia de una vida, o de un día, elijo a como sucede en Ulises. El encuentro entre Esteban Dedalus y Leopoldo Bloom, el desencuentro entre Leopoldo y su mujer Molly Bloom, y la despedida de Paddy Dignam en el cementerio de Glasnevin en Dublín.

¿Qué encuentros, desencuentros y despedidas con la literatura lo marcaron a usted como escritor? ¿Hay alguno al que vuelva más seguido que otro?

Elijo el encuentro inolvidable entre dos compañeras de trabajo en el cuento de Dorothy Parker “Un millón de dólares”. El cuento relata que llega una empelada nueva a una oficina y con otra compañera que ya trabaja en ese lugar juegan a un juego que desde siempre se jugaba en ese trabajo: “¿Qué harías, sí heredarías un millón de dólares?” Sueñan con alhajas viajes, pieles. Hasta se enojan por querer cosas diferentes. Parece un desencuentro. Hasta que un día, las dos salen a caminar por la Séptima Avenida. Pasan frente a una vidriera de Tiffany: hay una joya brillante y valiosa. Entran. Las atiende un vendedor muy amable, le preguntan el precio. El anillo vale más que lo que recibirían de herencia. Vuelven al otro día a la oficina y vuelven a jugar. Solo que la pregunta ha cambiado “¿Qué harías si heredarías un millón de dólares?”

Desencuentros: en la gran novela de Joseph Roth La leyenda del santo bebedor aparece ese clochard perdido de nombre Andreas que deambula por París. De pronto, un desconocido a orillas del Sena le ofrece 200 francos y le sugiere que, cuando pueda, se lo devuelva a la Santa Teresita de Lisieux en la iglesia de Santa María des Batignolles. Andreas llega a la iglesia para cumplir la promesa ante la santa. Frente a la capilla se lleva con un gesto final la mano al bolsillo y exclama: “¡Señorita Teresa!”. Y cae muerto.

Despedidas: Mientras yo agonizo de William Faulkner. La madre, Addie Burden, moribunda, está acompañada de su hijo y del marido. Uno de los vecinos, mientras ella agoniza, está construyendo en el aserradero el féretro para esa muerte. No es una escena sórdida, sino con naturalidad, es casi cotidiana, como los tiempos y lugares que inventa Faulkner. Los personajes y el lector escuchan el ruido, el toc toc del martillo o de la sierra: parece una música sureña, un réquiem de despedida.

Ninguno de estos tres momentos está en el libro. En otro flechazo, como dije, habría que agregarlos.

¿Hay algún flechazo en su obra que le guste particularmente, si es que suele releerla?

Sí: en mi novela El peletero, el personaje, Landa, dueño de una peletería, se reencuentra con Rosa Comte y le regala un tapado de piel. Se encuentran en la casa de ella. Rosa está de tacos bajos. Acepta el regalo con la condición de que después de recibirlo, él se vaya. Landa solo le pide que se lo pruebe. Ella se muere de vergüenza. Acepta con una sola condición: que una vez que se lo ponga se despedirán. Rosa lo hace y discretamente esconde sus manos percudidas en los bolsillos de la piel lujosa. Como él le ha prometido, se despiden. Cuando se va él, ella se pregunta por qué se lo tomaron al pie de la letra.

¿Qué flechazo le hubiese gustado escribir o ya ha reescrito?

El de Molina y Valentín en El beso de la mujer araña de Manuel Puig. Tanta discreción y chisme, tanto pudor e impudor. Cuerpos desnudos y palabras veladas. Un erotismo entre los dos, hecho de gemidos y susurros entre esas cuatro paredes. Acechados por el amor y la sospecha. Finalmente, Molina sabe que en libertad, por amor, va al muere.

 

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