Editorial Biblioteca

El proyecto editorial de la Biblioteca Vigil en Rosario

LITERATURA
16 de agosto de 2022
 
"La Ciudad que yo inventé" son las segundas jornadas sobre literatura de Rosario que se realizaran los días 18 y 19 de agosto en la Biblioteca Vigil organizadas por el Centro de Estudios de Literatura Argentina de la UNR. La programación incluye conversaciones sobre el escritor Jorge Riestra, la presencia del río Paraná en novelas, cuentos y poemas, las editoriales de libros para las infancias, y la tradición de escritores de los años 1940 en la ciudad, entre otros tópicos. A continuación publicamos un texto sobre el sello editorial creado en la década del sesenta como parte del emblemático proyecto social y cultural de La Vigil.

 

Por Bernardo Orge

Editorial Biblioteca, biblioteca editorial

 

¿Qué queda de un proyecto editorial que se ve interrumpido? Un catálogo, desde ya, pero en el mejor de los casos también algo más. Porque así como los autores no escriben libros, unos cuantos libros no son de por sí un sello editor. Si entre el manuscrito y el volumen impreso intervienen amigos, editoras, correctores, gráficos, etc., un catálogo —que implica haber multiplicado todo ese proceso por un número x de títulos— se arma y se sostiene alrededor de una forma específica de concebir el trabajo editorial.

El sello de La Vigil se llama como se llama por un episodio de celo legal o genealógico. El vicio absoluto de Rafael Ielpi o los Poemas de Rubén Sevlever, por ejemplo, dos libros de 1966, llevaron como pie de imprenta el nombre completo del proyecto educativo y cultural de Tablada: “Editorial Biblioteca Popular Constancio C. Vigil”. Pero sus segundas ediciones, de 1968, ya lucen el mismo sello con el que saldrían En el aura del sauce de Juan L. Ortiz o Paraná, el pariente del mar: “Editorial Biblioteca”.

Raúl Frutos y Rubén Naranjo contaron la historia de esta escisión sin abundar en detalles. La relación de los responsables de la Biblioteca con los herederos de Vigil había sido siempre “muy cordial”. Por eso, cuando en 1965 se imprimió Oda al Paraná de José Carlos Gallardo, los editores rosarinos decidieron enviar algunos ejemplares a las oficinas de Atlántida, la empresa editorial de la familia. La respuesta ante su envío, dicen Frutos y Naranjo, “fue una citación en Buenos Aires”. En esa reunión, los Vigil y su representante legal les expresaron a los directivos de la Biblioteca “el deseo de que las ediciones futuras no tuviesen el nombre de Constancio C. Vigil, porque ello podría acarrear malentendidos e inconvenientes con muchas publicaciones de la Editorial Atlántida”.

La anécdota no deja de ilustrar la casi incompatible variedad de iniciativas que suele englobar el así llamado sector editorial con el pretexto de que todas se dedican a imprimir textos. Los jóvenes entusiastas e irreverentes editores de una biblioteca popular de una ciudad de provincia mandan su libro a unos poderosos empresarios de la capital y estos, ante la duda, dan curso a acciones legales. Ambas partes tienen sus argumentos, pero son argumentos inconciliables, porque persiguen objetivos diferentes.

El hecho, para retomar el punto de arriba, es que este episodio fortuito dio como resultado un nombre que describe como ningún otro podría hacerlo el sello de la Vigil y su concepción del trabajo editorial. Truncada, la rúbrica pierde las coordenadas concretas de la institución, pero gana en abstracción: de referencia meramente denotativa, como para salir del paso, adquiere el status de categoría. No se trata de una editorial como cualquier otra, se trata de una Editorial Biblioteca. A la vez que designa un emprendimiento concreto, es también definición de un conjunto, de un tipo particular de iniciativas editoriales, con características específicas. Como existen editoriales municipales, digitales y cooperativas, así como hay librerías editoriales, colectivos editoriales y clubes editoriales, hay también bibliotecas editoriales.

La Editorial Biblioteca fue una biblioteca editorial; y esto más que una ocurrencia es una precisión. Técnicamente, el sello fue una extensión del Departamento de Publicaciones de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, y su programa —probablemente el más importante del siglo XX llevado a cabo desde una ciudad del interior de Argentina— se forjó como una prolongación de los presupuestos que guiaban la actividad de la institución: una atención simultánea a los vecinos de Tablada, a los usuarios de la biblioteca en general y a una joven generación de profesores y graduados universitarios; principios asociacionistas de autogestión; la idea de que no existe proyecto de emancipación sin horizontalización de la cultura; la salida por arriba del malentendido que tensaba los polos, contradictorios solamente en apariencia, del rigor intelectual y la masividad. Estas características, que parecen presentes en clave ya en el momento mítico de la creación a mediados de los 50 de la Comisión de la Vecinal de La Tablada de la que surgiría la Vigil, son propias, también, de una biblioteca popular.

El pionero santafesino de los estudios sobre el libro y la edición Domingo Buonocuore escribió que “la manera de sentir y de pensar de una generación depende, en mucha parte, de sus casas editoras”. Es una frase esquiva. Por acto reflejo entendemos que son los libros editados por esas casas editoriales los que dan la nota de una generación. Más precisamente, que la decisión de lxs editorxs de publicar unos libros sí y otros no está moldeada por el espíritu de una época, que a su vez colaboran a moldear. Puede ser. Pero si hubiera querido decir eso Buonocuore podría haber escrito que “la manera de sentir y de pensar de una generación depende de los libros que publican sus casas editoras”, y no lo hizo. Tal como está formulada, la frase da pie para pensar que la esencia de un sello editorial no está dada solamente por la suma de los libros que publica, sino también por todo lo que hay detrás de ellos: un modo de hacer las cosas, una manera de entender la literatura y la cultura en general, ideas que se manifiestan en objetos y acciones concretas: publicaciones y movimientos, libros y formas de vida, de organización y de trabajo.

A veces los lectores o los propios editores acuñan una categoría para designar determinado tipo de proyecto, una etiqueta que intenta englobar algunas de sus características fundamentales: editorial independiente, editorial cartonera, editorial de autor… En ese tren nominalista, el sello de La Vigil sería a la vez caso y categoría. La Editorial Biblioteca fue y es una biblioteca editorial.
 

 

Lecturas
- Buonocore, Domingo, “A propósito de una nueva editorial en Santa Fe”, en El Litoral, 27 de julio de 1955.
- García, Natalia, El caso Vigil. Historia sociocultural, política y educativa de la Biblioteca Vigil (1933-1981), UNR Editora, Rosario, 2015.
- Naranjo, Rubén y Frutos, Raúl. “El genocidio blanco. Historia de la ‘Editorial Biblioteca’ de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, Rosario”. En Kauffman, Carolina (dir.), Dictadura y educación, tomo 3, Los textos escolares en la historia argentina reciente. Miño y Dávila, Buenos Aires, 2006, pp. 329-361.

"La ciudad que yo inventé". El programa completo de las jornadas miralo acá.

 

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