Los mejores días

El hit under de Magalí Etchebarne

LITERATURA
4 de febrero de 2020

Libro: Los mejores días, de Magalí Etchebarne. Texto: Lee el comentario de Marcelo Bonini. Audio: Escuchá la columna en la radio de Bernardo Orge, Marcelo Bonini y Bernardo Maison. 

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¿Pensará Magalí Etchebarne (1983, Remedios de Escalada, Buenos Aires) si es nueva, si es una escritora moderna? Según Walter Lezcano, Los mejores días es un hit under. Su primera edición de 2017 se multiplicó 5 veces más en menos de dos años. Sí, un hit (seis ediciones quieren decir repetición, circulación y ganas de compartir), pero under debido a su sello editorial, al material y ejecución de los relatos. Se trata de ocho narraciones breves con argumentos, sin antigüedades vanguardistas o soliloquios confesionales, que tienen la gracia de no evadir su carácter de cuentos pero, a la vez, se arriesgan a sostener un equilibrio precario entre el artefacto de la ficción y lo genuino, entre la apariencia, la referencia y la sinceridad. No hay sentimientos citados ni prefabricados. Al menos no a la vista.

El grueso de la nueva camada de narradoras y narradores que eligen las formas breves adscribe casi sin concesiones a un destilado de las ideas de Edgar Allan Poe y sus continuadores, pero filtradas mediante el alambique de la “ideología del taller literario” (Tabarovsy dixit) y las expectativas propuestas por la maquinaria de Netflix. Unos Poe & company de oficio ajustado y emociones de planilla de Excel. Si bien el mecanismo de Poe resulta adictivo, ya que nos hace querer llegar hasta el final de un relato, a la larga se desluce con su reiteración, en particular si quien escribe no tiene la buena fortuna de ser Poe. Refresquemos las ideas de Poe: foco en el argumento y la resolución mediante un golpe de efecto final, brevedad, concisión y economía de recursos. Gran parte de la “novedad” de esta camada tiene que ver más con su edad que con cómo escriben. Magalí Etchebarne debe estar más que al tanto de este asunto. No solo porque escribe relatos sino por su trabajo de editora en Random House, grupo dueño del 50 por ciento de la literatura publicada en castellano.

En nuestro país, toda una tradición se erige alrededor del cuento, sostenida por cultorxs de autorxs imposibles de obviar: Borges, Ocampo, Quiroga, entre otrxs. Arriesguemos una hipótesis: lxs lectorxs fanáticxs del género tienen la misma avidez que quienes escuchan, por ejemplo, cierto punk o rock con herencia de los 50 o 60.

Claro está que no es lo mismo Presley que Chuck Berry o los Ramones que Dos Minutos. A pesar de las diferencias (indudablemente las hay), subyace una fórmula cuya única aspiración consiste en repetirse con variaciones en pos de un estallido emocional construido previamente a partir del vaivén entre tensión y distensión. Los puntos altos de una melodía pop y el desenlace de un relato policial provocan una satisfacción y una adicción similares.

Estaríamos actuando de mala fe si quisiéramos vincular a Etchebarne con Carver, de largo y cansino influjo en lxs narradorxs de brevedades, solo debido a que en ambos se cuentan vidas y asuntos cotidianos (digamos la palabra mágica: realismo), patrimonio común de la humanidad. En Los mejores días se combinan historias familiares y de parejas en las cuales las protagonistas y narradoras mujeres priman, además de reaparecer en varios de relatos, lo cual le otorga, aunque difusa, cierta unidad a todo el libro.

Los relatos se mueven entre ciertas taras de la pequeñoburguesía universitaria post 30 (“trabajar desde casa es como no crecer” dice una narradora tiempo antes de pasarse una mano por su bombacha húmeda mientras sigue tipeando en su laptop) y las familias pudientes de la provincia de Buenos Aires, como en “Jinete inexperto”, que cuenta un triángulo amoroso con diferencias de clase y abre con un pertinente epígrafe de Babasónicos.

A diferencia de mucha cuentítstica, en Etechebarne hay una voz que narra, es decir, no solo leemos una lengua que apenas nos transmite información sobre el desarrollo de la trama, sino que hay una preocupación por cómo decir. La misma narradora en el relato “Capitán” lo pone en escena: “A diez metros de la casa corre el arroyo y si se avanza unos minutos a remo se llega al Paraná, que es el estómago de todo este nudo del que nuestra isla forma parte. El Delta se parece a la taza de leche en la que mi abuela mojaba los pedazos de pan. Pero no puedo decirle eso porque le parece una imagen de mierda, me exige que piense con calidad, que piense más, un poco más, no es esa la imagen, a ver, pensá mejor. El Delta es un sistema nervioso. Mierda. El Delta es como la cara de un prócer pixelada. Mierda. El Delta es un sarpullido. Mierda, mierda. El Delta es la huella digital de un gigante. Mejor”. Usa una metáfora no por el recurso en sí sino porque el contexto pide decirlo así, delinea un secreto pero solo lo indica, no lo revela, como si todo el libro nos dijese “allá hay un misterio” y “allá” fuese cualquier lado. Etchebarne parece atenta a su escritura sin implementar trucos, sin esfuerzo. No necesariamente una novedad, pero sí un modo distinto de relatar.

 

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