Los llanos de Federico Falco

El cultivo de sí mismo

LITERATURA
18 de marzo de 2021

Por Marcelo Bonini

Como desoyendo en parte aquellos versos publicados por Juan L. Ortiz en 1958 (“No estás tú también/ un poco sucio de letras y un poco sucio de ciudad?”), el protagonista y narrador de Los llanos se muda desde Capital Federal hasta Zapiola — “uno de esos pueblitos que nunca llegaron a ser del todo”—. Queda atrás, sí, la ciudad, pero definitivamente no las letras: nuestro personaje es escritor.

A diferencia del poema de Ortiz, no es la suciedad —acaso tanto moral como material— lo que da pie a la mudanza de Los llanos, sino una pena: el narrador ha sido dejado por Ciro, su ahora ex pareja, luego de siete años de relación y habiendo terminado de poner a punto el PH porteño que ambos compartían. Apenas nombrado en la novela, Fede —así, en diminutivo—, protagonista y narrador, no va en busca de “la virgen del aire”, como en “Deja las letras”, el poema de Ortiz. Su tarea, escandida en diez capítulos que van desde enero a septiembre, se va a concentrar en la tierra. Con no mucha pericia al principio, Fede se va a ocupar, entre otras labores, de la siembra, del regado y de la cosecha de la huerta de su nueva residencia en Zapiola.

Dejado por alguien de quien todavía estaba enamorado y luego de un tiempo de vivir de prestado en un departamento de una pareja amiga que finalmente lo pone en alquiler, Fede decide hacer de su intemperie emocional una intemperie también material. Embala sus libros, sus cuadernos y el resto de sus pertenencias y abandona la ciudad que, para él, ahora, es la cifra del abandono. En Zapiola lo esperan el calor, el frío, la lluvia, una distancia considerable de los negocios del pueblo, un único y hosco vecino cerca de su casa, la compañía intermitente de Luiso, quien arrienda una huerta cercana a la suya, y la extraña amistad con Wendel, un hombre en principio distante, dueño de un campo cuyo bosque fascina al narrador. Pero, fundamentalmente, lo espera el paciente ejercicio que supone plantar y sembrar una variedad de verduras con la aspiración de construir una pequeña economía de subsistencia. En su interior, el cuidado de la huerta esconde más de una posible frustración: las zanahorias destruidas por la helada, el exceso de acelgas y kale, que nadie en el pueblo quiere aceptar como ofrenda, o los brócolis que se niegan a crecer. De todos modos, la huerta también regala algunos placeres: los tomates chinos que se dan perfectos, las lechugas o, lisa y llanamente, la posibilidad de ocupar el tiempo desolado en el que se encuentra el narrador.

Cuando la ocupación del tiempo mediante los trabajos de la huerta se hace imposible a causa de del calor, la lluvia o la bajada del sol, esta se traslada a la escritura, la reflexión y al recuerdo, que no son más que otra forma de ese intento de autonomía e intimidad que los frutos del trabajo del campo que ilusionan al narrador. En medio de una doble soledad —la impuesta por Ciro, la elegida al mudarse a Zapiola—, la prueba que se le impone es la mencionada autonomía, el intento por cuidarse a sí mismo casi sin ayuda externa, ilusión rota, afortunadamente, por las figuras tutelares de Luiso y Wendel, quienes trasmiten, a cuentagotas, un mínimo de saber que salva al narrador de la fantasía extrema de la reafirmación del yo. No estamos, en definitiva, ante un relato propio de muchas ficciones escritas, a sabiendas o no, con el imperativo narcisista del discurso neoliberal. El confrontamiento con el paisaje logra que el yo no se expanda y adopte una actitud contemplativa o de interrogación.

El presente de la huerta, su léxico y su descripción minuciosa se ven intervenidos por los recuerdos del narrador: sobre Ciro, tanto acerca de su relación como su fin de, sobre la infancia y la vida familiar en su pueblo natal (Cabrera, provincia de Córdoba), el silencio que le impedía allí verbalizar su homosexualidad, el traslado a Buenos Aires y el comienzo de la circulación de su deseo. Se trata, en el fondo, de una especie de balance vital del pasado para integrarlo al presente y resistir a la ansiedad del futuro.

La escritura, actividad también vital para el narrador, ocupa un lugar no menor en las páginas de Los llanos. La neurosis derivada o fuente de la escritura —tópico quizás remanido— se da rienda suelta a sí misma mediante especulaciones acerca del modo perfecto de concebir el argumento de un relato —un ideal sostenido por la clase de poética a la que Falco adscribe, al menos como cuentista— y un sinnúmero de citas de voces ajenas tan dispares como las de Félix Bruzzone, Anne Carson o Virginia Woolf.

Los llanos tiene una divisa que se puede emparentar con aquella del poema “El lugar de los solitarios” (1919) del estadounidense Wallace Stevens: “Que sea el lugar de los solitarios/ un lugar de perpetua ondulación” (traducción de Gervasio Fierro, Serapis, 2013). Esa ondulación no es más que la mano que escribe y, en este caso, también de las manos que aran la huerta. Ambos movimientos, con sus obstáculos y demoras, insisten en concebir un objeto —un poema, una planta— fruto del esfuerzo y deseo propio, pero que, en ambos casos, inevitablemente se comparten con otras personas. De este modo, la escritura y la lectura, prácticas que tienden a la soledad, se ven reunidas y, de modo discontinuo, hacen de esa soledad una reunión, una copresencia que de otra manera no podría existir.

 

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