¡Felicidades! de Juan José Becerra

Buscando a Cortázar y otras cositas

LITERATURA
4 de diciembre de 2019

Libro: ¡Felicidades! de Juan José Becerra. Texto: Lee el comentario de Marcelo Bonini. Audio: Escuchá la columna en la radio de Bernardo Orge, Marcelo Bonini y Bernardo Maison. 

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En 1977 se estrenó Fiebre de sábado por la noche, la película que consagró como estrella al joven John Travolta, impuso en los varones el consumo de trajes blancos e hizo mainstream la cultura disco a nivel global. La portada de la nueva novela de Juan José Becerra (Junín, 1965) remite al film: se trata de la imagen en la que Travolta/Montero está haciendo aquel paso con su puño izquierdo hacia abajo y su índice derecho hacia arriba. Pero, de repente, notamos que un detalle desentona. Sobre la cara del actor vemos, pegada con una cinta scotch, una foto carnet en blanco y negro de Julio Cortázar.

Si algo no hay en ¡Felicidades! son loas al autor de Rayuela o sus obras. A la altura de la página 24, Andrés Guerrero, nuestro protagonista, sentencia: “Cortázar siempre me pareció un pop inflado para jóvenes indefensos o adultos infradotados”. Probablemente ningún joven vea Fiebre de sábado por la noche con algún interés que no sea histórico, pero Rayuela y otras obras con seguridad siguen produciendo efectos subjetivos en lectores jóvenes e incluso adolescentes. Son parte del ABC de la educación sentimental de la clase media progre argentina. La novela postula la figura de Cortázar como una maquinaria pop y como la circulación y venta de una imagen, no de una obra literaria. A pesar de las críticas, que toman la forma de la burla y el vituperio constante, el mismo Becerra dice en varias entrevistas que Cortázar fue el primer escritor que lo hizo asomarse a la posibilidad de una “vida de escritor” y al deseo de escribir. Bajo tanto odio, parece dormir cierto amor perdido.

La novela está dividida en dos partes, “Ida” y “Vuelta” (¿otra vez Martín Fierro?). Ambas contrastan a más no poder. El argumento de la primera parte es trepidante. Andrés Guerrero es el curador de una muestra sobre Cortázar (Becerra cumplió un rol similar hace algunos años). Su interés real es cambiar el auto con el dinero que cobrará. Comandado por la organizadora de la muestra, la Dra. Mónica Astudillo, a Guerrero se le suman Viviana Farinelli (fotógrafa, lesbiana y antagonista del resto de los personajes, debido a su carácter y devoto fanatismo por “el cronopio”), Juan Lecot (homosexual, encargado de filmar y grabar) y Magdalena Ferro, hija del mejor amigo de Guerrero, de la mitad de su edad (él tiene unos 50 y ella 25), con quien comienza un romance tan desenfrenado como el tiempo de la narración. Una vastedad de peripecias que suceden una tras otra hace casi imposible una síntesis de ellas.

De Paris a Londres a Bélgica, en la primera parte el cuarteto persigue una serie de objetos para montar la muestra en Buenos Aires, donde a Guerrero lo esperan su esposa e hijos. La lengua de esta “Ida” juega con los límites de la corrección política, los cuales son, obviamente, los de cada momento histórico. ¿Machismo? Sería injusto.

Nuestra época diría: lo que pone en escena esta novela es el deseo y heterosexualidad del varón cis. Mientras sea un juicio de hecho, convengamos en eso, ya que en la narración los personajes femeninos acaso funcionen de un modo un tanto plano. De todos modos, como dice el narrador respecto de la moza de un bar, “no me acuerdo cómo se llama, y se puede llamar como se nos cante la chota, porque es en honor a la arbitrariedad que se escribe una novela.” Por supuesto, sabemos que no todas las opiniones son válidas, aunque a veces la dinámica de los debates públicos se parezca a Taringa, Facebook o los comentarios de algunos lectores del diario La Capital. También, como lectores, tenemos que saber que una novela no es un reflejo inmediato de la ideología del autor. Lo que hay en ¡Felicidades! es cierto tono descarado, el cual nos ha sido advertido mediante el epígrafe de Céline que abre la novela: “Es juventud lo que pedimos de nuevo.” Además de descarado, imposible.

En la segunda parte, “Vuelta”, el tempo narrativo da su último coletazo de velocidad: Guerrero se separa de su mujer, y se refugia en el bar de su amigo Samurai Guyot, cuyo nombre titula la novela. Allí decide emprender un proyecto extraño que consiste en una especie de seminario de clases de autoayuda a fuerza de improvisación y frases huecas. De repente, Guerrero se encuentra viviendo como un homeless en Nueva York en una supuesta búsqueda de autoconocimiento. Aquí, el tono de la novela pierde su furor y se hunde en una melancolía que, finalmente, hace que Guerrero regrese a Buenos Aires, aunque de un modo distinto del que se fue.

En definitiva, ¡Felicidades! parece una novela doble bajo las mismas dos tapas. Lo que se mantiene constante en ambas partes es la función de comentarista que el narrador ejerce sobre la trama. Frente a cada situación o reacción de los personajes, siempre tiene a mano una agudeza o reflexión acerca de los temas más variados: el amor, el dinero, el sexo, la ciudad de París, los años 70, etc. Becerra tiene muy afiladas sus armas retóricas, tanto que vemos venir su brillo antes de que ataquen. ¿Podemos pedirle a una obra literaria que sea otra cosa de lo que es en base a nuestro deseo de cómo nos hubiera gustado que fuese? Esa demanda, tan amorosa como la de los lectores siempre en busca de seguir leyendo, está situada en un lugar por entero imaginario, es decir, uno de los sitios de la literatura.

 

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