Almafuerte: Canto de tigre en noche de ciudad

COLUMNISTAS
23 de abril de 2013

“Olele, olala, Iorio es lo más grande del Heavy nacional”, cantó el público. “Olele, olala, es un pobre tipo, miren donde está”, respondió Iorio. Almafuerte tocó en la ciudad su último disco "Trillando la fina".



foto: Dixon oficial

El hombre que vaguea y escucha // Columna


I


Camino despacio por Guemes. Me acaricia la cara un viento apenas frío y el cielo claro de la noche asoma entre edificios como un canto fugaz. Una señora de furioso pelo rubio, vestida en todo detalle al mejor estilo Miami, me dice que son las once cuando paso a su lado. Autos que se deslizan veloces, músicos que animan una costosa cena en la vereda y el neón de un boliche que parpadea su espera en silencio completan el paisaje de mi trajín.

Finalmente llego. Dejando atrás un glamour de color fluor y ánimo ostentoso, recibido por el humo de los carritos de choripanes y la mirada terriblemente triste de un policía que desde un rincón oscuro me ve pasar.

Poca gente hay en los alrededores del Dixon. Un grupo de metaleros comparten un tetra en la vereda y un vendedor ambulante despliega remeras con la cara de Iorio. Llegando a Francia, dos adolescentes curiosas asoman la cabeza a una ventana abierta que da a los camarines. “Che, no hay nadie, lo único que se ve es una pantalla con imágenes de cámaras de seguridad” comenta otro chico que se suma a la entrometida y se decepciona rápidamente.

El asunto me impresiona un poco. Termino un cigarro y me dirijo a la puerta. A una larga lista de prohibiciones que se especifican en un cartel (no llevar banderas, bengalas, identificaciones con equipos de futbol, etc) se le suma el cacheo de los patovicas, que uno a uno registran a los concurrentes, no sin levantarles la remera para controlar sus cinturas.

Me debe sobrar cara de boludo, pues no me piden más que la entrada. Una vez adentro, vuelvo a contemplar una escena que no deja de parecerme absurda: la banda soporte tocando ante la indiferencia casi total del público, mucho más entusiasmado con el alcohol que con lo que sucede en el escenario.

II

“Hace casi dos mil años”, viejo tema de Color Humano reversionado por Iorio en su disco solista, comienza a sonar en los altoparlantes, sacando a la gente del murmullo vano y acercándola al escenario en un silencio expectante. Instantes después, Almafuerte sale a escena y libera la energía contenida. Al trabajo rutinario, a las crueldades de la ciudad y a las irreparables tristezas de la existencia los cuerpos parecen decirle adiós, mezclándose en un pogo eufórico que se expande por casi todo el boliche cuando comienza el show con “La máquina de picar carne”.

Dos patovicas con protectores auditivos custodian que nadie intente trepar al escenario. Un pibe que no logró juntar para la entrada agita su cabeza del otro lado de la ventana mientras bebe un fernet en un vaso plástico. A mi alrededor, se encienden más celulares que porros.

Las canciones se suceden entre relatos y reflexiones. El público, fiel y generoso, canta tanto las temas viejos como los del último disco, y festeja cada uno de los comentarios de Iorio más allá de lo que diga. Ríe cuando se refiere despectivamente a los “urugayos de la Vela Puerca”; festeja cuando reivindica a Bonavena y a Monzón en una historia digna de recordar (“Amilcar Brusa, entrenador de Monzón, me dijo una vez: ‘¿Sabés porqué se llenaba el Luna Park cuando peleaba Monzón? Porque un montón de gente lo quería e iba a verlo ganar, y otro montón de gente iba a verlo perder porque no se animaba a ser como él’…”)

III

Suena “Presa Fácil”; himno del metal argentino, testimonio de la represión en los barrios y reivindicación del pibe callejero “Cuando llenar el jaulón se les ordene, no es de extrañar que al metalero se lleven, para escracharlo en el libraco mal parido, certificando así que hubo detenidos” reza su letra, que como muchas otras alcanza un profundo nivel narrativo. Reflexiono sobre la misma y observo a mi alrededor. Descubro que son pocos los metaleros de campera de cuero, con su pelo largo y su cara de expresión dura, con sus gestos de rutina cotidiana en la esquina del barrio. Quizás por el elevado valor de la entrada, quizás por el evidente recambio generacional, advierto que me rodean chicos mucho más prolijos y con un aspecto evidente de clase media. El metalero al que alude la letra pertenece, al parecer, sobre todo a otro momento cultural.

IV

El show ya está entrado en canciones. El Tano Marcielo queda sólo en el escenario. Comienza a ejecutar una fina pieza instrumental con una guitarra electroacústica. Cuando la melodía lo permite, los fanáticos entonan nota por nota. Cuando los ritmos se vuelven veloces y las notas demasiadas, acompañan con palmas que terminan en emocionados aplausos. Sin tener que lidiar con un Iorio que por momentos se pone pesado, el Tano disfruta de la participación del público y logra que un boliche como el Dixón quede atrapado en las idas y vueltas de los ritmos folclóricos.

Luego de tres canciones instrumentales retorna Iorio, que aclara que no dará explicaciones de porqué toca siempre en Willie Dixón, y se enorgullece de su amistad con el Indio Blanco, dueño del lugar (como también del cabaret La Rosa) a quién le dedica una canción.

Propone luego otra breve pausa porque quiere “tomar un te”. Vuelve moqueando y hace un gesto cómplice como diciendo “¿Qué me dieron?”. Muchos rien, aunque la escena es algo triste. Con un bombo leguero suena “Allá en Tilcara” (vieja canción que grabara junto a Flavio de los Fabulosos Cadillac) y luego, acompañado solo por el Tano que sigue con su electroacústica, canta “Mi credo” (“una de las canciones mas hermosas que escuché en mi vida” comentan varios de los presentes).

Vuelve el resto de la banda: un bajista que toca muy bien pero que parece esforzarse por cumplir con los cliché más gastados de la estrella de rock y un baterista que pasa desapercibido entre sus numerosos tambores y los vidrios que rodean la batería para evitar la saturación (de donde cuelgan un cartel con el nombre del grupo y una foto del General Perón).

“Olele, olala, Iorio es lo más grande del Heavy nacional” canta el público. Iorio les responde: “Olele, olala, es un pobre tipo, miren donde está” con un humor que se hace cargo de los costos de la sinceridad. Varios clásicos movilizan otra vez a la gente, que revive en el viejo ritual cavernícola del pogo. La banda es potente y su líder un verdadero poeta, cuyas letras recorren desde la sabiduría rural hasta el relato callejero.

Me encuentro con un amigo militante de izquierda. “Iorio es como un patriarca del haevy; con una filosofía de profundas raíces populares que por momentos desbarranca en cosas muy peligrosamente derechosas” dice y me ofrece cerveza. Quiero contestarle pero los acordes de “A vos Amigo”, otro himno metalero, inundan el lugar y toda charla se vuelve poco interesante.

V

Ni bien termina el show, comienza a sonar a todo volumen una canción tras otra que solo se interrumpen cuando el DJ propone quedarse toda la noche en el lugar. Ni tiempo para interiorizar las canciones ni para hablar parecen darnos.

Junto con la mayoría del público me voy hacia la calle. Algunos van en busca de un chori, otros de una cerveza barata en algún kiosco. En la puerta de los camarines vuelve a primar la decepción: los músicos se fueron apenas terminó el show. El baterista de una de las banda soporte discute nervioso con un seguridad. Según me cuentan, dejó parte de su instrumento ahí dentro y no logra acceder para recuperarlo.

Comparto un cigarro con unos chicos que vienen de Santa Fe. Se sorprenden que sea la primera vez que veo a Almafuerte. Hablamos de la grandeza de su poesía, encarnada en un tipo que, lejos de la demagogia y lo políticamente correcto, se hizo cargo de lo difícil de ser uno.

Abandono la zona y me hundo en la oscuridad de la noche. Tres pibes que cuidan autos se suben a una 4x4 negra, mientras un grupo de adolescentes se abalanza sobre un porrón. Arriba, otra vez el cielo; siempre lejano en la noche de la ciudad.
 

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