Sumisión de Oscar Taborda

¡Abajo la tiranía del argumento!

LITERATURA
18 de noviembre de 2020

Libro: Sumisión (2019)
Autor: Oscar Taborda
Editorial: Eduner
Texto: Marcelo Bonini
Podcast: La Canción del País

 

Por Marcelo Bonini

Se suele decir de algunas ficciones que son, por ejemplo, policiales, psicológicas, políticas o las tres al mismo tiempo. A veces, también se discute si un poema expone asuntos patrios, cómo trata cuestiones emocionales e incluso, no descartemos esta posibilidad, de qué manera resulta que tales versos están emparentados con ciertas actividades detectivescas.

El problema, el desgano que pueden provocar discusiones de este talante consiste en la tiranía del verbo “ser” (“Serás lo que debas ser…”). Si nos mantenemos en el terreno de la narración, “es” antepuesto a “de aventuras”, “romántica” o “de ciencia ficción” ejerce sobre esa “novela” la tiranía del argumento.

Que nadie se engañe ni pose de vanguardista: no se puede negar el placer de la intriga (¿Cómo van a salir de este aprieto Tintín, el profesor Tornasol y el capitán Haddock?, ¿qué les va a pasar en el próximo capítulo al Quijote y a Sancho Panza?). Pero, a fuerza de repetición, del mercado, su público y la industria cultural (arroje la primera piedra quien no vea Netflix), los argumentos se han impuesto por sobre cualquier otro aspecto de una narración. Consumir relatos casi se ha convertido en una necesidad tan intensa y adictiva como el tabaco o el uso intensivo de nuestro smartphone.

A pesar de ello, siempre hay gente que se hace un lugar y un tiempo para escribir por fuera de las posibles tiranías literarias. Sumisión, el nuevo libro de Oscar Taborda, es producto de esa doble condición. 101 párrafos de aproximadamente mil caracteres cada uno componen las derivas a las que nos invita la tercera edición de Aura, la colección contemporánea de la Editorial Nacional de la Universidad de Entre Ríos dirigida por Martín Prieto. Las primeras 91 páginas contienen mucho más que un único argumento, es decir, aquello que en otros casos justifica una narración o a quien la escribió.

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Hay, sí, algunos personajes, circunstancias y espacios: U —a secas—, desempleado hace tiempo, vive en una pensión y, con parte de sus últimos billetes, decide comprar un modelo barato, casi viejo, de un casco que induce un viaje al pasado a quien lo use: una especie de realidad virtual que, a la vez, recrea la memoria de las personas. Nos tienta la tiranía: “de ciencia ficción”. Pero no, ni siquiera al modo de Blade Runner y aquel futuro sin pompa, de departamentos oscuros y cañerías que gotean. U lleva puesto un vestido rosa que sacó del armario de Mimí, hija de la dueña de la pensión. Así, en una especie de trance —cree ser su madre— U se dispone a viajar al pasado y recordar a su progenitora. Activa el casco en un shopping con la ayuda de dos empleadas. El mecanismo es curioso: el casco se conecta mediante unos cables a un recipiente —un bowl o palangana— que contiene un líquido naranja y fosforescente en el cual nadan unos pececitos. Ocurre un desperfecto y lo que iba a ser un viaje al pasado se enrarece. Las imágenes que genera el casco de U comienzan a desviarse de su propósito inicial y, entre otras variantes, se entremezclan con escenas de una telenovela colombiana que se mira mucho en la pensión, además de algunos momentos de la vida de la actriz protagonista.

A partir del desperfecto, se despliega una mínima línea argumental (U en el shopping asistido por las dos empleadas y luego la aparición de Mimí) y, en el interior del casco, se derivan muchas otras. Algunas avanzan por párrafos y otras quedan sugeridas, sin desarrollo. Al modo de algunas películas de David Lynch, pero sin su atmósfera y sus referencias, los personajes, circunstancias y ambientes del viaje mental de U se conectan entre sí de un modo inaccesible.

En la página 62, U está en un bar tomando whisky a sorbitos. Entran dos jóvenes “endomingados”. Uno tiene una guitarra con una calcomanía de la virgen de Itatí. En el próximo párrafo, a partir de una marca de yerba cuyo logo contiene una imagen de la misma virgen, se cuenta cómo un fraile le construyó un oratorio a esta patrona. El párrafo siguiente menciona la procesión anual a Itatí, pero también otra, fluvial, que implica una serie de embarcaciones. Si nos salteamos el párrafo inmediato —el cuarto en esta breve serie— vamos a leer el relato de dos ex guardiacárceles que recibieron el apodo de sus respectivos caballos… y así. Cada bloque narrativo se vincula de manera oblicua con los otros, a la manera de los dibujos de Victoria Ruiz Días, que acompañan el desplazamiento de las escenas más que “ilustrarlas”.

Resulta, por suerte, imposible glosar Sumisión. El efecto del encadenamiento no causal produce una grata perplejidad: ¿cómo llegamos a esta situación desde la anterior o la de hace tres u ocho párrafos atrás?

Luego de terminar las primeras 91 páginas, escritas “en estado de gracia”, como propone Selva Almada en el prólogo, arribamos a tres páginas intituladas “Siete claves ligeramente autobiográficas”. ¡Ah, literatura del yo! ¡Autoficción! No, tampoco. Las claves no explican nada, no explicitan qué vinculo hay entre el mundo de U y el del autor (no hay truco, ya estaba escrita la advertencia: “ligeramente”). A lo sumo, dan cuenta de las decisiones de escritura tomadas por Taborda, a la vez que extrañan lo que acabamos de leer y ahondan el misterio de esas páginas. Podríamos intuir el mecanismo de un sueño, pero exacerbado y controlado al máximo: un sueño lúcido y autoconsciente que toma decisiones autónomas y libres, por fuera de las tiranías y las modas.

 

Oscar Taborda nació en Rosario en 1959. Además de Las carnes se asan al aire libre (emr 1996, reeditada por Mardulce Editora en 2016), publicó 40 watt (Beatriz Viterbo 1993, Neutrinos 2017), La ciencia ficción (Vox 2015) y Sumisión (Eduner 2020). Actualmente dirige la Editorial Municipal Rosario. 

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