A propósito de Un niño asustado

Una conversación con el dramaturgo y director Rody Bertol

ESCÉNICAS
4 de julio de 2023

Por Vande Guru

 

El encuentro, fortuito o deliberado, con una fotografía del pasado abre una grieta temporal que rompe con la linealidad en la que vivimos a diario. Puede que esas imágenes inviten a detener la vorágine cotidiana para dar paso a la contemplación y a la introspección y conducirnos a la nostalgia, a navegar por las aguas de lo que fue. Si, además, uno se choca de frente con su propia imagen, la posibilidad de mirar el pasado con los ojos del presente conduce a la pregunta inevitable: “¿soy ese que era?”

Parte de ese sentido parece plasmarse en “Un niño asustado”, la última obra del dramaturgo y director Rody Bertol en la que el lenguaje fotográfico integra la escena de manera central. Las fotografías, a cargo de Maximiliano Conforti, dialogan con el protagonista y posibilitan un encuentro simultáneo con su “yo” del pasado. Una especie de multiverso teatral o jardines bifurcados que se conectan entre sí por los extraños pasillos del tiempo.  De esta manera, se crea una dinámica en la que todos los personajes que aparecen son, en realidad, el mismo. 

“Un niño asustado” es la vuelta de Bertol a la dirección después cuatro años en los que se dedicó a compilar, adaptar y escribir para que otros dirijan. El tema central de la obra no es para Bertol un asunto nuevo: “La cuestión del paso del tiempo, el registro de cómo pasa el tiempo, toda la vida que perdemos mientras la vivimos, es una obsesión que tengo.  Es un interrogante que me acompañó y me acompaña siempre. El pasado no se olvida ni se cambia, pero su direccionalidad varía constantemente y eso me resulta fascinante. Cómo uno va variando constantemente el sentido de ese pasado y, por lo tanto, va variando lo que has vivido. Todo tiene movimiento de este modo”.

Como dramaturgo, Bertol ha trabajado a lo largo de su obra en textos en los que la primera persona aparece con matices autorreferenciales. Hace ya unos años, en una entrevista de 2015, afirmaba que “de lo mejor que podemos hablar es de lo que hemos vivido”. Sin embargo, esta pieza teatral es para el escritor “un cierre simbólico en relación a la necesidad de seguir contando historias que partan de instancias muy referenciales, por eso está constantemente este juego con la frase beckettiana ‘queda poco que contar’”. A partir de estas afirmaciones plantea una especie de despedida a este formato que lo ha tenido durante muchos años “recordando, recordando tanto”.

Pero no solo de recuerdos se nutre el teatro. Así como toda escritura se hace escribiendo, las escenas se plasman en la acción, actuando. Y el texto que inicialmente contemplaba la idea de un solo actor, en primera persona, con el devenir de los ensayos pasó a tener dos intérpretes, Gustavo Di Pinto y Santiago Pereiro. Ambos le ponen el cuerpo al desdoblamiento del protagonista en dos tiempos distintos, dos momentos de la vida diferentes. Las imágenes que usa Bertol para describir esa simultaneidad son sugerentes: “un niño asustado” aparece a nuestro lado “cada vez que nos da un susto la vida adulta. (...) Hay un hilado, un entretejido entre la infancia y ese momento”.

Sin embargo, la obra no retoma en su argumento esos polos extremos, la infancia y, su contracara, la vejez, sino que indaga sobre un período de la existencia que se ubica en el medio. Un momento en el que la juventud y la adultez son un todo indisociable. Es llamativo que la obra se ubique temporalmente en la mañana, un tiempo que generalmente se asocia con la infancia. Frente a esta pregunta, Bertol dice que las etapas de la vida le parecen muy relativas.

Redoblo la apuesta e indago: si la infancia se asocia simbólicamente al despertar y a la mañana; y, la vejez o la muerte se asocia al ocaso y a la noche, el periodo de la vida que aparece representado en escena no tiene una asociación simbólica o matiz diferencial. Frente a esta observación, Bertol trae a colación una frase de Bergman que a su vez cita al dramaturgo Strinberg: “Somos viejos, somos niños, lo que somos en el medio no lo sabemos”.  Y aunque haya dicho que quiere evitarlo en su producción artística, en su respuesta vuelve una vez más a lo referencial: “a mí me ha pasado que he descubierto la mañana ahora, en esta etapa de madurez o de adultez”.

El texto de la obra surgió en una noche y se escribió de un tirón en las tres subsiguientes. Como esa no es su metodología de trabajo, la particularidad reside en su repentina aparición nocturna, aunque luego la corrección se extendió por varias siestas. “Mi tendencia es a condensar mucho el texto y eso me implica mucho tiempo en cada oración”, dice Bertol. Nuevamente, el tópico del tiempo reaparece en el discurso del escritor y filtra su halo de rebeldía. La imaginación creativa aparece por las noches, la madurez de la tarde ordena ese ímpetu creativo.

Para finalizar me queda la pregunta cliché, la inevitable. Pregunto por el teatro, por el sentido que ha tenido en su vida. Y también pregunto por el lugar que ocupa en el presente. “Hoy sigo pensando que el teatro es una pausa, un alto en el camino, ¿no? breve, sí, cincuenta minutos, una hora y media pero sí, es un alto en el camino para identificarte, sentirte otros, vivir la vida de otros”.

Me sigue rondando la idea de la fotografía, vuelvo a mis anotaciones. Leo un fragmento de Barthes que pertenece a “La cámara lúcida”: “Lo que la cámara reproduce al infinito ha tenido lugar una sola vez: la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente”. Esa es la función que le asigna el semiólogo francés a la fotografía en nuestra vida cotidiana. Dentro de la escena, Bertol le confiere un nuevo poder: la fotografía será capaz de detener las agujas del reloj y le permitirá al personaje encontrarse con su pasado cara a cara para preguntarse a sí mismo “¿soy ese que era?”.

 

 

Un niño asustado se presenta todos los domingos de julio a las 19 hs en La Orilla Infinita, Colón 2148. Entradas a la venta a través de laorillainfinita.com.ar

Dramaturgia y dirección: Rody Bertol
Actuación: Gustavo Di Pinto y Santiago Pereiro
Fotografía: Maximilano Conforti
Diseño de vestuario: Liza Tanoni
Producción: Esse Est Percipi y Rosario Imagina

 

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