Una mañana en la sala Alfred Jarry

Omar Serra, el último under

ESCÉNICAS
18 de marzo de 2024

Por Anabel Martín 

 

Entra dando la espalda por un angosto pasillo de calle Montevideo. La construcción de los años treinta es su casa y la sala Alfred Jarry, nombrada así en honor al autor de "Ubú Rey" y creador de la Pataphisica, la ciencia de las soluciones imaginarias. Atraviesa el patio lleno de cuadros, objetos y plantas. Camina a unos milímetros del piso, flota parecido a cuando anda en bicicleta por las calles transitadas del centro de Rosario.

Omar Serra dirige, actúa, recita poemas de Juan Gelman (entre otros poetas) y dice que no escribe cuando hablamos de libros que llevan su nombre. Dentro de una habitación de techos altos, busca sin apuro un poema que talló en una tabla de madera. 

                                                             

"Se desplomó el gran salón de sándalo,
se hizo fuego el palacio dorado,
las resinas se volvieron llamaradas,
el humo exhaló raros perfumes
y al fin se abrió
el espejo candente,
el teatro regio de las brasas,
se trizaron los dólmenes de piedra negra
y hasta rostros de ceniza se esfumaron.
solo queda esa exigua estrella titilando
en el fogón donde hirvió la pava del té
y se hizo este dulce de zapallo."

 

Es una alusión a lo que quedaba del fuego en un hogar a leña de la casa de calle Baigorria donde vivió con un amigo. En esta casa donde vive, ensaya y monta sus obras desde hace 14 años, pasa por un momento de incertidumbre. Sus amigos lo están ayudando con la posible renovación del contrato de alquiler. Le dijo a la persona que lo atendió en la inmobiliaria que lo único que quiere es poder seguir con las funciones de "La Faraona del Jailaife" (Paquito), una adaptación que hizo de "La Cabeza contra el Suelo", (auto-biografía de Paco Jamandreu publicada en 1975).

Omar contempla una bandeja con masitas amarillas y una tetera que preparó para la ocasión. Hay telas de colores, cielos pintados en valijas, plumas y tiras de modal que cuelgan de tapices y él nombra según la fecha de confección; son del año pasado y de este, está tratando de hacer dibujos curvados con el tejido. Uno tiene una luna y otro un sol que se zambulle en el mar. 

Su autobiografía, “Generación descartable” (Panóptica Ediciones de Lisandro Jalil, 2022), existe por el arengue de otro amigo. No le interesa reimprimir, ya está, lo soltó, ya no es de él. Autores como Copi, Alejandra Pizarnik y Norberto Campos entregaron al mundo algo que tampoco les pertenece, esas obras él las toma y las transforma, es el movimiento que encuentra en la escritura.

No se distingue de qué parlante sale música clásica, en este living comedor que hace las veces de escenario se perciben huellas de cuerpos manifestados en su remoto y recurrente “hecho teatral”. Obras leídas, actuadas, ensayadas e impresas en las partículas de Alfred Jarry. Son las ganas de Omar por seguir haciendo teatro.

Tejer tapices y pintar son experiencias de lo cotidiano, hacer eso otro que no es teatro. Con el teatro no tiene desapego, es una pulsión distinta, empezó como un método para sacarse la vergüenza y terminó siendo un constante deseo que pide salir. Así aparecieron obras como La condesa sangrienta, Filosofía de tocador, Memorias de un neurópata y Layo, de sófocles. Su trabajo fue premiado en varias oportunidades aunque, por lo general, le cuesta pasarla bien en lo público y formal.

Se para frente a una obra con un dibujo de fondo azul francia, tiene un pájaro celeste subiendo con su larga cola por el costado y flores fucsias, lo envuelven hojas de Gomero pintadas de dorado. Fabricó ese marco en óvalo para el cuero repujado que hizo su mamá. Ella dibujaba muy bien y él le pedía que haga los dibujos de su tarea para la escuela. Vivió con  Rosa Albertina Fornerone de Serra hasta el día en que ella se murió. "Nunca me independice", confiesa en un suspiro.

Omar se formó como  artesano en las plazas de Villa Gesell donde conoció a Miguel Abuelo, Pipo y Diana. Recitaba poesía en bares, sus amigos tocaban instrumentos y cantaban. Moldea aquella juventud con cada gesto, no siente nostalgia de ninguna época. Aún no le duelen las articulaciones pero muchas advertencias que le hicieron en relación a la edad, están ocurriendo. Crecer tiene eso, hay otro tiempo, otra madurez, otra calma.

Una vez le preguntaron a Tina Turner qué le parecía la tercera edad y contestó: una mierda. El año pasado se murió La Negra Renée, su amiga a la cual le dedicó tres capítulos de su biografía. Omar cumplió 76 años y la cita con una sonrisa.

Por el año 68’ bollaban en grupo por Buenos Aires hasta encontrar una casa donde caer. Pipo, Miguel y La negra fueron a la casa-almacén de Omar en Lanús. La negra Renée se enojó con su padres porque se escandalizaron al verla semidesnuda cuando pasaba por la cocina para ir al baño del patio. Ella se refirió a su familia con bronca y Omar reaccionó mal: tus viejos son peores porque te internan. 

La “Generación descartable” iba en busca de lo sobrenatural, del enigma y el misterio. Una vez su amiga Cylbia le propuso atravesar el portal energético del Obelisco, cruzaron la calle descalzos con los ojos cerrados, los brazos en posición sonámbula pero antes de llegar al portal Omar abrió los ojos.

Entre el año 65’ y el 74’ se divirtió con lo que coloreaba la Flower Power y la Revolución Naranja, movimientos culturales que militaban Omar y sus amigos con la premisa de rebelarse contra lo impuesto e ir en contra de la moral. La metanfetamina sustituía la genitalidad pero no el erotismo. Para alejarse, Omar vivió un mes con los Hare Krishna en Buenos Aires, le pareció una vida muy dura, bañarse con agua helada a las cinco de la mañana, hacer ejercicio, salir a predicar y cocinar. Era inquietante ver cómo sus compañeros se escapaban para tener sexo.

Después de un silencio agradable, reflexiona que las drogas le hicieron perder el tiempo, él y sus amigos eran cobayos de un experimento a nivel mundial,  iban a parar a la cárcel o al loquero. Es aberrante que medicamentos tan adictivos como  Dexamil Spanzule, Dexedrina, Actemin, Pervitin (la droga que les daban a los soldados alemanes para combatir en la segunda guerra mundial), Daprisal y Artane, se hayan vendido sin receta en farmacias. Los querían tontos, muertos, presos y controlados. Omar logró separarse del consumo cuando en  el 75’ decidió viajar por Sudamérica. En la costa del Pacífico, tuvo experiencias con medicinas y rituales.

Es una mañana de octubre y contempla la habitación de una vieja casa donde construye a diario su teatro “herético, erótico, poético” y se despide diciendo: “hagamos algo creativo”.

 

 

 

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