LANCHA: MANIOBRAS DE MATERIAL RADIOACTIVO

Escénicas
18 de marzo de 2016

Por Daiana Henderson

Un laboratorio clandestino improvisado en algo que parece ser un depósito de —lo sabremos después—un supermercado chino. Dos mujeres en un estado de nerviosismo, como si todo estuviera a punto de írsele de las manos, entran y salen de escena, llevando y trayendo cosas, haciendo cálculos, hablando para sus adentros. Una de ellas, Mónica, detrás de una máscara de respiración, se encarga de maniobrar el material químico: de bidones a mangueras, a tubos, a probetas, los líquidos van cambiando de color y desembocan en una jeringa cuidadosamente maniobrada. La otra persona en escena, Helena, mira con obsesión un televisor viejo, en blanco y negro, permanentemente encendido, en lo que puede verse a una persona debilitada, un hombre, encerrado en un pasillo o habitación, en un estado intermedio entre la vigilia y el sonambulismo.

Los intercambios verbales entre ellas aparecen y desaparecen: desde las posibles consecuencias mortales para el hombre aprisionado, hasta la obcecada intención de declararse amorosamente a uno de los dueños del supermercado, motivado más por un sentimiento de desolación y desespero que por un enamoramiento verdadero.

El pacto con el espectador es inestable, incómodo. Uno no sabe muy bien qué función cumple ahí: por momentos los actores se dirigen al público de manera directa, con una mirada increpante, haciendo reflexiones existenciales o dejando filtrar devaneos mentales detrás de lo que dicen o hacen en escena, de lo que piensan y desean. Como una interrupción del inconsciente en el armado discursivo del relato. Tampoco el espectador sabe cuánto se supone que debe saber sobre lo que sucede ahí, lo que está en juego en esta historia. Se integran algunos elementos disruptivos, cortes en los que se recurre a continuar el relato con una expresión puramente corporal, incluso con movimientos coreografiados por la musicalización electropop, justa, de Matilda, que añade otro elemento a ese entramado de extrañeza.

Las conversaciones se irán exacerbando, la opción latente de renunciar a ese encargo (no se sabe de quién), refrenada por una situación en la que aparentemente se ha llegado demasiado lejos, pero en la que la moral no llega a ejercer su discurso sentenciador. Un deseo aparente, inconseguible, de cambiar de vida de manera idílica y radical se cristaliza en la imagen de una lancha atravesando el océano.

La sensación constante es la de malestar, de incomodidad y también, fundamentalmente, esa: de estar maniobrando un material radioactivo, potencialmente destructor. Justo cuando el espectador empieza a creer que ha captado el hilo narrativo de la historia, el pacto vuelve a romperse. Como si cada vez que una partícula de certeza lograra materializarse, una gota de ácido le fuera echada encima y la disolviera.

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La obra es la quinta dirigida por Felipe Haidar, responsable también de su dramaturgia, y la tercera dirigida por él mismo de manera individual. Las obras anteriores en cuya dirección participó fueron: Heroínas, Stripkill, La escuálida familia y La tercera parte del mar. Actúan en Lancha Cele Bardach, Emiliano Dasso y Dana Maiorano, las proyecciones están a cargo de Orquídea Mapping y la asistencia de dirección es de Sol Pieborón, en una producción de Enjambre P, comunidad creativa.

 + Lancha se puede ver los días viernes a las 22hs. en el teatro La Manzana (San Juan 1950).

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