Más se pide y se vive

Cecilia Colombero en “Mi animal. Entre el grito y la voz”

ESCÉNICAS
18 de marzo de 2022

Por Vande Guru

En la esquina del rectángulo blanco, entre el titilar violento de los reflectores, se entrevé una figura humana. En el centro, una torre de sillas alta, muy alta. La voz en off habla de un animal. El cuerpo está inmóvil, pero no muerto. Lo que nos da la pauta de que ese cuerpo está vivo es el ir y venir del aire: de afuera hacia adentro y viceversa. Y los músculos, tensados, en posición de defensa. O de ataque. El titilar se detiene, la voz se calla y el cuerpo arremete.

“Mi animal. Entre el grito y la voz” es la propuesta performática dirigida e interpretada por la bailarina Cecilia Colombero. La obra parte de los versos en los que un yo poético invoca la parte más salvaje que tenemos dentro para devenir en la exploración de los límites de la corporalidad. Desde la quietud y la parsimonia al estallido violento, el baile que se genera a partir del uso de sillas narra distintas secuencias que adquieren sentido a medida que la relación entre los objetos y el cuerpo varía.

Cada secuencia hecha luz sobre algún aspecto de la condición humana. Capaz de adaptarse a distintas circunstancias, el cuerpo se tensa en cada fibra para lograr una elevación en altura o se relaja para desplomarse en el piso, a veces con fuerza, a veces livianamente. Se extiende en su amplitud para abarcar todo el espacio posible, choca contra las estructuras, contra paredes imaginarias. Se hace pequeño. Se acelera, se ralentiza, se evade y vuelve a empezar. Desde la tensión máxima de los músculos a la distensión absoluta, Colombero parece reponer aquellos versos de Masin en los que se define al cuerpo como un “entramado de pequeños filamentos, como (...) los hilos de luz de las estrellas”.

Retomando la tradición de la danza contemporánea, la obra propone una narración no lineal, donde la historia ocupa una ínfima parte. El foco está puesto en las ideas y sensaciones que se expresan en las imágenes logradas a partir de la experimentación con la gravedad del cuerpo, con su versatilidad, con su flexibilidad. Se abandona la rigidez de la danza clásica para buscar nuevas formas capaces de expresar todo aquello que no cabe dentro de las estructuras preestablecidas.

La escenografía despojada, el juego con las luces son los elementos que habilitarán que se proyecten sombras sobre un fondo blanco. Sombras que son una réplica pero no necesariamente reproducción fiel de lo que sucede en escena. Lo que en el fondo acontece se ve aumentado o disminuido, alargado o deformado conforme el cuerpo se acerca o se aleja de los focos de luz. Como a las mariposas o los insectos, la luz atrae a los cuerpos, pero también los lastima con su calor y los expulsa.

Las sillas y el piso son otros complementos fundamentales de esta apuesta. Nuevas estructuras se van creando a partir de la disposición de estos objetos: rectas en altura, en la horizontalidad de fila india, en paralelas. Como los rascacielos en las grandes ciudades, como el caos del tránsito en las calles, como las montañas de riqueza que muestra la avaricia de quien acumula, las sillas nos cuentan de qué manera se arman los escenarios por los que transitamos a diario. Estructuras que se romperán cuando el cuerpo que invoca al animal las intervenga a partir de la fuerza, el choque, el golpe, la caricia. Solo para volver a construirse.

Y en ese derrumbarse y reconstruirse aparece lo humano en su máxima expresión: la resiliencia, la capacidad de adaptación para la supervivencia. Pero también el sometimiento de los cuerpos a las nuevas formas, la sumisión a un capitalismo que nos obliga a una constante adaptación a sus estructuras, a su sistema de premios y castigos, a su constante resurgir a pesar de sus rupturas.

La destreza física de Colombero, su fuerza y su potencia transmiten una pregunta difícil de esquivar: ¿cómo es posible que nos sometamos a una constante adaptación? ¿no somos, acaso, y sobre todo, la bestialidad que nos habita? Nuestros cuerpos animales, instintivos, voraces, se reprimen dentro de las normas que ordenan la conducta humana. El grito se suaviza en voz. El animal en postura.

Pero un cuerpo es mucho más que sangre, huesos y filamentos. Es respiración, está vivo. Sacudirle el lastre de la opresión es parte de la apuesta a la que estamos invitados como espectadores. Dejarlo ser es también liberarlo de los preconceptos, abandonar la idea binaria de la división entre alma y cuerpo para afirmar junto con Jean Luc Nancy que no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo. Con todo lo que eso implica. 

 

+ Mi Animal se puede ver los viernes de marzo a las 21 hs. en Micelio, Valparaíso 520. Anticipadas a @mianimalobra o 3416760222.

 

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