Protagónicos con Loza y Crespo

Romina Escobar, la actriz trans por un cine simplemente humano

AUDIOVISUALES
14 de abril de 2021

Breve historia del planeta verde y Nosotros nunca moriremos son dos películas recientes del cine Argentino. Tanto en el film de Santiago Loza como en el de Eduardo Crespo la protagonista es la actriz trans Romina Escobar. En esta nota abordamos el trabajo de los realizadores junto a la artista de gran presente profesional que sueña trabajar con Lucrecia Martel y Alex de la Iglesia.

 

Por Daiana Henderson

Consciente de las crueldades del mundo, y habiéndolas padecido en carne propia, Santiago Loza es un creador de pequeñas burbujas que dan asilo a la bondad y a la ternura desde el lenguaje cinematográfico y su mundo de referencias. Breve historia del planeta verde (foto) es la última película que dirigió y escribió, estrenada en 2019. Comienza presentándonos claramente a los tres personajes principales, de los que entrevemos sus cotidianidades urbanas, individuales pero –como veremos– enlazadas por una amistad de toda la vida. Tania (Romina Escobar) prepara su montaje drag para un show nocturno, Pedro (Luis Soda) en un trance de música electropop dentro de una nocturnidad también queer y Daniela (Paula Grinszpan) atravesando un estado melanco-depresivo tras una dura separación.

En los momentos de necesidad, la red de contención afectiva e invisible que nos sostiene toma una corporeidad sólida y concreta. Tras recibir la noticia del fallecimiento de la abuela de Tania, al calor de cuyo hogar creció, los tres amigos se ensamblan con naturalidad, y en una pequeña comunidad de tres emprenden el viaje al pueblo en el que en el pasado fueron heridos, por raros, por distintos. Allí reciben un misterioso –y sobrenatural– legado: un alien moribundo con el que la abuela de Tania convivió los últimos años y la encomienda de devolverlo al lugar donde lo había encontrado años atrás. Después de esa pequeña dosis de humor la película hace aquí la primera de sus muchas mutaciones, desprendiéndose un segundo viaje, esta vez a pie, a través de la geografía hostil de Tierra del Fuego, donde fue filmada la película.

Hay una definición poética cuyo autorx ahora no recuerdo, que se refiere a lo líquido como “aquello que obedece menos a su forma que a su peso”, así, los contenedores (vasos, botellas, tubos) determinan su forma momentánea. De esta manera trabaja Loza con los géneros al interior mismo de la película que define como trans por su carácter mutante o mutable, como en un laboratorio en el que la sustancia líquida recorre distintos contenedores, cambia de estado y de apariencia. A medida que avanza, la trama toma elementos de lo fantástico, de lo emocional, de la aventura, de la road movie, de la comedia, del suspenso y de la ciencia ficción. Ofreciendo un contrapunto a toda esta mutabilidad, mantiene un modo de narración convencional –presentación, conflicto, desenlace–, elaborando dentro de la película un abanico inmenso de estéticas que integra armoniosamente y con maestría. Todo esto genera un resultado amable para un público verdaderamente amplio, desde eruditos del cine a identidades queer e incluso niños. Ya en la primera toma hay una referencia inocente a E.T., el clásico fantástico de casi toda infancia. Y Breve historia… es, a su modo, un E.T., aunque, en palabras del director: “nuestro E.T. es sudaca, patagónico, queer, triste y pobre”.

Tras estrenarse en el Festival de cine de Berlín, le fue otorgado el Premio Teddy a mejor película (el premio de cine queer más antiguo e importante del mundo). Al recibirlo, visiblemente conmovido, Loza manifestó: “El film es sobre la amistad de gente que se siente diferente. Mis amigos me salvaron la vida, para ellos y con ellos hice la película. Yo soy de su planeta”. Entre otros reconocimientos, la actuación formidable de Romina Escobar le mereció el Premio Cóndor a la revelación femenina, convirtiéndose en la primera actriz trans en ser nominada y premiada en esa terna.

Romina Escobar reconoció su verdadera identidad de género de muy chica. En aquella época, unx niñx trans no tenía referencias sobre lo que le estaba pasando, ni a quién remitirse, ni en quién espejarse. Tampoco lo tenían las familias, ni la escuela, ni la sociedad, por lo que la mayoría era (y aún lo es) cruelmente dejada a su suerte, negada y excluida. El “sé tú mismo” tiene un precio diferenciado para unxs y otrxs, y a muchas disidencias se les termina cobrando la vida. Mientras su padre salía a trabajar, ella se quedaba sola y la televisión de los 90 era su gran compañía, la ficción la llenaba de ilusión y de sueños, le gustaban las tiras melodramáticas, cuyos guiones transcribía e interpretaba frente al espejo, sus referentes eran Raffaella Carrá, Madonna, Whitney Houston y Luisa Kuliok. Más tarde adoptaría su nombre en homenaje a Romina Yan, a quien admiraba en el programa Jugate conmigo. El arte y especialmente el teatro, dice, le salvaron la vida. Se formó en el Instituto de Teatro Infantil Manuel José de Labardén y debutó en televisión a los 10 años, aún siendo niño, en el programa de Jorge Guinzburg Sin red: El show de los enanos malditos.

Romina preguntó “¿Por qué ser trans tiene que definir a un personaje?” y “¿Por qué a las actrices trans no les dan papeles para ser simplemente humanos?”.

En 2019 tuvo dos propuestas de trabajo importantes. Por un lado, tras un casting fue elegida para integrar el elenco de la novela Pequeña Victoria, una tira sumamente inusual para el Prime Time de Telefé que abordaba tópicos como la identidad y el colectivo trans, la subrogación de vientre y la maternidad compartida, escrita por la directora de teatro Erika Halvorsen, quien puso como condición que las personas que interpretaran a las chicas de “Casa Diana” (en honor a Diana Sacayán) fueran actrices trans. Un sueño cumplido, decía Romina, que se emocionaba al pisar los estudios con los que de chica fantaseaba. Además, comenzó a recibir mucho amor de sus seguidores: “Yo no soy referente de nada, pero sin querer serlo lo soy, porque esos niños me están viendo. Mi personaje tenía un tinte gracioso y se reían. Cuando yo era niña o niño, cuando estaba en transición, no tenía un referente, veía a Cris Miró o Flor de la V, que eran más vedettes, no era lo que yo quería, tampoco encajaba con la figura o con el cuerpo, no tengo esos cuerpos esbeltos y altos, nada que ver con todo eso y sabía que tampoco iba encajar en un teatro de revista, tampoco era lo que me gustaba, yo era más de la novela, del sufrir, del llorar, y fui por ese lado cuando empecé a estudiar teatro”. Hoy trabaja también como preceptora en el Bachillerato Popular Trans Mocha Celis, en CABA, un espacio educativo inclusivo y no excluyente, con orientación en diversidad de género, sexual y cultural.

También en 2019 le llegó la propuesta de Santiago Loza para hacer su primer protagónico en el cine, si bien ya había tenido participaciones en producciones independientes (como el corto La guerra de los gimnasios, de Diego Lerman). Encarnando a Tania, se lució con un despliegue actoral muy serio, totalmente alejado del registro televisivo. “En las anteriores películas en las que participé siempre era llamada para hacer personajes de prostituta, de peluquera, o de prostituta y peluquera, o solo era una media de red y un taco aguja, como que no teníamos derecho a contar, o la gente que hacía películas nos contaba así, nos leía así, como solo eso”. Al presentar la película en el 34° Festival de Cine de Mar del Plata, Romina participó del 2° Foro de Cine y Perspectiva de género. Preguntó –como antes– a productores, directores y demás presentes “¿Por qué ser trans tiene que definir a un personaje?” y “¿Por qué a las actrices trans no les dan papeles para ser simplemente humanos?”.

Durante el rodaje de Breve historia del planeta verde, Eduardo Crespo, director de cine entrerriano, encargado de la fotografía, se maravilló con el carisma y el potencial de Romina frente a la cámara, y supo que quería trabajar con ella. Así fue que apenas tres meses más tarde, en febrero de 2020, Romina protagonizaría la última película de Crespo, Nosotros nunca moriremos (que tiene como co-guionista a Loza), estrenada en el Festival de cine San Sebastián y multipremiada. Romina interpreta a una madre que duela a uno de sus hijos, fallecido en circunstancias poco precisas. Hasta donde se tenga registro, es la primera vez en la historia que una actriz trans interpreta a una mujer cis. Este hecho de resonancia histórica, tanto para Romina como para el colectivo trans y la sociedad toda, sucede en el marco de una película que, paradójicamente, tiene por motivo la sencillez.

En Nosotros nunca moriremos Romina interpreta a una madre que duela a uno de sus hijos, fallecido en circunstancias poco precisas. Hasta donde se tenga registro, es la primera vez en la historia que una actriz trans interpreta a una mujer cis.

Una mujer viaja con su hijo menor al pueblo donde vivía y trabajaba su primogénito, cuyo cuerpo fue encontrado sin vida en una zona rural por un lugareño. Madre e hijo intentan reconstruir los últimos pasos de Alexis, y acceden a sus acciones cotidianas, en gran parte desconocidas para ellos, su novia, sus amigos, sus compañeros de trabajo y de bomberos voluntarios, su departamento, sus cosas.

En las películas anteriores que hizo, Crespo trabajó principalmente con personas de su pueblo natal –Crespo, Entre Ríos– a los que brindó entrenamiento actoral. En esta ocasión, la composición del elenco es mixta. Quien interpreta al hijo de Romina es Rodrigo Santana, un chico crespense a quien Eduardo había estado filmando en un proyecto inédito, siendo éste su debut cinematográfico. La química entre Romina y Rodrigo es impresionante, al punto de que se parecen físicamente.

Ante la observación consternada del hijo pre-adolescente, la madre se encuentra como ausente o desarmada, siguiendo las tareas insensibles de la burocracia funeraria, con la mirada difusa, sin capacidad de hacer foco, buscando el punto de fuga en el horizonte, que la fotografía de Inés Duacastella acompaña con planos pictóricos para la contemplación introspectiva. El hijo, en un doble proceso de duelo –por un lado, la pérdida del hermano; por otro, el fin de su niñez–, entiende que su madre no puede hacerse cargo más que de sí misma, y que no tiene respuestas a sus preguntas sobre la vida y la muerte. Atestiguando los rastros de la vida adulta de su hermano, prefigura lo que puede ser su propio futuro en el pueblo, donde las posibilidades y los tiempos son otros.

La carga emotiva de la trama se resuelve con una gestualidad discreta y sutil, el duelo es un proceso interno de los personajes que el espectador apenas intuye, acompaña. La actuación magistral de Romina se enriqueció en un trabajo conjunto: “Eduardo tiene algo de saber guiar muy bien a los actores, supo contenerme y decirme bueno, hasta ahí, avancemos un poco más. Fue un trabajo de a dos, darle yo un poco de trabajo para que él, como una plastilina o una arcilla, pudiera moldearlo y sacar lo mejor de mí”.

Si bien emotiva, la película no cae nunca en la sensiblería ni en el golpe bajo. Trata a los personajes como a personas, es respetuoso y discreto con el dolor, no lo exhibe despiadadamente. El proceso del film acompaña el duelo del director respecto a su propio padre, un camino que comenzó con su película anterior Crespo: la continuidad de la memoria, ensayo biográfico documental en el que, en un viaje a su pueblo natal, reconstruye la memoria de su padre a través del relato personal, familiar y colectivo, e intenta saldar la deuda pendiente de una película que proyectaban hacer juntos.

Alguna vez Romina había manifestado públicamente su ilusión de interpretar un papel de madre, y aquí lo hace conmovedoramente. Consciente de la potencia de su deseo manifiesta sus próximos sueños, “aunque suene a mucho”: trabajar con Lucrecia Martel y con Alex de la Iglesia.

 

AUDIOVISUALES
Sesiones Broda
Maravilloso universo musical
AUDIOVISUALES
Contra los estereotipos del mundo
Atardecer en la villa. Lluvia de jaulas de César González
AUDIOVISUALES
Presidencia junio/2021
Astor Piazzolla al cine
LOS AÑOS DEL TIBURÓN O EL GENIO Y SUS CIRCUNSTANCIAS
AUDIOVISUALES
EL OTRO HERMANO, DE ADRIÁN CAETANO
AUDIOVISUALES
Documental
MIGUEL ABUELO, MOSHÉ NAÏM Y NADA (O TODO)
AUDIOVISUALES
ÚLTIMAS NOTAS
Entrevista a Paulina Scheitlin
"Wunderkammer viene a ser una interacción de todos mis trabajos"
ARTE
Brunella editó Salvarme
Buscando un símbolo de paz
MÚSICA
Buchin Libros
Diario de un albañil de Mario Castells
"El libro fue un ajuste de cuentas con mi patronal"
LITERATURA
Opinión
Llevadxs por la corriente del Leteo digital
LITERATURA
Películas, documentales y más registros
Martha Argerich: la gran pianista retratada
MÚSICA
Porno indir bedava mobil porno sex hikayesi altyazili porno
@ La Canción del País 2017