Terminal Norte, de Lucrecia Martel

¿Qué cine nos deja la pandemia?

AUDIOVISUALES
27 de septiembre de 2021

Por Daiana Henderson

El cine de Lucrecia Martel es irreverente sin recurrir al escándalo: se niega al despotismo del argumento (al que define como “la espuma del mar”, un detalle debajo del cual está la complejidad), es encendidamente crítica del consumo narcótico de series y la imposición de su formato globalizado, desobedece a una limitación por géneros. Sus películas no invitan a una lectura lineal, se ofrecen como experiencia audio-visual, sin dejar lo “audio” supeditado, construyendo de a capas. El cine de autor, dice, siempre cae en la categoría de intelectual, “que es la forma como el mainstream lo devuelve: la de películas aburridas; como si no tuviéramos inteligencia para hacer el cine lleno de points de las películas Netflix”.

El coronavirus, comenta irónicamente, vino a terminar de establecer este sistema de series como necesidad: “dentro de 100 años va a haber alguien que va a decir primero fue Netflix, después fue el coronavirus, las cosas que fuimos inventando para soportar los cambios. Yo tengo mis opiniones un poco escandalosas pour la gallerie, pero creo que las cosas se definen también por cómo se ven, en qué circunstancias, y que sobre eso hay que pensar mucho. Y no voy a decir más, para tener trabajo”.

No hay dudas de que la sala de cine es el espacio donde una película despliega su máximo potencial, el de ser experimentada a nivel corporal y situacional, a oscuras y entre extraños. Las diferencias con el monitor son obvias: por empezar, en el cine, la luz que compone la imagen viene de atrás y se proyecta adelante nuestro, en un tercer lugar que miramos; la pantalla de la compu o del celu, en cambio, es ella misma luz que se proyecta sobre nuestra cara. Y cualquiera notará la diferencia sensorial entre mirar una linterna encendida de frente y mirar la luz que la linterna proyecta. Es algo curioso: en la oscuridad del cuarto, nos echamos luz en la cara antes de dormir. Para que sea adormecedor, tiene que ser repetitivo, como el ruido blanco, un circuito sin sorpresas. Pero Netflix no quiere que te duermas (al menos en el sentido literal), por el contrario, hace un par de años su creador afirmó que la competencia no eran las otras plataformas sino el sueño, al que el consumo le disputa sus horas.

Con la pandemia, la opción ideal de la sala de cine se vio impedida: de repente, cohabitar un espacio dejó de ser una experiencia inspiradora y pasó a ser una situación amenazante. ¿Cómo se adaptó el cine a esta circunstancia excepcional que vivimos durante casi dos años? Las posibilidades de montar rodajes, con la cantidad de personas que participan en su proceso, también se vieron imposibilitadas. Sin embargo, las condiciones tecnológicas son más propicias que nunca si no nos ponemos puristas: cualquiera puede filmar ¿Cuánto de la pandemia, o del confinamiento, quedará en las artes? El cine no pudo, o no quiso, adaptarse a la vertiginosidad de la transformación; las productoras optaron, en cambio, por liberar sus películas ya hechas.

Un tuit de 2020 decía “quedamos viendo series de una vida que no existe más”. Todas las series y películas que apelaban a una cercanía total con el mundo cotidiano se volvían algo así como retrospectivas, a menos que fingiéramos que la vida seguía siendo esa: extraños besándose, transportes atiborrados, personas compartiendo un cigarrillo en una fiesta. Habíamos dado por sentada una cotidianeidad que tendría modificaciones muy puntuales, como la evolución del tamaño de los celulares. Pero la cotidianidad que vemos reflejada en la ficción tampoco es una representación de lo real, sino más bien una idea cristalizada, algo consensuada, más o menos estereotipada, de cómo somos y cómo vivimos.

Hace unos años Martel dijo que a la hora de hacer algún tipo de arte “siempre hay algo que nos separa de la realidad, como si en el proceso de aprendizaje hubiese algo que hace que nuestra propia experiencia de seres humanos sea insuficiente. No sé qué pasó con nuestra educación, pero estamos como arrancados del lugar, siempre hay un modelo que no tiene nada que ver con lo que te rodea, está despreciado lo que te rodea”. A este desprecio, probable efecto del imperialismo, hay que sumarle al interior de nuestro país la desigual repartición de las posibilidades de contar y escuchar territorios que no sean los de la capital federal, y los de la clase media-alta blanca: “¿Quién puede determinar qué es lo universal? El que tiene poder para establecer qué es lo standard. Filmen pensando en los vecinos y lo va a entender todo el mundo”.

Frente a la estandarización deslocalizante, Martel filma en 2020 a un grupo de músicas en Salta. Frente a la evasión enajenante, una oda al encuentro y a la fiesta. A grandes rasgos, de eso se trata esta nueva pieza llamada Terminal Norte, producida por Rei Cine para la plataforma de medios públicos Cont.ar, estrenada el pasado 7 de septiembre en el Centro Cultural Kirchner, con un público acotado en sala y transmitido por streaming. Mientras que la plataforma lo categoriza como “unitario documental”, Martel se refiere a él como “el programa”. Algo de este desajuste sugiere una demarcación: no es una película, tampoco un corto. “El programa es muy humilde –dice–, dura 36 minutos, lo hicimos en 4 días y no con la tecnología de cine, así que no sé cómo se irá a ver, pero con mucho amor de parte de todos”.

En 2019, la directora y su pareja, la cantora Julieta Laso, se instalaron en Salta, aunque viajaban continuamente por trabajo. Para 2020, Laso tenía programada una serie de shows que se fueron suspendiendo. En esa convivencia de una quietud infrecuente para la agenda de ambas, Martel, que se declara musicalmente inhábil pero encendida espectadora, empezó a ver la cuestión del vivir con la música en toda su complejidad “y el fenómeno me pareció apasionante, de la persona que canta y que se desespera por cantar”.

En el patio de su casa —si podemos llamarlo así, pues no hay frontera entre el afuera y el monte, un entorno rural sin casas vecinas a la vista— se armaban espontáneamente tertulias a las que caían músicxs, copleras, cantoras y guitarreros de la zona. El grupo es acotado, pero la diversidad en términos musicales es enorme: hay tango y trap, coplas y noise. Sonar y hacer sonar, la necesidad de compartir ese goce. Martel encuentra aquí un escenario privilegiado para devenir participante activa, de la manera en que ella sabe hacer y gozar: captar lo natural, hacer-hacer a otrxs, y luego elaborar algo nuevo con las distintas capas de ese material, como una alfarera. Esta fascinación por el cuerpo-instrumento, que ella asocia con algo muy natural (probablemente, dice, la humanidad empezó cantando y no hablando), está vinculado desde su perspectiva cinematográfica a la locación, al set, “porque el sonido de alguna manera explica el espacio, sin la razón”.

Para desabstraer esta definición alcanza con ver una de las escenas, en que una pareja baila una chacarera y a nivel audiovisual ocurre una especie de deconstrucción: la música que dirige la danza se ahoga hasta desaparecer, la imagen se ralentiza, el silencio se abre espacialmente y empieza a cobrar cuerpo el sonido de los pies en el arrastre contra las piedras y la tierra, aparece en primer plano el secundario “acompañamiento” de las palmas, que no es un mero repetir de aplausos agrupados de a pares, sino que responde a una estructura de compases culturalmente interiorizada, que suenan y se ven distinto según el estilo personal.

Julieta Laso es el centro orbitante, anfitriona no solo de las tertulias, sino de la pieza audiovisual. Su voz recorre todo el film, cantando en distintos espacios circundantes, con distintos acompañantes, hablando mientras maneja, o siendo la voz en off que presenta a los personajes, a los que Martel hace, por unos segundos, actuar cierta incomodidad. Pero todas las músicas tienen su momento de protagonismo. Uno especial es el de Lorena Carpanchay, primera coplera trans de los valles calchaquíes, que canta “al cielo rojo de las travestis”, incorpora en sus coplas reclamos callejeros y honra la memoria de Diana Sacayán.

Ante la evasión de un consumo desculturizante: la diversidad sonante de lo nuestro. Y, no menos importante, la valorización de la fiesta, que Martel resume en estas palabras: “La tertulia es un privilegio de la existencia que lo tomamos o no lo tomamos. No creo que haga falta nada muy particular. Hay un concepto que para mí es clave: que una fiesta nunca es mejor con plata. Podés invertir 300 mil, o 50, o 20, y eso no asegura que la fiesta va a ser mejor. Una fiesta que sea buena y funcione solamente es posible cuando no hay nadie trabajando, cuando están todos de fiesta. Por más que al anfitrión siempre le toca… No hay nadie haciendo las cosas por nosotros”.

 

 

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