Astor Piazzolla al cine

LOS AÑOS DEL TIBURÓN O EL GENIO Y SUS CIRCUNSTANCIAS

AUDIOVISUALES
2 de noviembre de 2018

Por Marcelo Bonini

Astor Piazzolla convierte en vértigo lugares y nombres: Carlos Gardel, el East Village de Nueva York, Nadia Boulanger, Mar del Plata, Jack La Motta, París, Aníbal Troilo, Buenos Aires.

Más de un documental ha intentado acercarse a la vida y obra de quien fue invitado por Gardel a girar con él en 1935, año de su muerte. Daniel Rosenfeld (director de, entre otras, la ficción Cornelia frente al espejo, basada en un relato de Silvina Ocampo, y un documental sobre Dino Saluzzi) trae dos novedades con Los años del tiburón.

“Astor por Astor” es una frase que insiste en las entrevistas de Rosenfeld acerca de su obra sobre Piazzolla. Un inédito trabajo de archivo justifica la insistencia del director. Rosenfeld y su equipo logran reponer la voz e imagen de Piazolla sobre sí mismo al haber recuperado, por ejemplo, cintas en formato Super-8 filmadas por el bandoneonista o varios casettes de conversaciones entre él y su hija Diana, fallecida en julio del 2009.

Desde la tensa conversación telefónica entre el locutor de Radio Mitre Julio Jorge Neslon, quien le espeta al compositor “no hagas locuras híbridas”, y Piazzolla, que promete piñas si Nelson continúa con “la campaña de destrucción”, hasta las variadas (e inverificables) anécdotas contadas por el bandoneonista (“Cuando terminé de tocar, Gardel me dijo: pibe, el fuelle lo tocás fenómeno, pero con los tangos parecés un gallego”), este archivo de la intimidad genera la segunda novedad.

Alejada del registro periodístico o testimonial más habitual de los documentales muy ceñidos al género, Los años del tiburón no deja de ser cine, es decir imagen en movimiento. La estética es autónoma: no funciona como un ornamento o un modo de homogeneizar los materiales sino como una decisión de estricto carácter compositivo.

De ningún modo lo biográfico ahoga la potencia estética del film. Al contrario: al acceder al anecdotario personal en boca de su protagonista, la entrada de enciclopedia en la que podría convertirse Piazzolla se torna viva y vívida. Con un montaje de gran astucia narrativa a pesar de casi no exceder el orden cronológico, Rosenfeld recurre, por mencionar un material destacable, a las magníficas fotografías de la Nueva York de los 50 tomadas por Saul Leiter, quien no conoció a Piazzola aunque vivió a una cuadra de distancia de este en el mismo barrio neoyorquino.

Y por supuesto el trabajo no elude las discusiones históricas en torno al anquilosamiento o evolución del género. Por ejemplo la avanzada letal del compositor a partir de 1955, con la edición de Sinfonía de tango, en donde Piazzolla -de vuelta de París apenas un año antes-, logra imponer una auténtica innovación. No por nada el primer tema del disco se llama “Picasso”. Como si siguiese al jazz, el tango de Piazzolla abandona su función de pieza de baile y se convierte en música para ser oída, es decir, se autonomiza. Ese gesto rupturista se profundiza con la formación de su octeto y las publicaciones de los discos Tango Progresivo (1956) y Tango Moderno (1957) que traían la postura explicita de Astor en su contratapa:

“Era necesario sacar al tango de esa monotonía que lo envolvía, tanto armónica como melódica, rítmica y estética. Fue un impulso irresistible el de jerarquizarlo musicalmente y darles otras formas de lucimiento a los instrumentistas. En dos palabras, lograr que el tango entusiasme y no canse al ejecutante y al oyente, sin que deje de ser tango, y que sea, más que nunca, música"

La intimidad y la estética hacen que Los años del tiburón marque una diferencia. Si bien asistimos a un relato mítico, aquí Piazzolla también es humano, no exento de dudas, contradicciones o pasiones: la fuerza requerida para la afición favorita de Piazzolla (la pesca del tiburón) y la ejecución de su instrumento se entrevera con el alejamiento (y posterior acercamiento) de su hija Diana a causa de la cena que su padre y otros artistas compartieron con Jorge Rafeal Videla o con el lacónico testimonio (presente a lo largo de la película) de Daniel, su hijo, quien se distanció diez años de su padre al decirle que se estaba repitiendo con la frase “estás dando un paso atrás.”

Ante todo, Los años del tiburón es una labor de amor pero que no cede ni hace concesiones. El relato mítico no esconde a Piazzolla de Piazzolla, el mito no propone un héroe sino el tesón de una chispa de genio y sus circunstancias.

 

 

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