UN PLANETA LLAMADO OUVRARD

ARTE
26 de mayo de 2016

En el Museo Castagnino puede visitarse hasta el 20 de junio “Ouvrard. La llave de los sueños. Obra reunida”.  Charlamos con los curadores Mónica Castagnotto y Maximiliano Masuelli sobre la muestra que reúne más de 130 obras de Luis A. Ouvrard entre las que se cuentan dibujos, oleos, pasteles y aguafuertes, muchos de ellos inéditos hasta la fecha y sin enmarcar.

Por Daiana Henderson

El pasado 6 de mayo inauguró en la planta alta del Museo Castagnino la muestra “Ouvrard. La llave de los sueños. Obra reunida”. Reúne más de 130 obras de Luis A. Ouvrard entre las que se cuentan dibujos, oleos, pasteles y aguafuertes, muchos de ellos inéditos hasta la fecha y sin enmarcar. Por lo que la producción de esta muestra es en gran medida el resultado de un archivo silencioso que durante años llevó Mónica Castagnotto de manera personal: “Es un tipo de investigación casera, son años de juntar papelitos, y después eso va tomando forma en la medida en que querés comunicar algo. Hicimos un par de muestras con Maxi a mediados de 2004 y 2008, muestras pequeñas que empezaron a mover el archivo y ahora lo que le pasa al archivo es que tiene que salir a la luz, así que la muestra y el libro fueron dos pasos muy grandes”, nos cuenta.

La exposioción acompaña al libro Ouvrard. Pinturas y dibujos 1916-1986, recientemente coeditado por la Editorial Municipal de Rosario e Iván Rosado, que además de reunir más 80 oleos, pasteles y dibujos seleccionados, cuenta con una cronología de la vida y obra del pintor que inteligentemente no escinde su carrera artística y profesional de los aconteceres de su vida sentimental. La obra de Ouvrard parece estar suspendida en un universo a la vez secreto y amigable, un planeta familiar y extraño por igual, donde los hilos del tiempo, el espacio, lo cotidiano, el paisaje, la memoria, la imaginación se confunden entretejiendo una trama sobre la que  descansan las escenas que el pintor construye.

Hijo de inmigrantes del Périgord, antigua provincia del sudoeste de Francia, nacido en Rosario en 1899, Ouvrard hace jugar esos dos paisajes biográficos en pinturas de lugares que parecen soñados por él, como cuando uno sueña con una persona que en el sueño tiene la cara de otro: “las escenas creadas van a oscilar entre la evocación de la campiña francesa y la alusión a la pampa santafesina, articulando un imaginario compuesto por el paisaje narrado y el paisaje visto con sus propios ojos” dice Castagnotto en el texto introductorio del libro.

La edición es un aporte significativo para la puesta en circulación de este artista silencioso y la decisión de una edición conjunta entre dos editoriales locales de diferente perfil resulta sumamente estratégica: mientras que le otorga, por un lado, una justa consagración al ser incluido en un catálogo institucional, pasando a formar parte el acervo cultural de una ciudad de manera oficial, otra permite un acercamiento a los lectores más curiosos, eclécticos y discontinuos que pueden encontrar en Ouvrard un artista de culto, con menor visibilidad hasta el momento que la mayoría de sus contemporáneos.

Sobre “La llave de los sueños”, Maximiliano Masuelli —a la vez co-director del sello Ivan Rosado y curador de la muestra— dice: “El equipo curatorial que conformamos Mónica Castagnotto, Juan Alonso y yo, la hemos armado de una manera donde se van notando los cambios pero también en algunas salas hay obras de distintos años que se van relacionando por diferentes motivos. También dejamos que el espectador haga su propia lectura, no hemos hecho salas con títulos ni con bases para el entendimiento sino para para un deguste, un placer visual, que eso es lo que logra.”

En el recorrido de la muestra pueden observarse los diferentes momentos y los temas o motivos recurrentes del pintor. Es llamativa la cantidad de versiones que tiene un mismo cuadro, lo que habla de un trabajo paciente e insistente, un tipo de profusión más introspectiva y quieta que movediza y cambiante. Es interesante ver cómo en las naturalezas muertas puestas delante del paisaje como si el campo no fuera otra cosa que una escenografía, los soportes de los objetos van desapareciendo.

La mesa de “Mesa con limones” (1982) o la tela sobre la que se apoyan las “Frutillas” (1984) que le daban a esa combinación extraña un anclaje de referencia aliviador para el espectador realista, desaparece y deja flotando los objetos o apoyados en la superficie trastocando absolutamente las proporciones dimensionales. Estos cuadros donde dos tipos de registros visuales se trastocan y deforman parecieran esconder un mensaje de corte metarreferencial, que llega a leerse casi como un guiño o como una burla.

Si bien el humor no pareciera ser un punto central para leer la producción de Ouvrard, uno tiene la sensación de que está ante la presencia de alguien con un sentido del humor tan sutil que no necesita hacerse explícito. Cielos verdes, tierras naranjas, hongos nocturnos casi de neón, trufas a medio descomponerse, flores flotando en el aire, objetos de texturas inquietantes, colores que van de lo neutro a lo intenso conforman los paisajes de un planeta imaginado con tanta devoción que termina por volverse verdadero.

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Luis Ouvrard nació en Rosario en 1899. De formación autodidacta, desde muy joven se vinculó al ambiente artístico de la ciudad. Se desempeñó como profesor de la cátedra de Color en la Escuela Provincial de Artes Plásticas. Fue restaurador de obras pictóricas e imágenes religiosas. Su pintura recorrió todos los géneros, cruzándolos en nuevas interpretaciones. En 1969, a los 70 años de edad, realizó su primera muestra individual. Murió en Rosario en 1988.

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