Roberto Jacoby en el Macro

TRAIDORES LOS DÍAS QUE HUYERON

ARTE
1 de noviembre de 2018

Por Dahiana Henderson y Bernardo Maison.

Clásico, Cinético, Poeta, Musical, Conceptual, Clown, y Dark son los términos escogidos para designar a Roberto Jacoby en Traidores los días que huyeron, la muestra que se propaga en los siete pisos del MACRO y presenta parte del trabajo de más de seis décadas del artista nacido en 1944 en Buenos Aires.

Con la difícil tarea que implica cualquier intento de catalogación o esquematización de una obra tan mutable y diversa los curadores Santiago Villanueva y Fernando Farina, consultaron a Jacoby por su preferencia respecto al material a exhibir y él fue muy explícito: “trabajos inéditos, desconocidos o malditos”.

Prácticamente nada de lo expuesto había sido visto antes o lo había sido en ámbitos sociales casi íntimos y con un público muy restringido. A la manera de los músicos, a Jacoby le gusta denominarlo como un Lado B. Es, en este sentido, lo opuesto a una muestra retrospectiva. “Lo que se entiende por retrospectiva es una muestra más o menos completa de todas las épocas de un artista. Lo que aquí se muestra no es para nada completo, es una parcialidad, que tiene una curiosidad, más que nada: cosas que no salieron” dijo Jacoby en La Canción del País.

Siguiendo esta consigna, y tomada con cierto sentido del humor, se agrupan en el comienzo del recorrido (que se sugiere desde arriba y hacia abajo en las instalaciones edilicias) sus primeras exploraciones en técnicas clásicas del arte plástico: dibujos, pinturas y esculturas realizados en la década del 50, algunos de ellos de cuando Jacoby tenía 16 años de edad, “una muestra de lo que fue solo el comienzo para no volver más”. Esas obras dialogan en el espacio con la instalación Vernissage (2013) hecha en colaboración con Alejandro Ros.

“Me causó gracia mostrar esos primeros trabajos porque se me asocia siempre con una cosa más conceptual, con las artes visuales, la música, el pop o el rock, y por eso me parecía que era ilustrativo mostrar que uno hace muchas cosas en la vida. Los pintores más audaces en algún momento pintaron manos, frisos griegos o pintaron calas y rostros. En algún momento hacés una clase de algo y aprendés a hacer acuarela o a dibujar con carbonilla.”, dijo Jacoby.

- ¿Y qué sucedió en vos para romper enseguida con eso que mencionás y subirte a otra ola digamos? Para abandonar esa tradición del arte más clásico...

Yo creo que tenía mucho que ver con la década del 60, era una época en donde todo se volvía muy antiguo enseguida. Las cosas duraban un mes y parecía que hubiesen durado 50 años. Mis periodos en distintas escuelas o tendencias fueron breves. Las agoté muy rápido, era un momento en el que todos teníamos que marcar nuestro propio camino. Se pedía hacer algo nuevo, era esa exigencia, la ansiedad o la angustia de lo nuevo. Trabajamos en equipo, investigamos, hacíamos seminarios, nada que ver con la figura del artista de la boina y la paleta. Trabajábamos muchísimo más que nada en la reflexión, el pensamiento y el conocimiento.

“El arte ha muerto. Ya había muerto antes pero un complot de intereses lo hacían vivir con respirador artificial. Eso no quiere decir que no va a haber más artistas, al contrario, toda la humanidad será artista alguna vez, y antes que nadie los artistas vivieran como artistas. (…) El arte será bien fácil así lo hace cualquiera. Harán obras livianas y rápidas para viajar, obras para televisión, obras para revistas, en las paredes de las calles y en los afiches (...)

del Manifiesto "El Arte ha muerto", julio 1968

Habitué del Bar Moderno en la década del sesenta, lugar en donde pasaba largas horas de "charla y formación", Jacoby se volcó al mundo de las Artes Visuales mientras también cursaba Sociología. Entre 1966 y 1967 produjo las primeras experiencias de “arte de los medios masivos de comunicación” junto a Eduardo Costa y Raúl Escari, participó de los días del Instituto Di Tella y fue parte de la mítica experiencia Tucumán Arde.

En contacto fluido e inspirador con “grandes cabezas” como las de Oscar Masotta o Eliseo Verón, -“los primeros semiólogos de la Argentina”-, Jacoby contó en la entrevista pública que le hizo Cristian Alarcon en el Teatro El Circulo que “los textos de Roland Barthes, Umberto Eco, Marshall McLuhan, Susan Sontag eran cruciales” en aquella epoca. De esta manera, esa trama de sentidos le permitía a Jacoby y sus contemporáneos leer la actualidad (“no la realidad que es algo más difícil de aprehender”) y poder traducirla, también intuitivamente, en sus obras. “Siempre que trabajo pienso mucho en relación al contexto, es un problema eso, porque normalmente a las obras las movés de lugar y siguen siendo las mismas obras. Y mis trabajos no funcionan de esa manera, porque están datados y localizados, tienen un lugar en el espacio y en el tiempo. Es una limitación pero es lo que me sale” nos dijo Jacoby en La columna de Maite.

De julio de 1968, y firmado en Rosario, es el borrador mecanografiado del manifiesto “El Arte ha muerto” que también se exhibe en el piso cuatro de la muestra Traidores los días que huyeron.

“El arte ha muerto. Ya había muerto antes pero un complot de intereses lo hacían vivir con respirador artificial. Eso no quiere decir que no va a haber más artistas, al contrario, toda la humanidad será artista alguna vez, y antes que nadie los artistas vivieran como artistas. (…) El arte será bien fácil así lo hace cualquiera. Harán obras livianas y rápidas para viajar, obras para televisión, obras para revistas, en las paredes de las calles y en los afiches. (…) Me imagino a los coleccionistas comprando las copias más caras que los originales. Comprando chistes caros (a veces chistes malos)" (…) Sí, el arte ha muerto, lo que queda es la voluntad de creer en él y la vida de los artistas. Imagino que en el futuro no se hará ni una obra autentica. Todo será copia, cita, homenaje, expropiación, plagio, mejicaneada, afano (…) Se premiaran siempre al más chorro o al más astuto, o al que más rápido pesca la tendencia internacional. De ese modo, liberado del deber de ser autentico el arte podrá arribar  a su máxima expresión como fin en sí mismo. El arte ha muerto "¡Viva la joda!"

Público de Virus, década del 80

En los siguientes pisos pueden verse obras de arte cinético en grafito -“Cinetismo fácil para tiempos difíciles”-, una parodia seria al arte abstracto argentino durante la última dictadura, sus libros publicados que esperan a los lectores reposando sobre las colchonetas de una sala de lectura, la faceta musical de Jacoby (piso 4); con poemas y varias de las letras de Virus así como un registro fotográfico del público de la banda visto desde el escenario aprovechando su carácter de testigo-partícipe para reivindicar (en sentido contrario al pop) no la imagen icónica del rockstar sino su punto de vista y adelantándose, a su vez, a percibir al tumulto exacerbado y libre de los recitales, el pogo, como un fenómeno estético y social.

Una vitrina muestra también el particular álbum Tocame el Rok, que en forma de roca contiene las canciones grabadas junto a Gabo Ferro, Axel Krygier y Dani Umpi, entre muchos otros. A su vez dos sillones diseñados por Marina de Caro permiten sentarse a escuchar un disco inédito en el que Jacoby canta y que fue producido junto a Nacho Marciano.

Los demás pisos exponen acuarelas, un cuadro en colaboración con Pablo Suárez, (que no ganó el Premio Chandon en 1987), videos de performances, una colección enmarcada de bombachas y calzoncillos de artistas, mas obras conceptuales y una serie de fotos de 2016 en que Jacoby aparece encarnando distintos gestos y muecas. Por ultimo en el primer piso se puede ver la obra Darkroom (2002, 2005), en donde una serie de performers con máscaras deambulan en un teatro a ciegas.

"Cada cual tiene que hacer lo que se le cante"

No hay que olvidar que además de artista en lenguajes múltiples (visual, audiovisual, performer, músico, letrista, poeta, clown, activista, periodista cultural y un largo etcétera), Jacoby es también sociólogo. Y toda su obra artística tiene el carácter de una investigación del campo social del arte, de sus ademanes, de la mercantilización de las obras, de la (no) materialidad, del difuso límite entre arte y política y de los espacios humanos que se construyen y conquistan alrededor del arte. En palabras de Ana Longoni  -editora del libro El deseo nace del derrumbe- “la búsqueda de otras estrategias o vías para transformar la existencia e inventar nuevas formas de vida en común”. 

“Se me atribuye ser un artista conceptualista político, pero no lo considero una cuestión de principio, aunque parezca contradictorio, me interesa la política y mis trabajos están marcados por ese interés pero estoy en contra de la idea de que todo lo que nos es eminente político no está bien. Me parce que cada cual tiene que hacer lo que se le cante. No estoy en contra de que mi obra se lea en términos políticos, sino que considero que los artistas no deben tener que hacer arte político, tienen que hacer lo que quieran y después vemos, porque no controlamos el sentido de lo que hacemos. Quizás algo de lo que hacemos hoy se vuelve político la semana que viene”.

- Algo de eso les pasó con las letras de Virus, en contraposición al rock que se entendía como político o comprometido en la época, fueron acusados de banales y frívolos, y esa letras con el tiempo adquirieron una dimensión política por el lugar que le daban al cuerpo, a la sexualidad, por el juego de las formas, o el humor y la ironía que ustedes propusieron…

Creo que diste un ejemplo que es muy bueno. Eso que hicimos en ese momento nos lo proponíamos como una acción política. Era una cosa a conciencia, pero la lectura del momento no fue esa, se nos decía que éramos banales, que hacíamos un arte pasatista. Con Federico nos encontramos durante la nefasta dictadura pero ya nos conocíamos de antes y nos pusimos a trabajamos de nuevo. Yo a los Virus lo vi actuar antes de grabar su primer disco, ya daban pequeños recitales en el año 80 en sótanos, en lugares de poca gente. Era muy espectacular verlos para el estado de ánimo que uno podía tener en ese momento. Era una sensación de liberación extraordinaria.

En Taxi voy

Así como convirtió la invitación a la 29° Bienal de Sao Paulo en la posibilidad de crear una Brigada Argentina por Dilma, una intervención llevada adelante por un colectivo de artistas e intelectuales en plena campaña electoral, Jacoby –de la mano de sus curadores, que, según dice, tienen más conocimiento de su obra que él mismo– convierte la invitación a hacer una muestra de grandes dimensiones y de carácter consagratorio en la posibilidad de mostrar todo aquello por lo que, justamente, no ha sido consagrado.

La obra de Jacoby, verdaderamente inabarcable, viene entre otras cosas desconfiando de la efectividad de los mensajes, poniendo en jaque los dispositivos generadores de verosimilitud de la información, y aspirando a la construcción de espacios vitales.

En su paso por Rosario y a horas de inaugurar la muestra a la que asistieran centenares de personas, Jacoby se escabullía en un taxi rumbo al barrio de Arroyito, al espacio de arte El Bucle, (gestionado por Ana Wandzik y Maxi Masuelli) para regalar a quienes se encontraban reunidos allí la magia efímera e inolvidable de una lectura, desde la comodidad de un sillón, de sus recientes primeros cinco libros de poesía, publicados todos en 2018: a sus 74 años, su primer lectura de poesía. En este gesto fugaz se conjugan dos de sus mayores aportes conceptuales, claves para el desarrollo del arte y la vida, quizá pensables como una sola cosa: la tecnología de la amistad  y la estrategia de la alegría.

 

 

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