PALABRAS PARA DEGRADÉ, MÚSICOS DISTINGUIDOS DE ROSARIO

MÚSICA
5 de junio de 2017

“No la politices gordo”, dijo mientras yo daba vueltas con los ojos por el techo de la habitación pensando en qué decir hoy y en este lugar. Y como creo que tiene razón, entonces voy a saltearme el comentario sobre la relación del rock y las políticas culturales, las políticas culturales que propician o censuran la música, el rock y las instituciones, el rock y las distinciones otorgadas por las instituciones. Voy a saltearme las ideas que se me vienen a partir de esa lista de músicos que se dejaron mimar por un gobierno u otro, o la relación cambiante, de rechazo pleno o adscripción de los artistas a un proyecto político. Y no voy a decir nada de todo eso que se puede hacer, decir o hacer pensar a los demás cuando uno toca rock, con el riesgo de convertirse en Dylan, y un día tener que recibir un premio de la academia.

No, nada de eso, mejor centrarnos en por qué está muy bien que Emiliano Cattaneo y Nahuel Marquet sean nombrados “Músicos Distinguidos de la ciudad por el Concejo Municipal”.

Pato y Nahuel componen canciones en una banda que no suele darle la espalda a los sonidos de las distintas épocas musicales. Si uno repasa su discografía que empieza con el disco Ratitas a fines de los noventa, puede escuchar que sonaron climáticos, densos y experimentales y hasta se atrevieron a cierto espíritu festivo y latino en algunas canciones de los primeros momentos, pero también fueron maquinales, progresivos y apesadumbrados para desembocar después en un tren directo y veloz que atraviesa campos y ciudades mientras  el día va dando paso a la noche.

Y si bien tocan y componen en los marcos de un planeta heredado e impuesto pero al mismo tiempo elegido y fascinante, los dos tienen un trip en el bocho que no se detiene en su búsqueda, captando señales cotidianas que nos ofrecen poéticamente.

Están sus canciones plagadas de mujeres dulces, perdidas y fatales, de tardes de sol, aire fresco y flores, de noches como viajes al fin de la noche. Las canciones que componen estos dos músicos nunca dejan de ser elegantes, como si no perdieran el sombrero a pesar de lo que cuentan. Les sale a esas canciones el amor por la boca, lo tienen clavado en los ojos como adolescentes hipnotizados.

¿Y el sonido que construye Degradé? Sí claro, con referencias directas y cercanas a ingleses y norteamericanos, esos que siempre tocan bien el rock, pero no podemos obviar que Degradé toca rock argentino. Ellos componen y tocan rock de Rosario inclusive. Y no me pidan que les defina cómo suena el rock de Rosario, solo vayan y escuchen sus discos.

 

Una buena canción de rock tiene la capacidad de volverse agua limpia desde el mismo barro que te ensucia. Solo hay que zambullirse y esperar, el milagro se produce solo, el cuerpo lo nota, la mirada lo nota, una frase que se repite y se repite logra transformar todo…“las sombras ceden al amor”, “las sombras ceden al amor”.

Les cuento un secreto, les comparto un pase de magia para que lo usen cuando quieren, de vez en cuando arrímense al parlante de su equipo de música y con un paso decidido atraviésenlo. Van a dar un paseo por las canciones de Degradé. Yo suelo hacerlo porque me fascina ir a ver, a escuchar qué es lo que pasa ahí.

Una vez me metí por los senderos de Ratitas, aquel primer disco de fines de los noventa, y vi chicos que parecían estar corriendo siempre un poco, asediados por la noche y esas chicas fatales que les mencioné. Esos chicos dormían con la boca llena de poesía y sin dejar de mirar a esas chicas fatales, aun cuando salieran corriendo asustados. Y mientras los miraba y escuchaba me pareció que a veces se olvidaban del rock y se ponían a bailar y divertirse como locos. En uno de esos paseos ellos me dijeron que todo es era un simulacro inquietante pero que a veces se podía  descansar.

En otro viaje todo a mi alrededor se convirtió en agua y como en un mar de sonidos apagados vi rayos locos y caras que no llegaba a oír pero que cantaban fuerte, gesticulando los movimientos del corazón. Me decían cosas que no podía entender, estuve metido en criptas densas, en paisajes ensombrecidos, nadé y nadé con solo algunos rayos de luz por delante filtrándose desde la superficie.

En las canciones de Degradé los personajes están siempre subidos a un amor y viajan por la galaxia, también viajan como si volaran por las calles de Rosario. Cuando logran detenerse les queda la cara fresca y luminosa bajo el sol de otoño. Pareciera haber en las canciones de Degradé todos los paisajes posibles del espíritu. La noche oscura que se devora todos los gestos y las tardes livianas que posibilitan los rastros leves y amables de la mirada reposada.

Con el paso del tiempo y lo discos parece que Degradé fuese descartando cosas más que acumular, pareciera ir volviéndose justo y necesario, como si solo se pudiese ser clásico o nada.

 

Vista como un todo, la cancionista de Degradé, escuchada como un todo, me atrevo a decir que la canción Flecha del disco La hora azul (de 2007), que por algo inaugura ese álbum, produce un quiebre. No sabemos si fue compuesta antes o después que otras de ese mismo disco, pero hay ahí un recomienzo, un lanzarse de nuevo al rock, al sonido de la canción rock de argentina y desde rosario. “La flecha ya está en el aire para llenarse de luz” dice Yupanqui en clave de resistencia, pero podemos trasladar la imagen a ese momento de la banda. Descarga y velocidad, compactación y trayectoria. No queda otra que viajar hacia adelante, y descartar, descartar lo innecesario. Ser mejores, ser más livianos, salir del mambo, deglutir el mambo, volverlo canción.

Los compositores de Degradé tienen canciones para cada hora del día, vieron el fondo de la noche y lo cantaron, vieron el atardecer melancólico y la medianoche. El sol alto del mediodía alumbra también desde varias canciones. Corrieron mucho, se cayeron, se perdieron, salieron a volar subidos a un guitarra, los vi navegar las aguas cercanas del Paraná, y se fueron lejos al mar, inventaron su mar. Hay conciencia e intuición en las canciones de Degradé, hay bordes filosos, equilibrio y dependencia. Hay agradecimiento, ritual, y celebración.

Hay en Degradé los más altos valores que constituyen una obra musical. Desde la casa en los arboles hasta el otro lado del espejo, la paleta amplia de sentidos y tonos que fueron desplegando en sus canciones hace que otro lugar al lado del que vemos cada día sea posible.

Pero ojo amigos del rock, bien sabemos que una canción y ese sonido no está hecho solo de los grandes hallazgos de una letra, una melodía, una armonía o una voz que canta.  El mejor rock tiene que tocar bien el bajo y la batería. Tocarás justo o no entrarás al olimpo. Esos instrumentos son todos los obreros del mundo levantando las ciudades en las que vivimos.

Los compositores de Degradé tienen canciones para cada hora del día, vieron el fondo de la noche y lo cantaron, vieron el atardecer melancólico y la medianoche. El sol alto del mediodía alumbra también desde varias canciones. Corrieron mucho, se cayeron, se perdieron, salieron a volar subidos a un guitarra, los vi navegar las aguas cercanas del Paraná, y se fueron lejos al mar, inventaron su mar. 

Si algo hermoso tiene esta música es que está hecha de elementos que parecen mínimos pero que no lo son. Está hecho a guitarrazos, a los intervalos que tarda el guitarrista en pulsar la guitarra y abandonarla, esa es la fricción que nutre al rock. Hay en Degrade un dialogo constante entre las guitarras y los teclados. Una convivencia afable y a la vez inquietante que ocupa todos los lugares de la casa.

Y claro que para tocar bien el rock hay que ser sensual, algo atolondrado, hay que crecer no demasiado porque se necesita tener el corazón siempre un poco loco y borracho. El rock no se atrapa nunca, cuando el rock aparece siempre está más allá de los lugares a los que uno puede llegar, y desde allá te llama, te dice vamos, dale, vení, seguí para adelante. Dame algo que no puedas tener.

Para finalizar, hace poco, en el marco de una radio en vivo con la banda los invité a jugar a que descubrieron sus propias declaraciones de tiempo atrás. Yo se las leía y ellos decían si eso lo había dicho Nahuel o Pato. Y cuando en la banda todos estaban más que seguros sobre quién había dicho tal cosa, la respuesta venía a develar que era el otro quien la había pronunciado.

Sin ser una verdad revelada, esto quiere decir un poco que Pato y Nahuel se parecen más de lo que creen. Hace ya casi 25 años que armaron una banda y desde allá vienen avanzando como amigos, como compañeros, como desconocidos, como dos extraños que se admiran y se repelen. Y si bien en Degradé algunos fueron llegando y otros volaron, el núcleo encendido posibilita que todos suenen con lo mejor que tienen para cada canción. Siempre y cuando, como gustan decir los músicos atentos “lo pida la canción”.

Serán ellos los encargados de determinar las afinidades internas que hacen que no se detenga esa maravillosa máquina compositiva que está apunto de entregar un nuevo álbum. Nosotros somos afortunados. Podemos recorrer la ciudad con las canciones al oído o volver a casa y poner un disco como La hora azul o Degradé.


Brindo por la distinción.
Muchas gracias!

 

 

* Este texto fue escrito y leído por Bernardo Maison el miércoles 31 de mayo en el Concejo Municipal, día en que Nahuel Marquet y Emiliano Cattaneo fueron declarados Músicos distinguidos de la ciudad.

Foto 1: concejal María Eugenia Schmuk junto a Marquet y Cattaneo. Foto 2: Concejales Tonolli, (Cattaneo, y Marquet), Chale, Schmuk, Monteverde y Salinas. 

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