EL REALISMO DELIRANTE SEGÚN LAISECA

UN LARGO ETCÉTERA
2 de junio de 2017

Alberto Jesús Laiseca nació en Rosario el 11 de febrero de 1941 y falleció en Buenos Aires el 22 de diciembre de 2016. Fue cosechero, peón de limpieza, empleado telefónico de ENTEL y corrector de pruebas de galera en el diario La Razón. Según dice en más de un lugar, debido a sus magros sueldos recurrió al crotaje y le invitaron más de una comida entre los 23 y los 31 años. A pesar de los vaivenes de su economía, jamás claudicó al deseo de escribir. “Lo que no es exagerado no vive” le gustaba repetir.

En 1976 se publica su primera novela en la editorial Corregidor. Su título original era Su turno (así fue reeditada en 2010) pero primero salió como Su turno para morir porque la editorial consideró que este era un título con más posibilidades de venta. “¡Mercenarios!” dijo Laiseca. La novela –de ventas tenues- llegó a la edición gracias a Tamara Kamenszain: ella presentó a Laiseca con Osvaldo Soriano, quien tenía contactos en la editorial. Además de la poeta y el best seller, otros escritores siempre rodearon con loas y ayudaron en cuanto pudieron al maestro Lai. Entre ellos podemos contar a Ricardo Piglia, César Aira, Fogwill.

“Lo mío, dice Laiseca, es realismo delirante, ni delirio, ni realidad. Son las dos cosas juntas, porque el delirio potencia la realidad y la realidad potencia el delirio.” 

Leido y publicitado por una generación de escritores que, con modulaciones diferentes, renovó aquellos que se intuye como literatura argentina, Alberto Laiseca parece estar fuera de ella. Aunque nunca del todo fuera (pero tampoco del todo dentro) de la realidad. “Lo mío, dice Laiseca, es realismo delirante, ni delirio, ni realidad. Son las dos cosas juntas, porque el delirio potencia la realidad y la realidad potencia el delirio.” Creador de una obra vasta, Laiseca nos ofrece en su literatura uno de los más altos ejercicios de imaginación y libertad que se hayan escrito en la Argentina. En una veintena de libros, Laiseca recorre asuntos perfectamente caros al realismo –la política, el poder, el dinero, las relaciones entre géneros – pero distorsionados y multiplicados por una voz narrativa nunca ajena a las variaciones del humor.

Laiseca transita y escribe con el mismo desparpajo por Nueva York, Vietnam, el antiguo Egipto del emperador Kheops, Buenos Aires o Camilo Aldao, el pueblo de su infancia. Por allí transitan diversos monstruos, seres sobrenaturales, relaciones sadomasoquistas en donde la lengua del amor y la política se funden y otros asuntos que, en palabras de Laiseca, van a parar a “la bolsa insondable del etcétera.”

Hoy en La canción del país “Los delirios de Laiseca”

 

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